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EVANGELIO Y SALVACIÓN EN LA TEOLOGÌA PAULINA

Conferencias en el Seminario Evangélico de Lima, octubre 2002

Dr. Pablo Sywulka

 

LA RESPUESTA SALVÍFICA AL EVANGELIO

 

Introducción

 

            El evangelio es poder de Dios para salvación.  Es un mensaje que trae vida y cambia radicalmente nuestra condición ante Dios.  Pero para que esa transformación se efectúe, tiene que haber una respuesta correcta.

            Para el apóstol Pablo, al igual que para los demás escritores del Nuevo Testamento, esa respuesta consiste en “creer”.  El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Ro. 1:16).  No siempre hemos entendido lo que significa creer en Cristo.  Quizá nosotros como estudiantes de teología lo entendemos, pero la gente a nuestro alrededor muchas veces tiene un concepto equivocado o tergiversado de lo que es la fe.  Piensan que creen en Cristo porque creen en Dios. 

            El concepto popular de la fe puede traernos problemas al evangelizar.  Si una persona cree en Dios y en Cristo, ¿qué más le falta?  Si le decimos que necesitar creer en Jesús para la salvación nos dirá que ya cree.  Tal vez se deba a ese fenómeno que buscamos alguna otra forma de expresar a las personas lo que tienen que hacer para ser salvas.  Por ejemplo, conozco un pastor que al terminar su mensaje casi siempre pregunta, “¿Hay alguien que quiere entregar su vida a Jesucristo?”  

            Tal vez el pastor está pidiendo con esa pregunta que el oyente reconozca que no puede salvarse, y que descanse en la obra perfecta de Cristo en la cruz.  Pero el oyente puede entender la pregunta de otra manera, como que le estaría haciendo un favor a Dios si le entrega su vida.  Hablamos frecuentemente de “recibir a Jesús”.  La expresión se halla en Juan 1:12, y aparece en los escritos de Pablo una vez en Colosenses 2:6: “De la manera en que habéis recibido al señor Jesucristo, andad en él”.  No es incorrecto pedir a una persona que reciba a Cristo, porque el concepto está en la Biblia.  Pero debemos observar que se usa muy poco en comparación con otras expresiones como “creer en Cristo”, y si la usamos, debemos entender lo que significa bíblicamente.

            Una invitación aun menos definida es la de levantar la mano o pasar el frente.  ¡Cuántas persona han levantado la mano o pasado al frente en una reunión sin recibir la salvación!  Nuevamente, si a dichas personas se les explica bien el evangelio y se les guía a una respuesta correcta, experimentarán la obra salvadora de Dios en su vida.  De otra manera, sólo experimentarán una desilusión.  Hablé con un hombre hace varios años que había pasado al frente en una iglesia para buscar a Dios.  Los hermanos le dijeron que ya estaba salvo, pero no había ni siquiera entendido el mensaje, mucho menos respondido con fe.  Al poco tiempo abandonó la iglesia.  He sabido de muchos casos de personas que fueron salvas al responder a la invitación en una campaña masiva, pero también he sabido de muchas más que pasaron al frente sin experimentar ningún resultado.

            Debe ser un motivo de preocupación para nosotros asegurarnos de que estamos pidiendo una respuesta bíblica y correcta cuando presentamos el evangelio.  Las enseñanzas de Pablo sobre el tema nos pueden ayudar muchísimo en esa búsqueda.  Lo que nos proponemos en esta conferencia es examinar los pasajes en que el apóstol menciona la respuesta de los oyentes a la proclamación del evangelio.  Notaremos que la reacción receptiva al evangelio se describe con varios verbos: recibir, escuchar, convertirse, creer, confesar y obedecer.  De allí sacaremos algunas conclusiones en cuanto a la respuesta que nosotros debemos pedir de nuestros oyentes.

           

Recibir el mensaje

            La respuesta positiva al evangelio se puede describir en general como la de recibir el mensaje.  Por ejemplo, Pablo recuerda a los tesalonicenses que ellos recibieron la Palabra “en medio de gran tribulación, con gozo” (1 Tes. 1:6).  Luego les dice, “cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Tes. 2:13).  Recibir el mensaje equivale a darle la bienvenida. De cierta manera viene a ser una descripción general que abarca todos los demás aspectos de la respuesta positiva al evangelio. 

 

Escuchar

            La respuesta correcta al evangelio comienza con el acto de escuchar. Pablo les recuerda a los efesios que primero escucharon y luego creyeron; “habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados…” (Ef. 1:13). Dice algo similar a los colosenses. Fue porque oyeron de la esperanza cristiana “por la palabra verdadera del evangelio” que se habían convertido (Col. 1:5). La palabra griega usada es proakouo, que literalmente significa “escuchar previamente”.  Primero escucharon el mensaje, y luego respondieron con fe.  Colosenses 1:23 subraya el concepto: primero oyeron “de la esperanza del evangelio” y luego creyeron.  Es interesante el énfasis que da Pablo a la esperanza que se proclama en el evangelio.

