EL GIRO
HERMENEUTICO CONTEMPORANEO:
LECTURA DE
TENDENCIAS
George Reyes
A la crisis de meta, opina un
autor, sigue la de caminos. En tanto la
primera caracterizó al pensamiento moderno, la segunda caracteriza al
posmoderno, incluso en el campo de la hermenéutica, la ciencia y arte de la interpretación y el idioma
actual de la filosofía occidental. Hoy
asistimos a una explosión fenomenal de ella y,
por lo tanto, a un perfil suyo múltiple, variado y de matices
diferentes.
Por medio de una lectura
limitada, pretendo aquí simplemente
apuntar algunas de las principales tendencias hermenéuticas contemporáneas. Se
espera que esta lectura deje al descubierto algunos de los perfiles de esta
ciencia y arte, que sirva como trasfondo para una propuesta que considero puede
ayudarnos a marchar hermenéuticamente de un modo
sensato por la actual crisis de caminos.
El giro filosófico: del positivismo objetivista moderno al existencialismo y subjetivismo
posmoderno Tradicionalmente la hermenéutica ha sido considerada como ciencia y arte
de la interpretación de textos tanto escritos como hablados, actuados y aún de otra índole que
van más allá de la palabra y el enunciado. Valiéndose de ella, y de los clásicos métodos filológicos, la meta del
intérprete, válida tanto para las obras literarias clásicas seculares como para la Biblia—ya que con el comienzo
de la historia de la hermenéutica en su acepción moderna en el siglo xviii se abandona toda distinción entre hermenéutica
“profana” y “sacra”—, era discernir el contenido textual total plasmado en el
texto, pero asociado a la intención de su autor enraizada permanentemente en su
contexto histórico original.
[1]
En este sentido, el intérprete se acercaba
al significado del texto,
[2]
al cual se consideraba como una entidad objetiva y autónoma cuya “verdad” podía
ser desentrañada fácil y totalmente. Ya que, según esta
filosofía hermenéutica, era posible una inmersión total en el autor, es decir,
a una aclimatización a su mundo cultural, de
pensamiento y de representación, en
términos generales,
[3]
se imponía una premisa fundamental que aseguraban al intérprete el éxito en
esta empresa, la misma que incluía una fusión de subjetividades y, aún más, un rebasamiento
de la del autor y entender a éste incluso mucho mejor de lo que él se habría
entendido así mismo;
[4]
esta premisa era el concebir la hermenéutica como una tarea
metódica científica, racional, objetiva (neutral), práctica y que,
consecuentemente, garantizaba la interpretación correcta.
[5]
Entre estas premisas fundamentales estaban
también otras dos: a) considerar la intención del autor como la
única base de la identidad textual y meta de la interpretación correcta, y b)
considerar el lenguaje de un modo contrario a la actual posfilosofía
de esta área: un medio de comunicación
objetivo, idóneo y, por lo tanto, capaz
de comunicar ideas claras y distintas y
una verdad verbal literal, invariable o
unívoca.
[6]
Aunque se podría argumentar que, a la luz de su
metodología y filosofía hermenéutica,
los métodos socio-histórico-críticos no siempre tendrían como meta la
intención original y la contextualización de ésta,
constituyen, entre muchos otros, incluso conservadores, un ejemplo concreto, especialmente de la
primera premisa. Haciendo uso de las
ciencias sociales, la crítica de las fuentes, de las formas, de la redacción,
de la ideología y otras herramientas, estos métodos, que beben del paradigma
racional occidental, [7] recorren varias etapas en el estudio del
texto, con el fin de recobrar aquello
que subyace detrás de éste y que, según sus seguidores, especialmente los
comprometidos con el paradigma de liberación,
otras exégesis han escondido: el
contexto histórico de producción o desarrollo del texto y la ideología de las élites de la época impresa en su forma canónica final.[8]
Los criterios considerados “objetivos” y
usados en todo este proceso crítico son los de la ciencia moderna, tales como
la precisión, la inducción y
la verificación; no es de extrañar, por lo tanto, que éstos sean críticos de
los acercamientos literarios acríticos y ahistóricos (que deshistorizan al
texto), y estén naturalmente
condicionados por un enfoque conceptual, racionalista y, frecuentemente, antisobrenatural.[9] Con el advenimiento
de la posfilosofía del lenguaje y la hermenéutica filosófica no sólo el concepto tradicional de hermenéutica y su meta—la intención del
autor—, sino también los presupuestos teóricos—como aquellos del
lenguaje y de la verdad— y metodológicos tradicionales han venido experimentado
un giro a partir de los últimos años del siglo xix. Robert C. Holub [10] considera que este giro está asociado
mayormente con el trabajo de uno de los autores considerados heraldos del nuevo
énfasis hermenéutico filosófico posmoderno:
Martín Heidegger (1889-1976), pero
posteriormente también con el de su
discípulo Hans-Georg Gadamer (1900-2002), en el campo de la gnoseología y de la
