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Sufrimiento y gracia:
Eje misionológico
narrativo y sus implicaciones
para la misión en América Latina
George Reyes
Profesor y editor, Seminario Todas las Naciones
Ciudad Juárez, México
Artículo publicado en Kairós No. 44, enero-junio 2009, pp. 23-48
Una lectura misionológica y literaria de las narrativas
sobre José, Elías, Jonás, Juan Bautista, Jesús y Juan de Patmos revela que ser
agente de misión implica, por un lado, sufrir y, por el otro, experimentar en
el dolor la gracia de Dios que consuela y redirige la misión. Esa doble cara de
la misión de Dios es también un eje temático misionológico con implicaciones
para la misión en América Latina y desde ella, incluyendo: a) que el
sufrimiento es un elemento esencial de la misión, y b) que es erróneo
considerar el sufrimiento y las limitaciones materiales como evidencia
inequívoca de que algo anda mal en la vida cristiana.
Palabras
clave: sufrimiento, gracia, misión, misionología, narrativa,
prosperidad
A missiological and literary reading of the narratives concerning Joseph,
Elijah, Jonah, John the Baptist, Jesus, and John of Patmos reveals that being a
mission agent implies, on the one hand, suffering and, on the other, experiencing
in the pain God’s grace that comforts and reorients the mission. This double
aspect of God’s mission is also a major missiological theme with implications
for the mission in and from Latin America, including a) that suffering is an
essential element of the mission and b) that it is erroneous to take suffering
and material limitations as unmistakable evidence of spiritual problems.
Key words: suffering, grace, mission, missiology, narrative,
prosperity
INTRODUCCIÓN
Como elemento que es parte y parcela de la
misión y la misionología latinoamericana, el sufrimiento sigue siendo poco enfatizado. No debiera
ser así, ya que, al igual que la gracia de Dios, se fundamenta en las
Escrituras, las que, además, nos enseñan que fue esencial en la vida y misión
de Jesús de Nazaret, nuestro Señor y modelo por excelencia.
En este ensayo, me propongo destacar
brevemente el papel central que, en la teología narrativa de la misión, juegan
el sufrimiento y la gracia de Dios. Espero que, de algún modo, esto nos permita
ver cómo ambos elementos no solo redirigen a la misión, sino que también
constituyen su doble cara y un eje misionológico que atraviesa de principio a
fin el texto narrativo bíblico. Me propongo destacar también algunas
implicaciones para la misión en América Latina y desde ella. A fin de lograr
este cometido, procuraré leer brevemente las narrativas seleccionadas en clave
hermenéutica tanto misionológica como literaria históricamente informada. Para
esta lectura última, las razones son las siguientes.
La narrativa bíblica y la Biblia en general son de
excepcional calidad literaria; de ahí que su teología de
la misión sea comunicada con gran maestría artístico-literaria. Por eso, aun cuando grandes
dificultades median en el proceso interpretativo en general, valdría la pena tener
presente el siguiente principio hermenéutico: a la hora de leer el texto
narrativo, es necesario poner atención en su modo artístico de comunicación –poética–
para ser guiado a aquello que nos quiere comunicar –teología de la misión, en
nuestro caso.
La primera parte del ensayo hace una lectura de seis
agentes bíblicos de misión, quienes, en sus respectivos contextos culturales y
trabajo misionero, experimentaron en carne propia tanto el sufrimiento como la
gracia de Dios, aunque cada uno de un modo diferente. La segunda destaca algunas
implicaciones para la misión en Latinoamérica y la misión desde ella. Y la última es la
conclusión general a modo de resumen.
TEOLOGÍA
NARRATIVA DE LA MISIÓN
En el transcurso de la historia,
incluyendo la registrada en la Biblia, el sufrimiento y la gracia de Dios han transformado
el corazón y la visión y han redirigido a la misión. Tal fue la experiencia de
los siguientes agentes bíblicos.
José (Génesis
37-50)
Este bloque narrativo está insertado en la segunda
sección mayor del libro (caps. 12-50), que narra la historia patriarcal y el
origen de la historia de la redención. Constituye lo que hoy se denomina
“Narrativas de José”, en las cuales el personaje principal es precisamente
José.
