EVANGELIO Y SALVACIÓN EN LA TEOLOGÍA PAULINA

Conferencias en el Seminario Evangélico de Lima, octubre 2002

Dr. Pablo Sywulka

 

 

Tema 2 – LA SALVACIÓN: PASADA, PRESENTE Y FUTURA

 

Introducción.

Una de las características de la salvación anunciada en el evangelio es que se relaciona con las tres dimensiones temporales de la experiencia cristiana: el pasado, el presente y el futuro.  Fuimos salvos cuando creímos en Cristo.  Estamos siendo salvados en nuestro diario vivir como creyentes.  Y seremos salvos de manera plena cuando Cristo regresa y nos transforma a su semejanza. 

Estas tres fases de nuestra salvación se pueden ilustrar con una cuenta bancaria que se abre a favor de un niño.  Todo el dinero en la cuenta es de él, pero no lo puede usar de inmediato.  Posiblemente se le dé una cantidad inicial, para asegurarle que de verdad le pertenece la cuenta en el banco.  Luego podría ser que se le pase una cantidad mensual mientras todavía sea menor de edad.  Al alcanzar la mayoría de edad, él recibirá en pleno aquella cuenta y podrá disponer de ella totalmente.  Nuestra salvación, de alguna manera, es así.  Dios nos la acredita completa en el momento de aceptar a Cristo, pero no la experimentamos en su plenitud todavía.  Inicialmente se nos da un tipo de anticipo o garantía en la persona del Espíritu Santo, y gozamos de los beneficios inmediatos que acompañan nuestra salvación.  Luego recibimos diariamente los beneficios de la obra salvadora de Dios de una manera progresiva.  Finalmente, en la segunda venida de Cristo, entraremos en el disfrute de nuestra salvación en toda su plenitud.

La teología cristiana evangélica reconoce estas tres etapas en nuestra salvación.  El escritor Ron Sider resume de manera concisa la teología paulina sobre el particular: “Para Pablo, la salvación se refiere a la pasada, presente y futura actividad redentora de Dios en Cristo”. [1]   

Quizá no todos los evangélicos nos hemos puesto a pensar en las implicaciones de esa verdad, ni nos hemos preguntado cuáles son los aspectos que corresponden a cada fase.  Una tendencia es identificar con cada etapa algunas de las facetas de la salvación.  Por ejemplo, se ubica la regeneración y la justifición en la etapa inicial de la salvación; la santificación en la etapa progresiva; y la glorificación en la etapa final.  Hay cierta razón por esa clasificación.  No es incorrecta.  Pero no refleja toda la amplitud de lo que el autor a los Hebreos describe como “una salvación tan grande” (Heb. 2:4).

El estudio detallado del tema nos lleva a una conclusión un poco diferente.  Lo que notamos es que somos beneficiados con todos los aspectos de la salvación en cada una de sus tres etapas.  Esa es la tesis que proponemos comprobar en esta conferencia. 

 

La salvación en sus tres etapas

Quizá sea de ayuda iniciar nuestro estudio analizando la terminología que se ocupa para hablar del tema.  Se suele hablar de la salvación en tres tiempos—pasado, presente y futuro. Si con esos términos se quiere hablar de lo Dios hizo en el pasado, lo que está haciendo ahora y lo que hará en el futuro, está bien.  Así lo entiende Ron Sider a quien acabamos de citar.  O bien, si con esa clasificación se desea señalar las etapas en la experiencia personal del creyente, no hay problema.  Ud. y yo fuimos salvos, estamos siendo salvados, y seremos salvos en el futuro. 

Sin embargo, me parece que hay una terminología más adecuada para describir las tres etapas de nuestra salvación.  En vez de hablar del pasado, el presente y el futuro, prefiero hablar de un aspecto inicial de nuestra salvación, un aspecto progresivo y un aspecto final.  Siento que esta terminología enfatiza la unidad del proceso salvífico más que la otra.  Entreteje las etapas como parte de una experiencia total.  Así lo entiende el teológo novotestamentario George Caird al decir, “La salvación es una acción de Dios con dimensión triple: es un hecho ya realizado, una experiencia que continúa en el presente, y una consumación todavía futura”. [2]

En este estudio, examinermos varias de las facetas de la salvación para comprobar la validez de nuestra tesis, o sea que la salvación es un hecho integral que se realiza en tres etapas, y que sus diferentes aspectos se expermientan en cada una de estas etapas.