            Romanos 10:14-15 ilustra la importancia de escuchar el mensaje para poder creerlo. Para que las personas invoquen al Señor y así sean salvas, tienen que creer.  Para que puedan creer, tienen que oír.  Para que oigan, tiene que haber quien les predique.  Y para que haya quien les predique, es necesario que el predicador sea enviado.  El proceso, entonces, comienza con el envío del mensajero y la predicación del evangelio.  Esto pasos corresponden a los ya creyentes.  Luego viene la respuesta del no creyente, la cual incluye tres pasos—oír, creer e invocar.

            La importancia de oír el mensaje se ve nuevamente en los versículos 17 y 18. Para que haya una respuesta de fe, es indispensable oír el mensaje: “La fe viene por el oír”.  Y para que se oiga el mensaje, en indispensable que se proclame el evangelio: “el oír (viene por) la palabra de Dios”. El comentarista Cranfield hace la siguiente observación: “La cita (de Rom. 10:16) habla de creer un mensaje.  Pero el acto de creer un mensaje implica un paso intermedio entre la expresión del mensaje y le fe en dicho mensaje—oír el mensaje.  Así que en el v. 17 Pablo extrae lo que se encuentra implícito en la cita y lo aplica al tema que está desarrollando. La fe resulta de escuchar el mensaje, y el escuchar el mensaje se realiza por la palabra de Cristo”. [1]

            Desde luego que la respuesta de fe viene cuando se escucha con interés y receptividad. Si se escucha de manera superficial, sin permitir que el mensaje entre en el corazón, no habrá un resultado beneficioso.  Pablo hace la pregunta en cuanto a la nación de Israel, “¿No han oído?” (Rom. 10:18). La respuesta es que sí han oído el mensaje, pero no ha producido fe en ellos porque son “un pueblo rebelde y contradictor” (10:21).  El caso de los tesalonicenses fue muy distinto. Ellos escucharon el mensaje con un corazón receptivo; “Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Tes. 2:13).  Cuando el mensaje del evangelio se escucha de manera receptiva, dicho mensaje obra para producir fe y da como resultado la salvación.

 

Conversión

            Un aspecto de la respuesta al evangelio en Pablo es volver a Dios, o sea la conversión. El apóstol dice que los creyentes en Tesalónica “se convirtieron de los ídolos a Dios” (1 Tes. 1:9). El verbo griego es epistrefo, “dar la vuelta”. Cuando esas personas escucharon el evangelio, dieron las espaldas a sus prácticas y valores paganas y se volvieron a Dios.

            La respuesta de volverse al Señor se encuentra también en 2 Corintios 3:16. Con la llegada del evangelio, Dios “resplandece en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento” de su gloria (2 Cor. 4:6).  La persona que permite la entrada de la luz del evangelio experimenta una conversión, y el velo que antes cubría su conocimiento se cae.  “Cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará” (2 Cor. 3:16).

            La conversión de cierta manera es el equivalente paulino para el arrepentimiento.  Pablo no presenta el arrepentimiento como una de las respuestas al evangelio, tal como los hacen los evangelios y Hechos.  Pero la conversión a que él se refiere significa prácticamente lo mismo.  En su mensaje ante el rey Agripa, Pablo dice que anunció tanto a judíos como a gentiles “que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios” (Hech. 26:20).  Convertirse significa dar la vuelta, cambiar de mentalidad, volverse de una fe falsa a una fe en el Dios verdadero.  Ese cambio de actitud es un aspecto importante de la respuesta correcta al evangelio.

 

Fe o creer

            Pablo subraya la importancia de la fe en respuesta al evangelio.  Es quizá la respuesta que más menciona.  De manera especial se ve esto en su carta a los Romanos, pero también aparece en sus demás escritos.  Los corintios creyeron el evangelio que Pablo les predicó (1 Cor. 15:2); fue cuando creyeron que los cristianos en Efeso fueron sellados con el Espíritu (Ef. 1:13); a los gálatas el apóstol dice que “nosotros hemos creído en Jesucristo para ser justificados” (Gá. 2:16).