Jacob prefería a José más que a sus otros hijos (37:3).
Según nos cuenta el narrador (37:4, 11), es lo que, en primera instancia, instiga la envidia y el odio de sus hermanos a tal grado
que no desean ni siquiera saludarlo (v. 4) y traman un plan para matarlo (vv. 18-20).
Rubén, sin embargo, vacilando ante el complot, sugiere lanzarlo mejor a la
cisterna (vv. 21-24). Posteriormente, Judá propone que sea vendido a los
ismaelitas o madianitas (vv. 26-36). Según nos informa omniscientemente el
narrador, los hermanos pretendían que los sueños de José fracasaran (v. 20b).
El sufrimiento de José recrudece en la casa de Potifar, funcionario del
Faraón, quien lo habría de comprar (Gn. 39:1; cp. 37:28). Cuando la esposa del
funcionario fracasa en todos sus intentos de seducción, acusa a José de acoso
sexual (39:7-18), y Potifar, indignado, lo aprisiona (vv. 19-20).
La gracia de Dios se hace nuevamente presente en este injusto
suceso, pues valiéndose del mismo, Dios encaminará a José a una exitosa misión
político-administrativa transcultural (caps. 40-41). Gracias a esta misión,
irónicamente y en justicia poética, José habría de preservar la vida de la nación
y de su disfuncional familia, la que se vería obligada a rendirle honores y
pedirle ayuda (caps. 42-50; cp. 37:8, 10, 20b). No en vano, omniscientemente, y
de principio a fin, el narrador subraya que Yahvé estaba con José (39:2-6,
20b-23). Y José lo interpreta y declara así a sus hermanos, cuando se da a
conocer a ellos y los perdona y libera de culpa. Es que, para José no fueron simplemente
sus hermanos ni, mucho menos, el destino ciego ni la “mala suerte” los que le habrían
de permitir pasar por esa dura experiencia; quien se lo permitió, según
entiende él, fue Yahvé, a fin tanto de reencaminarlo a semejante misión como de
que pueda salvar a su familia de la hambruna y asegurarle así descendencia
sobre la tierra (45:5-11).
Se podría argumentar mucho más sobre el sufrimiento de
José y cómo la gracia de Dios fue su amparo durante el mismo, pero el resumen
anterior sería suficiente para ayudarnos a ver no solo cómo este siervo habría
de sufrir durante su vida y misión y cómo Dios lo habría de proteger en esa dura experiencia,
sino también cómo él la habría de enfrentar y cómo Dios la habría de
usar para redirigirlo a esa misión transcultural exitosa.
Elías (1 Reyes
19)
El “ciclo de Elías” (1 R. 17:1–22:40) está organizado por
episodios sobre la misión de este profeta que el autor/narrador desea subrayar. Lo presenta experimentando
situaciones adversas y señala a la vez la gracia de Dios en las mismas. El
episodio narrado en el capítulo 19 es ilustrativo.
Las sombras del desierto empiezan a caer sobre Elías, después
que profetiza sequía sobre la nación infiel (17:1) –razón por la cual Acab, rey
de Israel, lo habría de perseguir (18:1-15). Estas sombras se acrecientan después
que enfrenta al rey y extermina a los profetas de Baal (18:16-40; cp. 16:29-33), y alcanzan su clímax cuando
Jezabel se entera de esta hazaña. Indignada, ella le habría de enviar una
sentencia de muerte sellada con juramento (19:1-2).
Acompañado de su criado, Elías huye hasta Beersheva (19:3),
para luego continuar solitariamente su marcha todo un día por el desierto (v. 4a).
Es aquí donde lo verbal cede paso a lo visual, y la debilidad a la fortaleza. La
cámara del narrador enfoca una escena en la que se ve a un Elías caminando cabizbaja
y deprimidamente en soledad total; las brumas del abandono lo envuelven
sico-emocionalmente, y el cansancio físico acentúa su temor, su cierre de
horizontes y su deseo de morir (v. 4b). Acto seguido, la cámara lo
muestra usando una estrategia que pareciera reflejar otra tendencia humana
universal: quedarse dormido, como un niño berrinchudo y temeroso, debajo de la
sombra de un arbusto (v.5a). ¡Después de una gran victoria (18:20-40), esta es
toda una escena de ironía y hasta de humor fino!
