LAS SIETE PALABRAS DE LA CRUZ
Hector Pina del Castillo
Rector,  Seminario Evangélico de Lima,  1973-90

PROLOGO

Imponente, bastante alto y por encima del puerto de Nueva York, puede verse desde una gran distancia el mundialmente famoso monumento de la Estatua de la Libertad, en la figura de una impresionante dama. Por más de 100 años esta dama que permanece con la mano levantada muy en alto, portando una antorcha y simbolizando la libertad, ha sido la atracción de millones y millones de visitantes locales y de todas partes del mundo, por su figura y por lo que simboliza ella misma. 

Inscrito en el pedestal sobre el cual está permanentemente parada esta dama, puede leerse un breve, conmovedor y lapidario párrafo de Emma Lazarus, que dice así: “Dame tus cansados, tus pobres, tus masas oprimidas que a porfía aspiran respirar el aire de la libertad; los miserables, los desamparados, los abofeteados por la tormenta de a esclavitud. Yo alzo mi antorcha junto a la puerta de oro...” 

Mucho más alto infinitamente más alto, y más imponente aún, hay otro monumento colocado sobre el pedestal de la historia, que sigue simbolizado y ofreciendo libertad espiritual a todos los cautivos y oprimidos por el pecado. Es la cruz - romana - del Gólgota, del Calvario, en la cual fue colgado inmisericorde nuestro Señor Jesucristo hace casi 2000 años. La escena de primera intención es exactamente repulsiva, indignante, y no menos depresiva, pero más allá de la figura ya descrita, se ve a la persona adorable y sin pecado, el Hijo de Dios que muere vicariamente sustituyéndole a usted, lector, al que escribe - somos parte del drama del calvario - , y a todo el mundo, con el propósito de traernos libertad de la culpa y pena por nuestros pecados y de darnos la salvación y la vida eterna. 

Desde esa cruz se puede oír a lo largo de la historia las célebres palabras de Jesucristo como “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:24), “Consumado es” (Juan 19:30), y otras expresiones mas. En la medida en que recibamos y nos apropiemos del ofrecimiento de libertad espiritual, que desde la cruz hace nuestro Señor Jesucristo, y le aceptemos como nuestro Salvador personal, seremos salvos y libres de toda culpa y castigo de nuestros pecados y , lo que es más grande aún, recibiremos la salvación y la vida eterna que durará por toda la eternidad, no tendrá ya fin. 

¿Ha oído ya, lector, y respondido positivamente a la invitación que Jesucristo - el único Salvador del mundo - le hace desde la cruz? (Se le invita, por lo mismo, a hacer suyas las palabra del poeta: ¡Ojalá que sí! 

"¡Oh, la cruz es mi estatua de la libertad,

Porque allí mi alma fue hecha libre!

Proclamaré sin temor ni vergüenza,

Que una áspera cruz es mi estatua de libertad"

Lo que sigue es una sencilla presentación de las 7 exclamaciones (palabras) de Jesucristo - el único Salvador del mundo - que pronunció desde la cruz del Calvario. La retórica, la especulación y hasta la fantasía estarán ausentes. Se le invita, caro lector, a leerla. Puede que su lectura le resulte atractiva; pero lo que no hay duda es que le resultará del todo provechosa y hasta remunerativa. Deje ahora que Dios le hable; por lo mismo, entremos directamente en el tema que nos ocupa. 

PRIMERA PALABRA

 La primera palabra de las 7 registradas en la Escritura que nuestro Señor Jesucristo pronunció al momento de ser crucificado fue:

 “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Lucas 23:34

 Dice la escritura sobre esta primera palabra:

 “Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes”. Lucas 23:32-34 

Esta es una exclamación de suprema bondad, de amor, de gracia, de perdón y de misericordia infinitos. Increíble que haya pronunciado en tales circunstancias. Nuestro Señor Jesucristo estaba pidiendo perdón para sus verdugos a pesar de la monstruosa injusticia que se testaba cometiendo contra él. ¿Quién de nosotros los humanos haría tal cosa, de pedir perdón por sus verdugos en circunstancias semejantes. Esta es una oración de nuestro Señor Jesucristo a su Padre. 