filosofía del lenguaje, eje del pensamiento filosófico contemporáneo. Estos y otros autores protagonizaron cambios
radicales, complejos y criticados por, entre otros, J. Habermas y J. Derrida, que por ahora los resumo, aún con riesgo de
simplificación. En primer lugar, en contraste con la tradición del período cultural de la
Ilustración, el objetivo primordial de la hermenéutica ya no será la interpretación ni la comprensión de textos
escritos y orales. Su objetivo será investigar la función de la expresión verbal,
con la cual el existente—el ser humano—comunica su experiencia, interpretación
y comprensión de su mundo; su objetivo será también explicitar lo que ocurre en
esta operación humana fundamental del comprender interpretativo, el mismo que
se manifiesta como una experiencia antropológica o antrópica,
es decir, como experimento de
realidad. Así, la hermenéutica
se constituye en una función del entendimiento humano y una práctica adjunta al
acontecer histórico. Ya en las páginas
introductorias de su magna obra, Verdad
y Método, en la cual discute el alcance metodológico y filosófico de la
hermenéutica, Gadamer anuncia este giro radical, al
resistir críticamente la pretensión monopolizadora del método científico. Es
que para Gadamer
este método, que busca un saber exacto y objetivo, no es el único camino para una tarea que es propia
de las ciencias humanísticas o “del espíritu”, o, más claramente, de la misma
vivencia humana: explicar la
experiencia del comprender, mediada por el agente existencial por excelencia:
el lenguaje como el eficaz conductor que
permite la experiencia interpretativa y la comprensión del acontecer de la
verdad. En segundo lugar, el
objetivo de la comprensión será contrario al de la teoría hermenéutica
romántica, historicista y sumisa al método científico, pero deshistorizadora
del proceso interpretativo,[11]
que va de F. Schleiermacher a W. Dilthey. Ese objetivo ya no estará sobre la
comunicación con otra persona (el autor, por ejemplo) ni sobre la sicología e intención de ésta. Y en tercer lugar, la
neo-hermenéutica de Heidegger y Gadamer
incursionará en una área que es más importante que aquello que Dilthey propuso: la
separación entre las ciencias naturales
y las “del espíritu”. Esta área es la
“ontología fundamental”, en la cual se busca el acontecer de la verdad y el
método adecuado para llegar a ese acontecer.
Es así como la hermenéutica del siglo xx se
sale de la arena epistemológica en la que habían operado las anteriores teorías
de la comprensión. Lo anterior significa,
afirma Holub,[12] “que la comprensión ya no será concebida transitivamente; nuestro
interés ya no estará en comprender algo,
pues la comprensión está implícita en nuestra manera de ser-en-el-mundo,
como el modo fundamental de nuestra existencia que antecede a cualquier conocimiento
o actividad intelectual”.[13] Así, pues, la hermenéutica toma un giro
radical ontológico y, con su énfasis en el ser-en-el-mundo, entenderá la
comprensión como exclusivo conocimiento del mundo. Ya que esta ontologización
también ha influido en la tarea hermenéutica bíblica, es necesario estar consciente de sus
implicaciones tanto en el concepto de hermenéutica como en la meta y la tarea interpretativa a las que
estábamos acostumbrados. La hermenéutica deja
de ser metódica y abandona su meta tradicional. Pasa a ser una profunda investigación de la
función hermenéutica de la comunicación verbal; en otras palabras, toma un giro
hacia el lenguaje y la experiencia humana que precede a cualquier
modo de proceder metódico. El interés,
por lo tanto, ya no está en algún método
que someta los textos a un estudio científico. Cuando se comprende la tradición
no sólo se comprenden textos, sino que también se adquieren perspectivas y se
conocen verdades, pues la comprensión,
según Gadamer, no se dirige a un “tú” como
objeto, sino que se reduce a un contenido de verdad que penetra y actúa en el
ámbito de nuestra existencia. Comprender
es estar expuesto a un hacer y a un actuar tanto de la historia como de la
tradición, las cuales, entre otras cosas, estimulan al
diálogo el que a la vez es
comprensión. De modo que es así
cómo, en el proceso de comprensión, el influjo del condicionamiento histórico,
la “historia efectual” sobre el intérprete, viene a tener
preeminencia. Pero para la hermenéutica filosófica contemporánea este
condicionamiento y su producto: las
precomprensiones o los prejuicios, lejos
de ser un obstáculo para la comprensión,
son una fuerza productiva que la beneficia, por lo cual hay que estar
consciente de los mismos, permitirles ensancharse y, por medio de un mutuo
diálogo dialéctico (círculo hermenéutico) y del lenguaje (el hilo conductor de
la ontología hermenéutica), fusionarse con el horizonte del objeto (la tradición histórica) que se
desea comprender, a fin de alcanzar mancomunadamente la verdad: el
acontecimiento de sentido y apertura a éste.