            El capítulo 10 de Romanos incluye varias referencias a la fe como respuesta a la predicación del evangelio.  La fe viene como resultado de oír el mensaje: “La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Ro. 10:17). El mensaje pide una respuesta de fe; se describe como “la palabra de fe que predicamos” (Ro. 10:8).  Es una respuesta que surge del corazón; “con el corazón se cree para justicia” (10:9).  La fe en el mensaje trae como resultados la justicia (10:6, 10), la salvación (10:9) y la seguridad de nuestra vindicación (10:11). [2]

            La fe como respuesta al evangelio representa una actitud de dependencia total de Dios para la salvación.  Es reconocer que la salvación viene de Dios, que ha sido realizada por la muerte y resurrección de Cristo y que Cristo el Señor exaltado es totalmente capaz de darnos una salvación completa. Es depositar nuestra confianza total en lo que el evangelio proclama. El teólogo Leonhard Goppelt lo expresa de esta manera: “La fe, fundamentalmente, era confianza en Dios sobre la base de sus promesas.  Esta confianza incluía fe en Jesucristo. Por lo tanto la persona que creía en Cristo Jesús era aquella que aceptaba su muerte y resurrección como la revelación salvadora de Dios”. [3]   La confianza absoluta y total en Jesucristo en respuesta al mensaje del evangelio es un requisito indispensable para la salvación.

 

Confesión

            La confesión o sea la expresión verbal de fe en Cristo es otro aspecto de la respuesta positiva al evangelio.  Las palabras “confesión” y “confesar” expresan esta respuesta, junto con el verbo “invocar”.  Prácticamente la mitad de las veces en que Pablo usa los verbos “confesar” e “invocar” se encuentran en el capítulo 10 de Romanos, así que este es un pasaje clave para comprender el asunto.

            El tema de la confesión se introduce en Romanos 10:9, inmediatamente después de una serie de citas, principalmente de Deuteronomio 30:12-14.  Estas citas ilustran el hecho de que nuestra posición de justos ante Dios es el resultado de un ofrecimiento de gracia basado en lo que Dios ha hecho, no en los esfuerzos humanos.  Las citas terminan en el versículo 8 mencionando “la palabra” que está “en tu boca y tu corazón”.  Ese mensaje es “la palabra de fe que predicamos”.  Es la palabra que trae salvación a todo aquel que “invoca el nombre del Señor” (10:13).

            La confesión a que se refiere en versículo 9 consiste en el reconocimiento de que “Jesús es el Señor”. También incluye el reconocimiento de que “Dios le levantó de los muertos”.  Ambas verdades son creídas y confesadas.  En otras palabras, los verbos “confesar” y “creer” implican una respuesta conjunta frente a ambas verdades.  Como lo expresa Schreiner, “la fe involucra la confesión doctrinal de que Jesús es Señor y que Dios le levantó de los muertos”. [4]

            La confesión es la expresión externa de la fe interior, y lógicamente le sigue a esta. El orden en el versículo 14 es creer, luego invocar. Pero estas dos acciones no deben verse como dos acciones separadas. Más bien, “la confesión es inseparable de la convicción interna que involucra confianza personal.”  Ambas, ya que forman parte de la “fe en el señorío de Cristo y su resurrección (que son inseparables ya que Cristo fue puesto como Señor en su resurrección, Rom. 1:4) son necesarias para la salvación”. [5]

            Los verbos que utiliza Pablo para describir la confesión en Romanos 10, “confesar” e “invocar”, son prácticamente sinónimos. Pablo utiliza el segundo de estos al citar del Antiguo Testamento (Joel 3:5) en el versículo 13, “todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”.  Invocar el nombre del Señor en el Antiguo Testamento era un acto de adoración pública.  Era un acto en que se proclamaba públicamente quién era el Dios a quien se adoraba. Pablo identifica el Señor mencionado por Joel con el Señor Jesús.  Así que invocar a Jesús es no sólo dirigirse a él en oración, sino también reconocer quién es él.

            La confesión de fe enfoca la persona de Cristo.  Reconoce que él es Señor.  Representa la expresión espontánea de fe en Cristo que se da cuando una persona escucha receptivamente el mensaje del evangelio y responde positivamente a él.

Obediencia

            La respuesta positiva al evangelio también se describe como obediencia.  Pablo habla de “la obediencia de fe” en Romanos 1:5 y 16:26.  Es un elemento importante tanto en la introducción a la carta como en su conclusión.  En el centro de la carta, hablando de los israelitas, Pablo menciona que “no todos obedecieron el evangelio” (10:16). Lo mismo dice de los perseguidores de los tesalonicenses: “no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes.1:8).  Responder al evangelio con fe es obedecerlo.  Rechazarlo con incredulidad es no obedecerlo.

            Obedecer el evangelio no es un acto distinto a la fe o la confesión.  Más bien se usa en relación con otras expresiones para describir la actitud con que se responde al mensaje.  Obedecer contiene la idea de someterse a una autoridad, de cumplir una orden dada por una autoridad.  Cuando una persona reconoce que Jesús es Señor, responderá en obediencia.  La respuesta de obediencia se relaciona con la de oír.  Los dos vocablos griegos (akoe, oír y hypakoe, obedecer) tienen la misma raíz; es como que Pablo estuviera utilizando un juego de palabras.  Joseph Fiztmyer comenta al respecto, “el escuchar el evangelio (akoe) debía llevar (al oyente) a un compromiso personal con él (hypakoe, Rom. 10:16-17)”.