Era alrededor de la tercera hora del día, del día sexto de la semana, según el modo de contar las horas y los días de los judíos. Era la víspera de la gran fiesta judía, la fiesta máxima, la fiesta de la expiación: la celebración de la Pascua. Según nuestra manera de contar las horas, sería alrededor de las 9 de la mañana, del día viernes, del viernes que solemos llamar “viernes santo”. Entre la primera y tercera horas de aquel día, o sea entre las 6 y las 9 de la mañana, según nuestra manera de contar las horas, quedó sellada, en el aspecto humano, la suerte del Señor por parte de Pilato, por voluntad y petición expresa de los religiosos judíos. Es lapidario lo que dice de él, el evangelista Lucas, uno de los historiadores de nuestro señor Jesucristo, sobre el particular: “Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos - los judíos - pedían”. Lucas 23:24

Nuestro Señor Jesucristo en esos momentos fue entregado en manos de los soldados romanos para que sea crucificado por expresa voluntad y petición de sus enemigos, los religiosos judíos, la casta sacerdotal judía. ¡Oh, insondable y malo el corazón del hombre...!, decía un viejo predicador al referirse a este monstruoso atropello de la justicia. 

Precedieron a este momento las afrentas, la injusticia, los azotes las burlas, la humillación, la ignominia y cuántas otras barbaridades más. ¡Qué sufrimiento! Sufrimiento indecible, inimaginable. 

“...varón de dolores, experimentado en quebrantos”, declaró de él casi 800 años antes Isaías, el profeta (53:3). A pesar de la manifiesta maldad y el ensañamiento de sus acusadores y enemigos, a pesar de la injusticia que se estaba cometiendo con él, y que él bien lo sabía, en ningún momento nuestro Señor Jesucristo dejó de demostrar lo que realmente era: perfecto en amor, perfecto en bondad, perfecto en paciencia, perfecto en gracia, perfecto en misericordia, perfecto en humildad, perfecto en dignidad, perfecto en inocencia. 

Dada ya la palabra humana final de Pilato, no había otra cosa más que hacer. Todo quedó ya decidido. Y se dio inicio a la dramática y hasta trágica procesión, desde el patio del Pretorio de Pilato, siguiendo por la así llamada “vía dolorosa” hacia el Gólgota o Calvario, o lugar de la calavera, como dice la Escritura, en las afueras de la ciudad. Se cumplía así la profecía del Antiguo Testamento, cuando explicando sobre la expiación, el autor inspirado dijo: “Y lo sacará... fuera del campamento...” (Levítico 4:21). 

Antes de que empezase aquella trágica procesión, cargaron a Jesús con su propia y pesada cruz. Igual con los otros dos malhechores, compañeros de infortunio. Es de imaginar que nuestro Señor Jesucristo y los malhechores iban adelante de la trágica procesión. Le seguía una gran multitud a cuya cabeza iban los sumos sacerdotes, sus servidores, religiosos todos estos, que deseaban ser testigos presenciales de la muerte de su enemigo y víctima. También estaba entre la multitud un grupo de curiosos espectadores y hasta es probable que entremezclados entre la multitud hayan estado algunos de los seguidores del Maestro. Todos ellos iban precedidos por el centurión y los soldados romanos, quienes en el aspecto humano eran los encargados de realizar la macraba tarea de crucificar a nuestro Señor Jesucristo. Magistralmente el iluminado poeta escenifica este momento con la siguiente composición. 

Hacia el Gólgota cruel, una cruz sobre él, se encamina el Cordero de Dios. La corona llevó y la cruz él cargó, más el peso su cuerpo venció. Pues la cruz era emblema de culpa mortal; la corona de espinas, insignia del mal.

Los pecados del mundo en sus hombros llevó por la senda de hiel del Gólgota cruel, el Gólgota cruel. El Gólgota cruel. 