Es que, para Gadamer y sus seguidores, la comprensión y la verdad se alcanzan
siempre a través de esa fusión de ambos horizontes, el personal y el de la
tradición. De lo anterior se puede
deducir algunas consecuencias fundamentales.
Primero, el conocimiento objetivo
es deconstruido; segundo, el proceso interpretativo no implica
desentrañar del texto algún significado verbal colocado por su autor, sino que envuelve la tarea de
desarrollar la posibilidad del ser; tercero,
la interpretación no implica discernir la relevancia contemporánea del
texto, sino clarificar nuestra condicionamiento histórico, el cual antecede a
nuestra comprensión del mundo; y cuarto,
la verdad hermenéutica ya no es conceptual ni se la entiende como coherencia con la realidad, sino como un
acontecimiento de sentido y un acto de apertura, es decir, un acto de concientización de nuestro condicionamiento histórico. Bien se podría concluir
esta parte argumentando lo siguiente. La
tendencia hermenéutica contemporánea incluye un giro hacia una hermenéutica
ontológica existencial, en la cual la tarea interpretativa viene a ser básicamente una experiencia. No es de extrañar que ella deconstruya y abandone, entre otras cosas propias de la
hermenéutica tradicional, la importancia de la intención del autor como meta
legítima del proceso interpretativo, y
los presupuestos mediando en el mismo, tales como el de la objetividad. Al fin de cuentas, es así como este giro filosófico
contemporáneo implica un desplazamiento
radical a la subjetividad, en el cual será central, entre otros conceptos, la
polisemia de los textos. El giro literario:
del énfasis sobre el autor al énfasis sobre el lector En cierta medida, y en
términos generales, las hermenéuticas literarias surgen en reacción contra los
estándares filosóficos, epistemológicos y metodológicos hermenéuticos
modernos, que han marcado la exégesis y
la teología occidental, incluso en Latinoamérica.[14] La gama de métodos cobijados bajo estas
hermenéuticas es múltiple, cada uno con su propia filosofía y epistemología
subyacente. Algunos de ellos son, teórica o prácticamente, pluralistas o
multidisciplinarios, pues dialogan con otros métodos e incorporan sus válidos
aportes en su proceso interpretativo. En este sentido, se podría argumentar que
aquellos son métodos eclécticos.[15] El giro hermenéutico literario no se
limita a lo anterior. Tiene que ver con algo más decisivo: los presupuestos tanto filosóficos como
epistemológicos e, incluso, ideológicos, semejantes a los de la hermenéutica
ontológica y la neo-ortodoxia alemana, que inciden en el modo cómo se leen los
textos.[16] Al estar también influidas por ciertos
presupuestos filosóficos, epistemológicos e ideológicos de la crítica literaria secular, estas hermenéuticas tienden a ver y leer el texto como un “artefacto” verbal
autosuficiente.[17]
Es así como ellas, en el mejor de los
casos, suelen relegar a un segundo plano
el referencial histórico del texto,
la intención del autor y otros factores fundamentales en el proceso de
lectura. Por lo tanto, también en el
campo de los estudios bíblicos, además de declararse y defenderse la autonomía
semántica del texto, se le aplicará una lectura sincrónica deshistorizadora
y se sobredimensionará el papel de sus lectores.[18] Por razón de la anterior sobredimensión, una de las características distintivas de
estas hermenéuticas es hacer de los lectores los inventores finales del significado
del texto. En ellas, de los tres
componentes esenciales del literario proceso comunicativo: autor →texto →lector, es éste último la fuerza controladora y
determinante. Mientras las hermenéuticas
modernas en general, incluyendo aquí las conservadoras, se han centrado sobre
el autor y su intención (el mundo “detrás” del texto), las literarias lo hacen
sobre el texto (el mundo “dentro” del texto), y aún otras, las más antrópicas, sobre
los lectores, comunidad de lectura y sus propios intereses (el mundo “delante”
del texto). Sin embargo, no habría que generalizarse, pues así como no todas
las hermenéuticas literarias serían, como argumentan erróneamente algunos
autores, retóricas o estructuralistas, ahistóricas o antrópicas radicales, tampoco todas ellas tendrían
uniformidad filosófica, epistemológica y metodológica.[19] Al respecto, valdría la pena señalar
dos corolarios importantes. El primero, que el significado del texto se
constituye un evento que acontece no sobre la página, en la que estamos más
acostumbrados a discernirlo, sino más bien en la interacción entre el flujo de
lo impreso o del sonido y la activa mediación creativa del lector u oyente. En
este sentido, no existirá un neutral encuentro con el texto, ya que éste será
leído, reconstruido, inventado o actualizado por diferentes lectores según,
entre otras cosas, su género, trasfondo cultural u horizonte; de modo que
también en este giro la subjetividad, las precomprensiones y la indeterminación