La segunda escena (vv. 5b-9a), anticipando la siguiente,
permite ver en acción la gracia de Yahvé por medio de su ángel. Este personaje,
en discurso directo, anima a Elías a levantarse y a alimentarse (v. 5b),
arguyendo posteriormente por qué debía hacerlo: por el largo viaje que le
espera (v.7b). Así, se habría de marchar
a Horeb, donde pasaría la noche en una cueva (vv. 8-9).
En la tercera escena (vv. 9b-18), la cámara del narrador permite
ver de nuevo la gracia de Yahvé en acción:
A —¿Qué
haces aquí, Elías? —le preguntó (v.9b).
B —Me
consume mi amor por ti, Señor Dios... Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí
también! (v.10).
C El Señor le ordenó: —Sal y preséntate ante
mí... Pero el Señor... estaba en…
un suave murmullo... Se cubrió el rostro... se puso a la entrada de la cueva (vv.
11-13a).
A’ Oyó una voz que le
dijo: —¿Qué haces aquí Elías? (v. 13b).
B’ —Me consume mi
amor por ti, Señor Dios... Yo soy el único que ha quedado con vida,
¡y ahora quieren matarme a mí también! (v.14)
C’ El Señor le dijo: —Regresa... Unge a Jazael... a Jehú... a Eliseo... Yo preservaré a
siete mil israelitas que... (vv. 15-18).
Muchas han sido las interpretaciones de esta escena, y mucho
se podría decir sobre ella. Pero, con base a la estructura desplegada, me
gustaría apenas subrayar que las colas C y C’ están en posición de clímax, y es
allí donde subyace el énfasis del narrador: el consuelo y protección que Elías recibe
de Yahvé tanto con su presencia en ese “suave murmullo” como con su promesa de
preservar un remanente fiel al pacto y, más aún, con la nueva misión que le
asigna. Elías, por cierto, ungirá solamente a Eliseo (vv. 19-21; cp. 2 R. 8:7-15;
9:1-13), pero es de suponer que queda consolado y convencido (al igual que el
lector) del perfil no solo fiel, sino también bondadoso y misericordioso de
Yahvé; ¿no fue su gracia la razón por la cual él no habría de permitir la
destrucción total de su pueblo así como de responder al dolor de su siervo y, después
de consolarlo y restaurarlo, de redirigirlo a una misión importante, pese a
todo su accionar?
Jonás (Jonás 4)
En episodios bien estructurados e interrelacionados, el
autor del libro cuenta la experiencia dolorosa y la gracia de Yahvé en la
misión de este profeta. El episodio del capítulo
4, compuesto por dos escenas, es ilustrativo.
Contrario a lo que esperaba Jonás, los ninivitas se
arrepienten y Yahvé suspende su juicio contra ellos (3:10). Desde su punto de
vista ideológico, y en discurso directo, el narrador nos informa que fue el
gran amor de Dios sobre este pueblo lo que indignó a Jonás (4:1-2). Es que este
se había negado a su misión porque conocía de antemano ese amor de Yahvé a
favor aun de aquellos que, como los ninivitas, no eran parte de su pueblo. A la
luz de su arrogante nacionalismo, se puede ver que la exaltación que Jonás hace
de este amor no es más que una fórmula de acusación (4:2), y que su
indignación, frustración y deseo de morir (4:3) no podrían ser sino profundos y
verdaderos. ¡Quiere morir porque Yahvé
no destruye a Nínive!
En la siguiente escena (vv. 4-11), Yahvé sale al
encuentro de Jonás. El narrador nos lo relata desde su punto de vista y y en
una estructura paralela. Este modo de narración permite apreciar el modo
peculiar cómo Yahvé alivia a su siervo y contribuye a resaltar el perfil infantil
de Jonás y el pedagógico, amoroso y hasta humorístico de Yahvé:
A —¿Tienes
razón de enojarte tanto? —le respondió el Señor (v. 4).