            La obediencia se relaciona con la fe en la expresión “la obediencia de fe” (Rom. 1:2; 16:26), la cual puede entenderse como “la obediencia que consiste en fe”.  También se relaciona con la confesión en Romanos 10:8-17, donde la respuesta al mensaje se describe como creer (10:14), confesar (10:9) y obedecer (10:16).  Tanto la fe como la confesión y la conversión representan actos de obediencia al mensaje.

            La respuesta de obediencia viene cuando una persona llega a entender por el evangelio que Jesús es no solo el Salvador crucificado, pero también el Señor exaltado.  Significa aceptar el mensaje con una actitud de sumisión.  El término “obediencia” sirve para resumir de manera global la respuesta positiva al evangelio.  Por la manera en que Pablo usa la palabra, podemos concluir que “el apóstol tiene en mente la respuesta total del creyente al evangelio.” [6]

 

Conclusión

            La respuesta bíblica al evangelio en las cartas de Pablo se describe con una variedad de palabras: oír, convertirse, creer, confesar y obedecer.  Se puede observar una progresión lógica entre algunos de estos elementos, particularmente del oír al creer al confesar.  Pero a fin de cuentas todos estos verbos describen facetas del acto trascendental de recibir el evangelio con un corazón abierto y un espíritu sumiso. 

            La respuesta que demanda el evangelio es un acto radical que involucra la totalidad de la persona.  No consiste simplemente en un acuerdo mental con el mensaje, o en una reacción emocional de momento.  Más bien es una respuesta de obediencia que incluye creer de corazón en el mensaje y reconocer en adoración a Jesús como el Señor resucitado que obró una salvación completa por su muerte en la cruz y es poderoso para salvar hoy a los que confían en él.

            En nuestro trabajo de evangelización, estaremos pidiendo a las personas que respondan al mensaje que presentamos a nivel personal, o que proclamamos desde el púlpito.  ¿Qué respuesta les vamos a pedir?  La palabra más frecuentemente usada en la Biblia es creer.  Está bien que les pidamos creer en Cristo, si explicamos que creer es reconocer quién es Jesús y depositar nuestra confianza total y exclusivamente en él.  Podemos pedir que reciban a Cristo como su Salvador, si explicamos que recibir a Cristo es reconocer nuestra incapacidad de salvarnos y depender totalmente de aquel que es Salvador y Señor.  Podemos incluso pedir a las personas que pasen al frente en una reunión si explicamos por qué hacemos esa invitación, si les presentamos el evangelio y les guiamos en una oración de fe en Jesús.

            Para que una persona responda al evangelio de tal manera que experimenta la salvación, necesita oír claramente el mensaje, especialmente en lo que éste anuncia de Jesús como Salvador y Señor.  Luego tiene que tomar un paso de fe en su corazón, abrazando por decirlo así el mensaje, y expresando que confía total y exclusivamente en Jesús para su salvación.  Ese acto de fe normalmente será acompañado por una expresión verbal en que la persona reconoce a Jesús como Salvador y Señor y profesa creer en él.  Muchas veces el nuevo creyente responderá por medio de una oración personal; en algunas ocasiones pueda que haga una confesión pública.  Lo importante es que haya una respuesta consciente y bíblica de fe total en Cristo.

            No podemos forzar una respuesta de fe.  Esa respuesta la tiene que producir el Espíritu de Dios. Nuestra responsabilidad es compartir el mensaje del evangelio lo más claro posible, y de invitar al oyente a responder con fe.  Si hemos presentado el mensaje claramente y si hemos explicado adecuadamente la respuesta que dicho mensaje demanda, tenemos que dejar el resultado final en las manos del Señor.  Él nos dará la sabiduría para saber cómo invitar a la persona a responder.

            “El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.  Confiemos en esa verdad al compartir con otros las buenas nuevas de salvación en Cristo.


[1] C. E. B. Cranfield, The Epistle to the Romans, vol. 2 (Edinburgh: T. & T. Clark, 1979), 537.

[2] La expresión “no será avergonzado” en Rom. 10:11 se refiere al hecho de que “aquellos que ponen su fe en Jesús como Señor resucitado serán vindicados por Dios en el día del juicio”. Thomas R. Schreiner, Romans, Grand Rapids, MI: Baker, 1998), 561.

[3] Leonhard Goppelt, Theology of the New Testament, (Grand Rapids: Eerdmans, 1982), 128.

[4] Schreiner, Romans, 559.

[5] Ibid., 560.

[6] Peter T. O’Brien, Gospel and Mission in the Writings of Paul (Grand Rapids: Baker, 1995), 60.

 

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