 

La salvación como liberación

La salvación se relaciona con liberación.  Hay tres términos que describen nuestra salvación y que comunican la idea de liberación. El primero es “salvar”, que conlleva el concepto de rescatar de algún peligro.  El segundo es “liberar”, y el tercero “redimir”, que habla de liberar por medio del pago de un rescate. [3]  

Los creyentes en Cristo hemos sido salvados (Ef. 2:8; 2 Ti. 1:9); estamos siendo salvados en el presente (1 Co. 15:2); y seremos salvados en el futuro (Ro. 5:9; 2 Tes. 2:14). Hemos sido liberados del poder de Satanás (Col. 1:13), somos liberados del poder del pecado en nuestra experiencia presente (Ro. 6:14), y seremos liberados en el futuro de la ira de Dios (1 Tes 1:10).  Fuimos redimidos en el pasado (Gal. 3:13; Ef. 1:7), gozamos hoy de la obra redentora de Jesús (Tito 2:14); y un día gozaremos de la plenitud de la redención (Ro. 8:23; Ef. 4:40).

La doctrina bíblica de la salvación enseña que la muerte de Cristo arregló de manera completa el problema del pecado.  El pecado nos condena y nos esclaviza.  Pero al aceptar por fe la obra de Cristo en la cruz, recibimos una liberación total del pecado y sus consecuencias.  En la fase inicial de la salvación, somos salvos de una vez por todas del castigo del pecado.  En la fase presente de nuestra salvación, somos liberados diaria y progresivamente del poder del pecado en nuestra vida.  Y en la fase de culminación, seremos salvos de la misma presencia del pecado y sus efectos, incluyendo la muerte.  ¡Gracias a Dios por su maravillosa obra de salvación!

 

La justificación

La justificación también se relaciona con las tres fases de nuestra salvación.  La obra de  Dios por la que nos justifica normalmente se relaciona con el aspecto inicial de nuestra salvación.  Fuimos justificados—es decir que Dios nos declaró justos—cuando depositamos nuestra confianza en Cristo.  La fe le fue acreditada por justicia a Abraham en el momento en que creyó; “Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia” (Ro. 4:3).  Lo mismo pasa hoy: “al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:5).  Desde que creímos en Cristo, cuando dejamos de confiar en nuestros propios esfuerzos y pusimos la fe sólo en él, Dios aplicó a nuestra cuenta la justicia de Cristo, con base en su obra perfecta y en cruz, y nos declaró justos.  Es por eso que Pablo puede decir: “Justificados pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Ro. 5:1).

Sin embargo, la justificación es fundamentalmente un acto escatológico.  Es en el juicio final que Dios dará el veredicto definitivo.  Pablo habla del “día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Ro. 2:16).  Ese será un día “de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras” (Ro. 2:5-6).  En Romanos 3:30 el apóstol ubica el veredicto justificador de Dios en el futuro: Dios “justificará por la fe” tanto a judíos como a no judíos.  El erudito N. T. Wright comenta que “en el escenario apocalíptico” los integrantes del pueblo de Dios “serán vindicados cuando Dios los levanta de los muertos”. [4]

En el caso del creyente en Cristo, aquella declaración futura se adelanta.  Aunque el veredicto de “justificado” corresponde a un juicio todavía por realizarse, “ya ha sido pronunciada” la sentencia de manera proléptica, o sea anticipada. [5]   ¡Qué seguridad nos da esta verdad!  Dios no nos declararía justos ahora si no considerara la declaración futura como un hecho.  Es porque ha asegurado el veredicto escatológico de “justos” que Dios puede anticipar ese veredicto y declararnos justos en el presente.

La etapa inicial de nuestra salvación incluye la justificación, la cual será confirmada en la consumación final.  Pero, ¿qué de la etapa presente?  La vida cristiana consiste de cierta manera en un proceso en que nuestra práctica se va ajustando progresivamente a nuestra posición.  Si nuestra posición es la de “justos”, la justicia se debería mostrar de manera creciente en nuestra experiencia actual. 

Esto es lo que Pablo enfatiza cuando dice, en la misma carta a los romanos, que el propósito de Dios al enviar a su Hijo fue “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, los que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro. 8:4).  El propósito supremo de Dios para nosotros es conformarnos a la imagen de su Hijo (Ro. 8:29), y eso incluye desarrollar en nosotros la justicia.

Hay mucho campo para la reflexión sobre este asunto.  La justicia incluye tratar a todos sin preferencia ni discriminación.  Incluye ser imparcial tanto en los reconocimientos que se dan como con las sanciones que haya que aplicar.  Incluye una conducta recta en todo sentido.  Dios debería poder decir de cada uno de nosotros, como sucedió con Job, “No has considerado a mi siervo Juan (o mi sierva María) que no otro como él (o ella) en la tierra, varón (o mujer) perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).  Cuánto mayor sería el impacto del pueblo evangélico en nuestros países si todos nos conduciéramos de esa manera.  La reproducción de la justicia de Dios en nuestro diario caminar es un reto que debemos tener siempre presente, y una aspiración que nos esforzamos por alcanzar.