No menos dramática es la composición de otros poeta que iluminado escenifica este momento con los siguientes versos: 

Rechazado por todos Jesús salió, llevando su cruz;

y a la cumbre del Gólgota el subió, llevando su cruz

Cual oveja delante del trasquilador en silencio estuvo

por mí el Señor, llevando su cruz.

 

Aunque el supo bien que tendría dolor, llevando su cruz;

el castigo llevó con un santo amor, llevando su cruz.

Pues la cruz tan pesada no se igualó al pecado y juicio

que allí cargó, llevando su cruz.

 

¡Oh, ¿qué maravilla puede ser que el por mí la llevó?

Oh, qué maravilla, sí, por mí, la cruz llevó.

Tan pesada era la cruz, tan radiante, ardiente y abrazador estaba el sol en aquellos momentos, y tan agotado estaría nuestro Señor Jesucristo, seguramente por el intenso trajín del día y noche anteriores, que llegó el momento en que cayó literalmente al suelo vencido por el peso de la cruz. No pudo llevar más tan pesado madero. Pasaba por ahí un hombre que venía del campo, un tal Simón, de Cirene (hoy Libia). Al parecer éste era un hombre fornido. A él le cogieron las autoridades y obligaron a cargar la cruz de Cristo. Lo hizo. Y la procesión llegó al lugar donde se realizaría la crucifixión, al lugar de la tragicomedia, al lugar donde se cometería el asesinato judial más grande y vil de la historia. 

Ofrecieron al Señor vino (vinagre) mezclado con hiel y mirra (Mateo 27:34) (Marcos 15:23). Recordemos de la mirra que le ofreció como regalo profético uno de los magos que vino del oriente a adorarle al momento del nacimiento del Salvador del mundo. Aquel vino mezclado con mirra y hiel era una especie de brevaje narcótico que servía para aliviar el dolor. Jesús probó, pero no quiso tomarlo. Prefirió tomar la copa del amargo sufrimiento que el trino Dios ya había decretado desde la eternidad que experimentase. Deseaba sufrir en la plenitud  de sus facultades todo el sufrimiento  que tenía que sufrir en lugar nuestro por causa de nuestros pecados. 

Es sabido que la cruz era uno de los más crueles instrumentos de sufrimiento y muerte que el hombre había inventado. Los romanos, que habían copiado de los cartaginenses, jamás hubieran permitido que un ciudadano romano fuese crucificado; eso lo reservarían sólo para los esclavos. Los judíos tampoco lo usaban. Ellos practicaban la pena de muerte por la lapidación (apedreamiento). Es que la muerte en una cruz era la más dolorosa, la más cruel, la más ignominiosa, la más vergonzosa y vil ideada por el hombre. 

“Era la tercera hora del día” (Marcos 15:25), según la manera de contar las horas por los judíos (las 9 de la mañana para nosotros), cuando los impertérritos soldados desnudaron públicamente y empezaron su macabra tarea de crucificar al Señor. Los encargados de ejecutar tan macabra tarea empezaron con pasmosa frialdad su criminal trabajo. Algunos estudiosos sugieren que el madero vertical de la cruz fue primero plantado en el suelo. Puede ser que haya sido así, aunque no se conoce evidencia histórica de ello. Luego colocando el madero horizontal sobre el suelo, y desnudado ya el Señor, le acostaron sobre el suelo colocándole los brazos sobre el madero. Es posible que hayan atado ambos brazos primero para asegurarse de que no los movería al momento de ser traspasadas las manos con los clavos. Imagínese el oyente todo lo que tuvo que sufrir nuestro Señor Jesucristo por causa nuestra. Luego vinieron los clavos que traspasarían sus manos. Estos clavos eran pedazos de hierro forrado grueso, tallados en forma rústica, cuadrada, no cilíndricos como los de hoy y bien agudos, de más o menos 6 pulgadas de largo. Un soldado puso el clavo en el centro de la mano del Señor; otro levantó la comba y sin compasión alguna dio el uno, dos, tres, etc. combazos hasta hundir el clavo en el madero. De seguro que chisporroteaba a borbotones la sangre por la herida de los clavos. ¿No se le rompe el tímpano a usted oyente, al pensar que está oyendo aquellos golpes de la comba, superando el tiempo, sobre el clavo en el madero? Igual cosa hicieron con la otra mano. Algunos estudiosos sugieren que también clavaron al Señor en las muñecas, entre los huesos cúbito y radio, para evitar, que de romperse las manos cayese el Señor, por el peso del cuerpo al suelo, pues era fornido. Tampoco hay evidencia histórica sobre el particular. Luego de clavadas ambas manos, los soldados levantaron el travesaño para colocarlo en su lugar sobre el madero vertical. Nuestro Señor quedó así macabramente colgado. Luego de asegurar el travesaño completaron los verdugos su trágica tarea de clavarle los pies. 