del significado del texto vienen a estar en el centro del debate y a ser algo
inevitable.[20] El segundo corolario es que el influjo
unidireccional rígido tradicional de los dos primeros componentes del proceso
comunicativo (autor y texto) sobre el tercero (el lector) es deconstruido y, diríase,
hasta revertido: autor ↔ texto ↔
lector. El lector no es, si acaso, el
único influido; el texto y su autor también lo son por éste y con
mayor fuerza, a tal punto que pueden “morir” (perder su centralidad) y su
intención puede llegar a ser ajena e
incluso diferente de la original. Ahora
bien, de acuerdo con una corriente moderada de esta tendencia antrópica (el lector como ser humano es el eferente
central), el propósito que el lector tenga al acercarse al texto es algo fundamental,
ya que abre las puertas no a cualquier lectura, sino a aquellas posibles y a
las que el discurso hermenéutico moderno negaba validez.[21] El giro hermenéutico contemporáneo
incluye, pues, un giro en relación
también con el locus del
significado: del autor y el texto al
lector. Es así como, a semejanza del anterior, este giro implica, además de un abandono del
diálogo hermenéutico, del autor y su intención, un desplazamiento del objetivismo al subjetivismo. El giro multidisciplinario: del monocientificismo
al pluralismo, interdisciplinariedad y eclecticismo Más que en cualquier otra época pasada, en estos
últimos años la hermenéutica ha venido ampliando sus recursos metodológicos,
filosóficos y epistemológicos en la tarea interpretativa. Esta tendencia es reflejada incluso en las hermenéuticas
socio-histórico-críticas. Mark G. Brett es un ejemplo que viene al caso, quien a
propósito de su estudio de Ningún estudioso de la
Biblia puede argüir que domina todas las disciplinas que son potencialmente
relevantes a la lectura del libro de Génesis.
Los eruditos se enfrentan al dilema de escoger: considerarse pertenecientes a una específica
tradición de investigación, o intentar un diálogo entre las diferentes
disciplinas. Mi acercamiento a Génesis
es quizás un ejemplo extremo de ésto último: combino los antiguos estilos de la erudición
histórica con elementos de narratología, crítica
orientada en el lector, antropología, el denominado nuevo historicismo y teoría
poscolonial. El pluralismo propuesto
aquí no pretende ser un nuevo método, sino un estilo de diálogo relacionado con
el texto que comienza confesando la variedad de inquietudes, contextual
preocupaciones y estructuras interpretativas, a fin de entrar en un proceso de
lectura que espera enriquecerse con el diálogo...[22] De modo que la
hermenéutica bíblica en general, incluyendo las conservadoras y la denominada
“popular” o “comunitaria” latinoamericana y caribeña, [23] no parece hoy limitarse a estudiar el texto con base a una sola
herramienta o disciplina. Al contrario,
procura dialogar e integrar a la vez los aportes filosóficos, epistemológicos
y metodológicos de otras disciplinas y tradiciones hermenéuticas.[24] Aunque el uso de los
acercamientos sociológicos y otros
afines—como los antropológicos— no es algo nuevo en el estudio del texto,
éstos son unos de los más usados recientemente en conjunción con
los literarios y otros acercamientos contemporáneos.[25] En términos generales, estos acercamientos
tienen como fin no sólo explicar las
complejas realidades socio-culturales descritas o reflejadas en varias
maneras en el texto bíblico, sino también explorar las sociales dimensiones del
proceso interpretativo. Por eso es que
para M. Daniel Carroll R.,[26] el aporte de ellos es
fundamental, ya que ayudan a iluminar la interpretación y apropiación (contextualización) del texto e incluso otras áreas
frecuentemente olvidadas, tales como la
producción del material bíblico y su recepción,
y el contexto de misión. Resumiendo, el giro hermenéutico contemporáneo incluye
uno multidisciplinario. Y éste implica a la vez un diálogo tanto constructivo
como crítico con una variedad de teorías, modelos y métodos hermenéuticos, lo
que está permitiendo cada vez más un movimiento a un pluralismo,
interdisciplinariedad y eclecticismo. Es
mi opinión que este movimiento puede enriquecer a lo menos la lectura del texto
y estimular a una mayor inquietud e investigación en los estudios del Antiguo y
Nuevo Testamento.[27] Hermenéutica bíblica analógica para el
contexto posmoderno: Abriendo camino Para muchos podría ser
desconcertante el actual y creciente giro hermenéutico y la plétora de
tendencias metodológicas, filosóficas y epistemológicas. Considero, sin embargo, que podría ser saludable a lo menos por las
siguientes razones. Primero, como ya
dije, porque permitiría un mayor enriquecimiento mutuo, a través del diálogo
crítico y constructivo. Segundo, porque enriquecería y estimularía aún más la
inquietud y la investigación en los estudios bíblicos. Y tercero, porque permitiría
cuestionar y a la vez reorientar
determinados presupuestos filosóficos,