 

Santificación

Las tres fases de la salvación se ven de manera clara en otro de sus aspectos—la santificación.  La santificación habla de separación del pecado y separación para Dios.  Fuimos santificados inicialmente cuando creímos en Cristo; Dios nos apartó para sí mismo y nos sacó de la esfera de pecado en que vivíamos.  La salvación para la cual Dios nos escogió, y a la cual nos llamó por el evangelio, se realizó “mediante la santificación del Espíritu” (2 Tes. 2:13).  Pablo describe a los creyentes en la problemática iglesia de Corinto como “los santificados en Cristo Jesús” (1 Co. 1:2).

La santificación comienza cuando creemos en Cristo y recibimos el precioso regalo de la salvación.  Así como Dios nos declara “justos” desde ese momento, también nos llama “santos”.  Pablo pudo decir a los corintios, “ya habéis sido santificados” (1 Co. 6:11)  Este aspecto de la salvación se puede llamar “santificación posicional”.  Nuestra posición ante Dios es la de santos, porque nos ha apartado para él y nos ha limpiado (Tito 2:5).

A la vez, la santificación tiene mucha relación con nuestra experiencia presente.  Pablo dice a los tesalonicenses, “la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes. 4:3).  El apóstol relaciona esta verdad con el problema de inmoralidad.  Hace un contraste entre la relación matrimonial en la que uno tiene “a su esposa en santidad y honor” (4:4), y la fornicación, que representa “pasión de concupiscencia” (4:5).  Resume su enseñanza diciendo que “no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (4:7).  En un mundo en que el sexo se comercializa y la satisfacción sexual se busca por cualquier medio, es importante que hagamos un llamado continuo a la santidad.

La santificación tiene que ver con todas las áreas de nuestra conducta, no solamente la sexual.  Una de las razones por las que fuimos santificados es para que hagamos buenas obras (Tito 2:14).  Una evidencia de estamos experimentando la santificación presente es que serviremos a la justicia (Ro. 6:18-19).

El aspecto futuro de nuestra santificación no es menos importante.  Cuando Cristo venga, el proceso santificador será consumado.  La oración del apóstol por los tesalonicenses, de que Dios “os santifique por completo”, será contestada finalmente “para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23).  La meta de Dios, de “presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:22) está relacionada con la reconciliación cósmica que está aún por efectuarse (Col. 1:20).  La obra santificadora del Espíritu se culminará cuando se hace realidad nuestro destino de “alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 2:14), lo cual sucederá en su segunda venida.  Como comenta Charles Wanamaker, “cuando Pablo habla de obtener la gloria de Cristo tiene en mente la transformación escatológica del pueblo de Dios…asociada con la resurrección”. [6]

 

Vivificación

La nueva vida que recibimos como resultado de la salvación también se experimenta en las tres etapas.  En el momento en que creímos en Cristo, recibimos vida; “estando nosotros muertos en pecados, (Dios) nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef. 2:5).  Fuimos “engendrados por el evangelio” (1 Co. 4:15).  Esa vida representa el comienzo de una nueva y viva relación con Dios.

Pero la nueva vida que recibimos en Cristo es sólo el comienzo.  El plan de Dios es que “nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6:54). El verbo “andar” sugiere un proceso, un caminar continuo.  La nueva vida que tenemos no es nuestra; es la vida de Cristo en nosotros.  Para Pablo, esto era lo importante: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (. 2:20).  Las aflicciones que experimentamos como cristianos tienen como uno de sus propósitos permitir que “la vida de Cristo se manifieste en nuestros cuerpos” (2 Co. 4:10).

¡Una vida como la de Jesús!  Eso es lo que Dios desea reproducir en nostros.  Y la manifestación de esa vida en nosotros es una salvación—salvación de nuestra auto-dependencia, de nuestro ego, de nuestras metas equivocadas.  La vida de Cristo en nosotros se manifiesta por las cualidades que su Espíritu desarrolla en nosotros—el fruto del Espíritu que es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (. 5:22-23).  Los que demuestran la vida de Jesús en su diario caminar “han crucificado la carne con sus pasiones” (5:24), y evitan la vanagloria y la envidia (5:26).  Viven en verdadera libertad, no sirviendo a la carne, sino sirviendo “por amor los unos a los otros” (Gál 5:13).

Nuestra nueva vida tendrá su plena realización cuando Cristo venga otra vez.  Seremos “vivificados” no sólo porque entraremos a una nueva y hermosa esfera de vida, sino también porque nuestros cuerpos mortales serán resucitados, o transformados si nos encontramos vivos en su regreso.  “Esto corruptible” se vistará “de incorrupcion” y “esto mortal” se vistará “de inmortalidad” (1 Co. 15:53).