Otros estudiosos sugieren que toda la cruz fue colocada sobre el suelo y sobre ella acostaron al Señor y le clavaron, y luego levantaron, cruz y cuerpo, hasta colocarlos verticalmente. Es posible también que haya sido así, aunque tampoco hay evidencia histórica sobre el particular, sea como fuere, es precisamente que en todos esos momentos, cuando los verdugos realizaban su desgraciada tarea que nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, exclamó una y otra vez (está en pretérito imperfecto del modo indicativo), la primera de las 7 palabras desde la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). 

Entra así en su etapa final lo que el trino, en su célebre Consejo de Redención, había decretado desde la eternidad “Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra u santo Hijo Jesús a quien ungiste... para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera”. (Hechos 4:2728) que sucediese lo que estaba sucediendo, para la redención de nosotros los seres humanos. El Hijo perfecto de Dios y Dios mismo “que se hizo carne”, según Juan 1:14, tuvo que morir en la cruenta (sangrienta) cruz, en nuestro lugar, sustitutoriamente, para así cumplir con las demandas de la justicia de Dios por causa de nuestros pecados y para que él, el Hijo, hiciese posible para nosotros nuestra eterna redención.  

El Señor, perfecto maestro como era, el que durante el ejercicio de su ministerio terrenal había continudamente enseñado a sus seguidores a “amar a enemigos, bendecir a los que los maldicen, a hacer bien a los que los aborrecen, y a orar por los que nos ultrajan y nos persiguen”, según Mateo 5:44, en estos momentos, verdaderamente cruciales, no podía traicionar lo que enseñó. Nos dio así el mas sublime de los ejemplos de lo que significa ser un maestro. Es que las palabras de un maestro deben concordar con sus hechos. Y eso es lo que sucedió con nuestro maestro  y Salvador nuestro Señor Jesucristo. Oró de corazón, pidiendo perdón por sus verdugos, dándonos un ejemplo perfecto en todo. 

El comportamiento de nuestro Señor Jesucristo en la cruz constituía un sorprendente contraste con la manera en que otras víctimas crucificadas sabían actuar. Otros jamás orarían a favor de sus verdugos; antes bien, pedirían todas las maldiciones del infierno, con adjetivos de grueso calibre, impublicable. Ni una sola palabra fuera de orden, ni una sola palabra de resentimiento, ni una sola palabra de reproche salió de la boca del Salvador; antes bien oró, con amor por perdón por y para todos los que ocasionaron y estaban ocasionando su muerte. Más bien calló. Cumplióse así la profecía que de él dijo el profeta, casi 800 años antes: “Angustiado él y afligido no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca” (Isaías 53:7). Esta petición de perdón incluye a usted, a mí y a todo el mundo, porque se enfrió todo por causa suya, mía y de todo el mundo. 

En esta palabra nuestro Señor Jesucristo llama a Dios Padre, buscando quizá compasión de él; pero no encuentra tal compasión. Por más amorosa o inefable que haya sido la relación entre el padre y el Hijo desde la eternidad, ahora, el Hijo que es hecho todo pecado ya no podía gozar con su padre de aquella perfecta comunión, porque el Hijo fue hecho pecado por todos nosotros y el padre seguía siendo perfecto en santidad. 