epistemológicos y, de algún modo, metodológicos que pesan todavía sobre la
hermenéutica y exégesis de los espacios académicos y eclesiales, incluso
latinoamericanos.[28] Reorientar la
hermenéutica y exégesis es urgente por los desafíos que plantean el nuevo
contexto cultural del intérprete. Entre
estos desafíos están, además de los sociopolíticos y económicos, los de carácter filosóficos y
epistemológicos. Por eso es que en un
espacio cultural como el nuestro que intenta deconstruir incluso la metafísica, me gustaría destacar
aquí que la hermenéutica y exégesis debieran poseer, entre otras
cualidades fundamentales que subrayaré
en próximos trabajos, las siguientes. Además de adecuadas y respetuosas tanto de la
ontología analógica intrínseca del texto sagrado como de la intención de sus autores, integradoras de otras
posibilidades de sentido.[29]
Ellas también debieran ser contextuales porque toman en serio el contexto del
intérprete. Esto significa no sólo que asumen la preocupación del texto por la
justicia y la paz y que son metodológica, filosófica y epistemológicamente
pluralistas y multidisciplinarias,[30]
sino también que saben hacer algo que urge en nuestro contexto: equilibrar la tensión entre epistemología
moderna y epistemología posmoderna e incluso “popular”. Lo anterior es un desafío complejo. Pero, al ser asumido, el resultado será una hermenéutica y exégesis filosófica y epistemológicamente
analógica.[31] Pero lo anterior no es todo. De asumirse el
desafío, ellas serán también propiamente latinoamericanas y a la vez
universales, es decir, menos europeas, anglosajonas o regionales. Este
resultado es importante y merece destacarse aún más. Es mi convicción que la analogía, un concepto filosófico de la
escolástica medieval, es relevante y urgente hoy como clave hermenéutica. Lo es porque la analogicidad
está en el centro mismo del conocimiento humano y, algo más importante, porque
con ella se podría reorientar la hermenéutica univocista
moderna de línea positivista y a la vez sujetar la equivocista
posmoderna de línea relativista en franco camino hacia el escepticismo y el
nihilismo. Además, la mentalidad analógica o, mejor, la analogicidad
se hace necesaria y urgente porque, corolariamente,
ella permitiría un acercamiento al texto con base a una racionalidad y
epistemología no sólo equilibrada, sino también sensata y humilde.[32]
Se sabe que la
tradición occidental ha hecho hincapié
en una visión disociada de la razón humana con respecto, entre otras
cosas, a sus emociones, experiencias,
cultura y realidad social. De esa
cuenta, como ya dije, la reducción de la razón a su aspecto técnico
instrumental ha permitido que ámbitos de
la experiencia humana como las expresiones
estético-literarias queden excluidos bajo sospecha y asociación con la
sinrazón, lo altamente subjetivo y aún lo supuestamente “infantil”.[33] Esa reducción habría también permitido que el
énfasis en el conocimiento científico claro, distinto y “objetivo”, incluso en
las ciencias del “espíritu”, haya tenido connotaciones de poder. Conclusiones Como alguien ha sugerido la figura,
el movimiento hermenéutico contemporáneo es como un jardín lleno de flores de
todos los tamaños, formas, colores y perfumes.
Consiguientemente, antes de mi
propia contribución, aquí y más detalladamente en los próximos ensayos, quise
leer casi acríticamente apenas aquellas tendencias
que están más al alcance, o que por su impacto llaman la atención. Ya que
siempre se lee desde un horizonte, es de suponer, además, que esta lectura habrá sido “así y no de otro modo”. Pese a estas limitaciones, la lectura
de ese gran texto, las tendencias hermenéuticas contemporáneas, evidencia un
rasgo primordial, aunque no exclusivo, de la cultura posmoderna: el pluralismo y la fragmentación. Es que la hermenéutica y la exégesis poseen
hoy un perfil, en suma, múltiple, variado y de matices diferentes, que, epistemológicamente,
va del univocismo al equivocismo,
consecuencias de la entronización, por un lado, del cientificismo metódico objetivista moderno y, por el otro, del subjetivismo antrópico posmoderno, mayormente deconstructivista
y relativista. A mi modo de ver, lejos de ser
desconcertantes, este perfil y polaridad
epistemológica pueden ser saludables. Primero,
porque enriquecería el diálogo mutuo; segundo, porque enriquecería y
estimularía la investigación en los estudios bíblicos; y tercero, porque
estimularía una reorientación de la hermenéutica y la exégesis y,
consecuentemente, permitiría conformar un método hermenéutico y exegético
propio y relevante a nuestra realidad, incluso epistemológica. De ahí la
necesidad de amalgamar la hermenéutica bíblica metodológica con filosofía y
epistemología, a fin de abrir camino
hacia una hermenéutica y exégesis, en suma, analógicas, capaces de poner
límites a la univocidad y a la
equivocidad radicales, o capaces de
poner un “centro” más equilibrado entre ambas.