B Jonás
salió y acampó al oeste de la ciudad. Allí hizo una enramada y se sentó bajo su
sombra para ver qué iba a suceder a la ciudad (v. 5).
C Para
aliviarlo..., Dios… dispuso una planta... Jonás se alegró muchísimo... Pero... Dios
dispuso que un gusano la hiriera, y... se marchitó... “¡Prefiero morir que
seguir viviendo!” (vv. 6-8)
A’ Pero Dios le dijo a Jonás: —¿Tienes razón de
enfurecerte tanto por la planta? (v. 9a)
B’ —¡Claro que la tengo! —le respondió—. ¡Me
muero de rabia! (v. 9b)
C’ —Tú te compadeces de una planta... Y de
Nínive…, ¿no habría yo de compadecerme? (vv. 10-11)
De nuevo, el clímax de esta estructura yace en C y C’.
Así se subraya el método por medio del cual Yahvé intenta aliviar a su
recalcitrante siervo (v. 6), quien aparentemente no responde a la pregunta del
v. 5. El mal humor de Jonás habría
de desaparecer sólo por un momento.
Con el propósito pedagógico de inducirle compasión por
los ninivitas, Yahvé lo interroga por segunda vez (v. 9a). Aunque Jonás vuelve
a responderle obstinadamente (v. 9b), el propósito final del narrador es
alcanzado; lo es porque concluye su relato poniendo en boca de Yahvé una última
pregunta, que espera una respuesta afirmativa y que subraya la universalidad de
su proyecto redentor y, de nuevo, la incongruencia entre la teología de Jonás y
sus actitudes (vv. 10-11). Pero la respuesta del profeta no pareciera interesarle
al narrador, sino lanzarnos un mensaje pastoral y misionológico; este mensaje
es que, por un lado, no debemos reaccionar como Jonás en situaciones misioneras
semejantes y, por el otro, que ni aun las actitudes nacionalistas, rebeldes o
infantiles de los agentes de misión pueden obstaculizar el amor redentor de
Yahvé por todos los pueblos.
Por eso, al narrador también pareciera interesarle
mostrar al lector a nivel no sólo micro (unidad narrativa) sino también macro
narrativo (obra en general) algo decisivo en el sufrimiento, consuelo y misión
de Jonás: el perfil soberano y, más aún, bondadoso, compasivo y misionero de
Yahvé. Es que el enigma de nuestra micro y macro narrativa pareciera ser no que
Jonás haya sido constantemente perdonado, consolado y redirigido a la misión,
sino que, pese a su rebeldía y rabietas infantiles, haya sido, a fin de
cuentas, un agente de misión grandemente usado por Yahvé.
Juan Bautista (Lucas 3)
La experiencia de esta figura misionológica, que se mueve
entre la línea de continuidad y discontinuidad entre los Testamentos, es la de
un profeta antiguotestamentario. Al preparar el camino al
Mesías y al anunciar su cercanía, llama a los judíos a cambiar radicalmente de
mentalidad y a practicar justicia y solidaridad, como si fuesen gentiles y
estuviesen bajo juicio divino. Pero estando en el punto más alto de su misión habría
de experimentar incluso la muerte.
Lucas 3:1-20, en la parte introductoria de la trama
general de la obra, está estructurado en dos escenas, cuyos eventos se relatan
desde el punto de vista ideológico del narrador y en discurso directo. La
primera (vv. 1-6) nos sitúa en el contexto histórico cronológico del Bautista,
y la segunda (vv. 7-20) nos informa de su mensaje y de las reacciones al mismo.
Estas reacciones fueron de inquietud (vv. 10, 12, 14) y expectativa
o asombro (v. 15), pero también de violencia (vv. 19-20). Después de resumir la
misión del Bautista (v.18), en un salto cronológico el narrador nos informa
que, al ser reprendido por su pecado de incesto y “por todas las otras maldades
que había cometido” (v. 19), Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, “llegó hasta
el colmo de encerrar a Juan en la cárcel” (v. 20). Posteriormente, por boca del
mismo, el lector se entera que había ordenado cortarle la cabeza (9:9; cp. Mr.