Bien cierto es que todos los que se confabularon para crucificar al Señor, siendo instrumentos del Diablo, no sabían lo que hacían. Este, el diablo, quería destruir desde el principio todo el plan (eterno) de Dios para nuestra Salvación y usó de todos los medios humanos y extrahumanos posible para lograr su propósito. No pudo. Paradógicamente los hombres que “no sabían lo que hacían” eran a su vez instrumentos de Dios, porque actuaron en primera  y última instancia, sin saberlo ellos mismos, según el plan y propósito eternos de Dios. Recordemos lo que dice la Escritura que “nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios” (Romanos 3:5). Oigamos lo que dice la Escritura sobre este particular: 

... Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad (Jerusalén) contra tu santo Hijo, Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Dios, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera” (Hechos 4:27, 28).

 Ahí está el decreto de Dios. Es no sabían los que crucificaron a nuestro Señor Jesucristo. 

El apóstol Pedro, uno de los discípulos del Señor, en su célebre discurso en el pórtico de Salomón, cerca al templo de Jerusalén, con ocasión de la curación milagrosa de un cojo de nacimiento, que Dios hizo a través de Pedro y Juan, dirigiéndose a los presentes, entre los cuales estaban muchos de los que crucificaron al Señor, dijo: 

El Dios de Abraham de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo, Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuleto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y al justo y pedisteis que se os diese a un homicida y matasteis al autor de la vida. Mas ahora hermanos, se que por ignorancia lo habeis hecho, como también los gobernantes... (Hechos 3:13-17). 

          Con este grito, esta petición, esta oración de perdón: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen” nuestro Señor Jesucristo dio expresión a lo que el mismo enseñó: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Así mismo mostró su espíritu invencible, que ganó en la cruz todas las victorias sobre Satanás y sobre el pecado, la victoria decisiva del gran conflicto de las edades, de los siglos, entre las fuerzas de las tinieblas, del infierno, y del mal, encabezadas por Satanás, contra las fuerzas de la luz y del bien, encabezados por el único y gran vencedor nuestro Señor Jesucristo. 

          En la cruz el triunfo fue de nuestro Señor Jesucristo. El es el victorioso. Con él el amor superó al odio. Esta fue la primera expresión de Jesucristo desde la cruz, la que reveló la grandeza de su corazón y resuena a través de los siglos el gran amor del único Salvador  de mundo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. 

          Sintiendo en su propio corazón la grandeza y el amor del Señor, la poetisa Frank Breek compuso los siguientes versos bajo el título “Clavado en la Cruz”, una parte los cuales dice así: 

Hubo quien por mis culpas muriera en la cruz,

aunque indigno y vil como soy;

Soy feliz, pues su sangre vertió mi Jesús,

y con ellas mis culpas borró. 

 

Mis pecados llevó en la cruz do murió

El sublime, el tierno, Jesús;

Los desprecios sufrió, y mi alma salvó

El cambió mis tinieblas en luz. 

Recordemos, pues, la primera palabra de nuestro Señor Jesucristo desde la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben l que hacen”.

SEGUNDA PALABRA

La segunda palabra de las registradas en la Escritura que nuestro Señor Jesucristo pronunció desde la cruz fue... 

 “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraiso”. Lucas 23:43

Así dice textualmente la Escritura sobre esta palabra: 

“Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios. Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo; Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había también sobre él un título escrito con letra griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Lucas 23:35-43 

“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. 

Esta es la palabra del triunfo de la gracia. Es una expresión de triunfo. Es una palabra de salvación. Sería aproximadamente la hora quinta de la mañana, alrededor de las once de la mañana para nosotros. Ya los soldados habían acabado con su macabra como cruel tarea. Ya habían sido repartidas entre ellos las últimas pertenencias del Señor. Al parecer cada uno tuvo su parte, pero quedaba sin dueño una técnica, que era de una sola pieza, sin costura. Todos la querían . En momentos iniciales pensaban partirle, para que cada uno tenga una parte de ella, pero primó el criterio de guardarla entera que se quede entera. Acordaron luego sortearla. Se cumplió así la profecía que se menciona en el libro de los Salmos y que el apóstol Juan, el evangelista, cita así: “Repartieron entre sí mis vestidos y sobre mis ropas echaron suerte” (Salmo 22:18, Juan 19:24). 