Así se podría recuperar, corolariamente, algo
de la perspectiva bíblica en cuanto a la
experiencia humana, que es más amplia
que aquella canonizada por la epistemología positivista moderna; así
también se podría corregir ciertas perspectivas de esa misma experiencia que la
epistemología posmoderna ha sobrevalorado y
distorsionado. Habría que recordar que, con el arribo de la posmodernidad, predomina hoy en los círculos tanto
académicos como culturales y aún en algunos eclesiales la idea de que no hay centros, convicciones ni
fundamentos; en todo caso,
paradójicamente, hay muchos de ellos, ya que cada quien puede tener o inventar
el suyo no para consumo universal, sino
para el que hoy es válido: el personal. Bibliografía Beuchot P., M. “Perfiles esenciales de la
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Sheffield, 2000. Ficha bibliográfica: George Reyes es pastor, profesor, investigador, poeta y
crítico literario ecuatoriano. Ha
publicado en diversas revistas teológicas y literarias especializadas.
[1]En
el campo bíblico y literario conservador, un ejemplo de este objetivo
ampliamente reconocido y criticado es el
de E. D. Hirsch, Validity
In Interpretation, Yale University Press, New Haven, 1967; entre otras
cosas, aquí él identifica la intención del autor divino con la del autor
humano; sin embargo, en sus escritos posteriores, él habría de modificar o, de
algún modo, cambiar su propuesta; véase este cambio en W. E. Glenny, “The Divine
Meaning of Scripture: Explanations and Limitations, Journal Evangelical Theological Society 38/4
(1995): 486-488,
http://www.etsjets.org/jets/journal/38/38-04/38-4-pp481-500_JETS.pdf. Por lo general, en el contexto conservador
latinoamericano se ha seguido la propuesta primera de Hirsch, pero críticamente y con modificaciones.
[3]Esto es así, ya que había también en aquella época excepciones notorias. Una de ellas fue Schleirmacher (1768-1834), considerado el padre de la
hermenéutica moderna y un racionalista moderado, quien habría no sólo de ampliar
el uso de la hermenéutica a otras clases de textos, además de los escritos,
sino también precursar su teorización
filosófica, en línea con el romanticismo
alemán posterior a la Ilustración. Este erudito ya habría de enfatizar
inquietudes propias de la hermenéutica filosófica contemporánea: ¿cómo es que se entiende un texto? ¿Cómo
ocurre la comprensión en sí? El habría
de proponer, entonces, que la tarea de la comprensión es una tarea que debe ir
más allá de la mera exégesis gramático-filológica. Según algunos de sus críticos, el resultado
fue una “Nueva Hermenéutica” filosófica teniendo como clave el sentimiento
religioso y anclada mayormente en la
subjetividad del autor y del lector; cp. P. Ricoeur, “La tarea de la hermenéutica”, en François Bovon y Grégoire Rouillir, (eds.), Exégesis: Problemas de Método y Ejercicios de Lectura, trad. por J. S. Croatto, Aurora,
Buenos Aires, 1978, pp. 221-225; M. Beuchot P., “Perfiles
esenciales de la hermenéutica: Hermenéutica analógica”, http://www.ensayistas.org/crítica/teoría/beuchot.
[5]Valdría
la pena observar que, según algunos autores, esta manera de concebir la tarea
hermenéutica se debe al hecho de que,
bajo el predominio de la cultura y la filosofía occidental, la palabra se habría de entender
mayormente como concepto (logos) o razón. “Esta comprensión cobró fuerza como
la única manera válida y verdadera para comprender o explicar la realidad. Este modelo de interpretación determinó por
siglos la manera de hacer ciencia y, en consecuencia, la manera de hacer
exégesis. La exégesis tradicional [incluyendo la conservadora] bebe de este
paradigma cardinal, como reacción al fundamentalismo, al dogmatismo y a una
lectura antropológica muy genérica e idealista”; F. Reyes Archila,
“Hermenéutica y exégesis: Un diálogo
necesario”, Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana (RIBLA)
28 (1997): 30-31.