De nuevo podemos ver que la esperanza de nuestra plena salvación en el futuro representa un poderoso orientador para el presente.  Pablo dice que “cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados en él en gloria” (Col. 3:4).  El apóstol utiliza esa esperanza de vida plena y gloriosa para exhortar a sus lectores a “hacer morir lo terrenal en vosotros” (3:5). 

¡Cómo sería la iglesia y el Seminario si todos viviéramos manifestando la vida de Cristo!  Tal manifestación puede ser una realidad si cumplimos con los requisitos de mantener una comunión íntima con nuestro Señor, a través de la oración, el estudio de la Palabra, y la confesión diaria de pecado.  Es cuando contemplamos la gloria del Señor que somos transformados a su imagen (2 Co. 3:18). 

 

Conclusión

La salvación en prácticamente todos sus aspectos se desarrolla en tres etapas o fases: la inicial, la progresiva, y la final.  Vale la pena citar nuevamente a George Caird:

Casi todos estos términos (los que tienen que ver con la salvación) se pueden usar indistintamente para referir a cualquiera de los tres tiempos.  Nuestra lógica moderna quizá preferiría guardar un grupo de términos para cada aspecto de la tríada: por ejemplo, justificación para el hecho consumado, santificación para la experiencia continua, y glorificación para la meta.  Pero el uso de los términos en el Nuevo Testamento no se conforma a ese tipo de patrón.  Lo único que puede asegurar la lógica es que hay diferencias de énfasis.  La justificación tiene primordialmente una referencia al pasado, pero es también una condición dentro de la cual se vive la vida cristiana…antes del veredicto final que se espera ansiosamente…Los cristianos han sido salvos una vez por todas, pero también están siendo salvados...y esperan la salvación todavía futura…Han sido libertados, pero deben vivir como personas libres…mientras esperan su liberación final.  Han sido lavados, pero el proceso limpiador continúa, hasta que se alcanza la pureza perfecta”. [7]

 

Podríamos mencionar otros aspectos de nuestra salvación como la glorificación y la reconciliación, que también se experimentan de alguna manera en cada etapa de nuestra salvación.  Pero los aspectos ya tocados son suficientes para poder afirmar que nuestra salvación es completa—maravillosamente completa. 

¿Cómo debe afectar mi conducta como cristiano el reconocer que Dios me ha salvado de esta manera?  Primero, me infunde confianza el saber que “el que comenzó en vosotros la buena obra la seguirá perfeccionando hasta el día de Jesucristo” (Fil 1:6).  Puedo enfrentar el futuro con total descanso en mi corazón, sabiendo que ya soy poseedor de una salvación completa.

En segundo lugar, comprender mi salvación me anima a vivir agradecido con Dios, y deseoso de corresponder a la inmensa obra salvadora con la cual he sido beneficiado.  Debo procurar constantemente que la posición que tengo en Cristo se transfiera a mi experiencia diaria.  Ya que he sido justificado, debo practicar una vida recta y justa.  Porque he sido reconciliado, debo buscar la reconciliación y la comunión con todos mis hermanos.  Porque he sido santificado, debo vivir en santidad.  Porque soy receptor de la glorificación, debo desear que la gloria de Cristo se manifieste en mi vida.  Porque Dios me ha dado vida, debo cultivar y desarrollar esa preciosa relación con mi Señor, apartando tiempo para estar con él y viviendo en comunión con él durante todo el día.

En vista de la salvación tan grande que Cristo compró en la cruz con el precio incalculable de su sangre, debo valorar mi salvación.  Y si la valoro, voy a querer compartir con otros el mensaje del evangelio que es “poder de Dios para salvación”. 

Que Dios nos ayude a comprender cada día más lo grandioso de nuestra salvación, a corresponder a ella con una vida acorde con sus valores, y a compartir con otros su bello mensaje. 



                        [1]  Ronald J. Sider, Good News and Good Works: A Theology of the Whole Gospel (Grand Rapids, Baker, 1993), 89.

                        [2]  George B. Caird, New Testament Theology, completada y editada por L. D. Hurst (Oxford: Clarendon Press, 1994), 118.

                        [3]  Estos términos fueron discutidos en la primera conferencia, a la cual se puede hacer referencia para una información más completa sobre su significado.

                        [4]  N. T. Wright, “Putting Paul Together Again”, en Pauline Theology, vol. 1: Thessalonians, Philippians, Galatians, Philemon, ed. Jouette M. Bassler (Philadelphia: Fortress Press, 1991), 203.

                        [5]  Foster R. McCurley y John Reumann, Witness of the Word: A Biblical Theology of the Gospel (Philacelphia, Fortress Press, 1986), 341.

                        [6]  Charles A. Wanamaker, The Epistles to the Thessalonians (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1990),  268.

                        [7]  Caird, New Testament Theology, 118-119.