El lugar donde crucificaron al Señor era en las afueras de la ciudad de Jerusalén, bastante cerca del camino principal que partía del pórtico de Damasco con dirección al norte. Mateo uno de los historiadores de nuestro Señor Jesucristo, menciona que los que pasaban al verle crucificado le injuriaban diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz” (27:40). Los evangelistas Mateo y Marcos también mencionan que los sacerdotes con los escribas y los fariseos le escarnecían (escarnecer es hacer burla de una persona, es afrentarla) diciendo: “A otros salvó, así mismo no se puede salvar. El Cristo, el rey de Israel, descienda ahora de la cruz para que veamos y creamos” (Mateo 27:42,43marcos 15:31,32). Los soldados también por su parte le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo: “Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a tí mismo...” (Lucas 23:3637). 

La Escritura dice que crucificaron también con él a dos ladrones, malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda, cumpliéndose así la Escritura que dice: “Fue contado con los inicuos” (Marcos 15:2728). Se refería, por cierto, a lo que el profeta Isaías, más de 700 años antes ya había predicho: “Y fue contado con los pecadores” (Isaías 53:12). 

Lo curioso del caso es que los otros dos compañeros del Señor de suerte y de muerte, también se burlaban de él al principio. El evangelista Mateo describe así; “Los mismo también le injuriaban los ladrones que estaban crucificados con él” (Mateo27:44). Momentos después, uno de los malhechores se dio cuenta de la actitud del Señor que no era de un malhechor. Cambió éste radicalmente actitud de su manera de pensar acerca del Señor, y volviéndose a su compañero de fechorías le reprocha ¿Ni aún temes a Dios estando en la misma condenación?. Nosotros a la verdad justamente padecemos porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste - dijo refiriéndose al Señor - ningún mal hizo” (Lucas 23:40, 41). Y luego, volviéndose con ansiedad a Jesús exclamó: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42). 

En estas breves palabras de este malhechor, que suele llamársele el buen malhechor, (no hay malhechor) o malhechor arrepentido (eso quizá es apropiado), en estas breves palabras, se repite, se encuentran ciertas cosas que son dignas de meditar: 

1. En primer lugar, este malhechor, como judío que era, creía en la existencia de Dios: “¿Ni aún tú temes a Dios estando en la misma condenación? Dijo. Era hasta ese instante un ateo práctico, no obstante. Ateo práctico es aquel que no necesariamente niega o mas bien acepta la existencia de Dios, pero que en su vida diaria, práctica, no le toma en cuenta para nada. Hace lo que él quiere sin que le importe lo que piensa o quiere Dios. Este malhechor era uno de ellos, un ateo práctico. Hacía las cosas, se repite, sin tomar en cuenta en nada a Dios. 

Bueno, no nos extrañemos. Abundan mucho los ateos prácticos aun entre nosotros los así llamados cristianos. Son los que dicen que creen en Dios, pero que en su vida diaria actúan como si Dios no existiese. Deciden o hacen algo, por sí mismos, sin tomar en cuenta la voluntad de Dios para nada. 

2. En segundo lugar, este malhechor, así llamado arrepentido, reconoció públicamente que se estaba haciendo justicia con él y con su compañero de fechorías. Así dijo: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos (Lucas 24:41). Este es un primer paso para un genuino arrepentimiento . 

3. En tercer lugar, este malhechor, así llamado arrepentido, reconoció también públicamente que con nuestro Señor Jesucristo se esta cometiendo una de las más grandes injusticias. Reconoció la absoluta inocencia de él: “... más éste - dijo - ningún mal hizo” (Lucas 24:41).