[8]Cp. Gerald O. West, “Gauging the Grain in a More
Nuanced and Literary Manner: A
Cautionary Tale concerning the Contribution of the Social Sciences to Biblical
Interpretation”, M. Daniel Carroll R. (ed.), Rethinking Contexts, Rereading
Texts, JSOT Supplement Series 299,
Sheffield Academic Press, Sheffield, 2000, pp. 75-105.
[11]En el sentido de que generalmente obviaba el influjo del condicionamiento histórico del intérprete, y el tercer momento del acto hermenéutico de la comprensión: la contextualización.
[13]“Ser-en-el-mundo”
se refiere al condicionamiento histórico del individuo, al estar instalado en
un punto concreto del acontecer histórico, el cual se construye y reconstruye constantemente. Es
este condicionamiento que induce al individuo a comprender la realidad desde
una situación hermenéuticamente determinada por
estar frente a ella y formando parte de
la misma; de ahí que, entre otras cosas, sus precomprensiones sean siempre “leídas dentro” del proceso de
comprensión. Es así como la hermenéutica
filosófica deconstruye el objetivismo de la
hermenéutica positivista.
[14]De ahí la crítica aguda de
Reyes Archila, en “Hermenéutica y exégesis”, p.
31: “La exégesis y la teología bíblica
en América Latina la mayoría de las veces tienen más elementos de continuidad
con estos métodos que rupturas”. Según
este mismo autor (p. 26), es en contra de ésto que
empiezan a articularse también las hermenéuticas “específicas”, la cuales están
marcando desplazamientos y rupturas radicales en relación con las hermenéuticas
tradicionales; ver la nota 23. Ver un
esbozo histórico de este giro hermenéutico también hispanoamericano en mi
ensayo “Esbozo histórico de los acercamientos literarios en general”, Kairós (1999): 39-59.
[17]Un presupuesto subyacente en este modo de concebir y leer el texto es que éste es la única y privilegiada fuente de significado, y que, una vez escrito, su autor ya no es accesible al lector; por lo tanto, el lector debe analizar minuciosamente (“close reading”) el lenguaje del texto, pues lo relevante es su contexto lingüístico, no el histórico ni el cultural en que fue escrito ni, mucho menos, su intención autorial; de esa cuenta, sus múltiples sentidos, que se van generando en el devenir histórico, hay que definirlos a partir de criterios sólo lingüísticos y con base a la propia intuición o vivencia. Es la tendencia deconstructivista, en boga en la mayoría de los actuales círculos literarios seculares y bíblico-teológicos, que deshistoriza el texto y afirma la denominada “falacia de la intención”; ver H. Simian-Yofre, “La naturaleza de la teología bíblica”, Revista Bíblica 1-2 (2004):15-16; ver una crítica en mi ensayo “El poder del discurso poético: Hacia una hermenéutica filosófica literaria y contextual”, http://www.realidadliteral.net/palabrassinvoz5.htm.
[18]Un ejemplo sui
géneris de esta tendencia es la
hermenéutica “Reacción del lector”; ver mis ensayos “La historicidad del texto
y el papel del texto en la interpretación poética”, Kairós
29 (2002): 41-75, y “El desafío
hermenéutico posmoderno”, Revista Bíblica 3-4 (2003): 133-156. Esta
hermenéutica que constituye una plétora de acercamientos diferentes y
divergentes, posee, en el proceso de lectura de obras literarias como la
Biblia, otro denominador constitutivo común: centrar su atención sobre la
reacción de los lectores, los mismos que pueden pertenecer a determinados
círculos, tales como el de género y el liberacionista. De ahí que considero que este giro
hermenéutico es reflejado también en las hermenéuticas latinoamericanas
denominadas “específicas”, aunque no sean propiamente literarias; ver el
artículo de Reyes Archila, “Imaginación y exégesis”, RIBLA
28 (1997): 53-65.
[22]”Reading the Bible in the Context of Methodological Pluralism: The Urdemining of
Ethic Exclusivism in Genesis”, en M.Daniel
Carroll R. (ed.), Rethinking Contexts, Rereading Texts, JSOT Supplement
Series 299, Sheffield Academic Press, Sheffield, 2000, p. 48.
[24]En los espacios conservadores como los evangélicos, tradicionalmente se ha hecho uso por ejemplo de las ciencias sociales, además de las gramaticales. Pero sólo complementaria y limitadamente: iluminar los aspectos sociopolítico-económicos y culturales del contexto bíblico. Por ésta y otras razones no ha faltado, entre otras cosas, la injusta acusación de que todas las hermenéuticas conservadores procuran lecturas del texto que son solitarias—sin la ayuda de otras ciencias— y, por lo mismo, “fundamentalistas” e ingenuas. Ventajosamente el panorama está cambiando, pues la erudición conservadora latinoamericana y de otros contextos está cada vez más demostrando todo lo contrario, convencidos de que no sólo el diálogo y el uso de los aportes valederos de otras disciplinas y tradiciones hermenéuticas, sino también el estudio crítico del texto no tienen que llevar ni llevan necesariamente a un desvío de la “ortodoxia”.
[25]Ver G. Reyes, “El grito del salario”; “A vitória de Jahwe- A vitória de seu povo. Uma leitura sócio-literária e contextual do Salmo 68.11-23”, Vox Scripturae 12/2 (2004): 7-26. Aunque el uso de los acercamientos antropológicas y sociológicos tampoco es una novedad en los círculos socio-histórico-críticos tradicionales latinoamericanos (como los de lectura “popular”) y de otros contextos, si lo es el uso en ellos de los literarios narrativos poéticos; ver Brett, “Reading the Bible, pp. 48-74; West, “Gauging the Grain”, pp. 75-105. Bien ha dicho M. D. Carroll R., en “Introduction: Issues of ‘Context’ within Social Science Approaches to Biblical Studies”, M.D. Carroll R. (ed.), Rethinking Contexts, Rereading Text, JSOT Supplement Series 229, Sheffield Academic Pres, Sheffield, 2000, p. 21, que los acercamientos socio-científicos al texto seguirán ejerciendo impacto en otras disciplinas; por ejemplo, es imposible hablar de contextos de recepción de la Biblia y no interactuar con teoría literaria y hermenéutica filosófica. De ahí que también West, en “Gauging the Grain”, pp. 99-105, proponga que, si quisieran ser más útiles, los acercamientos socio-histórico-críticos y los propiamente sociológicos no deben constituirse en el “primer acto” del estudio del texto, sino dejar su rol tradicional hegemónico, poner atención y dar cabida a los aportes de los literarios.
[27]En este diálogo y movimiento, es de suponer los desacuerdos en relación con la validez o limitaciones de ciertas orientaciones teórico-metodológicas y con cada uno de sus presupuestos; también es de suponer la incorporación, en algún grado, del elemento subjetivo posmoderno. Por eso la sospecha crítica será aquí indispensable.
[28]En
vía de ejemplo, están aquellos de los cuales hoy se sospecha, critica y culpa
mutuamente: los excesivamente
racionalistas, objetivistas, subjetivistas,
ideológicos y confesionales, propios de las metodologías y teologías clásicas,
contemporáneas y excesivamente “fundamentalistas”; pese a lo anterior, éstos son impuestos todavía al parecer acríticamente sobre el texto, o en la tarea teológica; ver
el artículo de Reyes Archila, “Imaginación y
exégesis”; Pablo Richard, “Interpretación bíblica desde las culturas
indígenas (mayas, kunas y quichuas de América
Latina)”, RIBLA 26 (1996): 45-59.
[30]Es decir, capaces de dialogar
crítica, pero también constructivamente con diversas posturas filosóficas y
metodológicas sincrónicas y diacrónicas tanto del primer mundo como de otros
contextos como el nuestro. Por ejemplo, ya que
al texto contiene elementos históricos, sociológicos y antropológicos,
por mencionar algunos, los acercamientos literarios debieran dialogar e incorporar los aportes válidos de
los socio-histórico-críticos, y
viceversa.
También he hablado de una analógica ontología del texto (actualmente hay muchas metafísicas u ontologías) porque la hermenéutica bíblica, contrariamente a la que no lo es, normalmente no excluye la ontología general ni la equilibrada del texto: su naturaleza divina y humana. En esto, y en otras cosas, me distancio de Beuchot, pues él propone una hermenéutica analógica que es poco bíblica y metodológica, y que, a mi modo de ver, concede más a la subjetividad, aunque en forma moderada.
[32] En concordancia con Beuchot, en “Perfiles esenciales”, ésto nos lleva a ser un poco más íntegros y balanceados que Ricoeur, quien, basado en la metáfora, es de la opinión que la interpretación se da como tensión entre el significado literal y el metafórico o simbólico. Pero es necesario ampliar esa tensión más allá de lo metafórico y abarcar la analogicidad total. Así, también la analogía, no sólo la metáfora, viene a ser modelo de hermenéutica en Latinoamérica.
[33]Es decir, el mundo de la
ingenuidad y de la fantasía utópica.
Aunque podría parecer
exageración, no habría que olvidar que los paradigmas racionalistas se
han caracterizado por su tendencia androcentrista y adultocentrista, entre otras. Según estos paradigmas, y aún la propia
cultura latinoamericana, la razón y la racionalidad son propias y constitutivas
del mundo adulto y las facilitadoras en el logro de
la verdad. Habría que preguntarse, por
lo tanto, si lo anterior no es una de las razones principales del por qué, en
ciertos contextos religiosos, la literatura como la poética no sea percibida ni
se estimule a seguirla como una carrera
que también sirve a la misión de la iglesia.