6:17-29).
Aunque su misión termina prematura y abruptamente, el lector
percibe que el Bautista la cumple a cabalidad. Además de preparar el camino al
Mesías y de participar en sus padecimientos, le pasa a él su manto de profeta
(Jn. 3:22-26). Ahora bien, si Juan cumplió a cabalidad su misión contra todo
sufrimiento, es de suponer que, conforme a sus propósitos
benevolentes-soberanos, Dios y su gracia permanecieron a su lado fortaleciéndolo,
avalándole su misión y mensaje y abriéndole paso dentro de una audiencia
peculiar que necesitaba de esa misión y mensaje.
Jesús de Nazaret (Lucas 4)
En Lucas, la narrativa de 4:14-30 señala el inicio tanto
del ministerio de Jesús como del conflicto que siempre él habría de enfrentar
con los líderes religiosos. Después de rechazar en el desierto las tentaciones
satánicas (4:1-13), Jesús regresa a Galilea, su tierra, en el poder del
Espíritu (vv. 14, 18) para iniciar desde allí su misión (v. 15). Es sábado
cuando, en la sinagoga de Nazaret, lee dos pasajes de Isaías (61:1-2; 58:6) y
declara que él los cumple (vv. 16-21), con lo cual proclama la nueva era de
liberación integral (el “ya” del reino) en términos de Jubileo mesiánico.
La reacción de la audiencia a su discurso fue positiva y
a la vez escéptica (v. 22). Seguidamente, anticipando omniscientemente el
pedido de señales por parte de la misma, Jesús le refiere un proverbio popular
que habría de denunciar su escepticismo y celo regional (vv. 23-24). Así, además
de hacerle ver que el amor redentor de Dios se extiende a otros pueblos (los
gentiles), Jesús desafía a esta audiencia a deponer su nacionalismo egoísta que
le impide compartir con otros pueblos periféricos ese amor de Dios y el
privilegio de ser también sus agentes (vv. 25-27). Esto explica la transformación
de la reacción anterior en indignación e intento de asesinarlo (vv. 28-29).
Jesús escapa y se marcha a Capernaúm (vv. 30-31) para, en
Lucas, jamás volver a Nazaret. Allí sigue ministrando integralmente, y quieren
retenerlo (vv. 31-42), pero, entendiendo el propósito por el cual ha sido
enviado, él arguye que le es preciso anunciar “también a los demás pueblos las
buenas nuevas del reino de Dios” (v. 43; cp. 2:32).
Así, pues, en un nivel del texto, el narrador nos hace ver
la presión del sistema pecaminoso que pesa sobre Jesús desde el inicio de su
misión. No obstante, Jesús la cumple a cabalidad como Siervo Sufriente y como
profeta, siempre asido de la gracia y voluntad de su Padre y del poder del
Espíritu que lo habría de resucitar. Es así, pues, cómo el
sufrimiento y la gracia de Dios se constituyen en elementos esenciales tanto en
su vida como en su misión. Por un lado, el
sufrimiento lo capacita para seguir siendo solidario con los que sufren y para
advertir a sus seguidores que el camino de ellos estaría siempre marcado, no
por el éxito, sino por el sufrimiento y aun por el fracaso y, pese a ello, por
la fidelidad radical (Mt. 10:24-25; 16:24). Por el otro, la gracia de su Padre lo
capacita para enfrentar con poder y autoridad ese sistema pecaminoso y llevar
así a cabo obediente, humilde (en pobreza total) y victoriosamente su misión
redentora (Lc.4:18; Mt. 26:36-44; cp. Heb. 5:7-10).
Juan de Patmos (Ap. 1:9).
Costas y Stam opinan que Apocalipsis comunica su “mundo”
literario y su mensaje por medio tanto de una estructura simétrica, imágenes,
símbolos y pintura surrealista como de una celebración lírica de la fe e
interpretación de la misión de Dios en una difícil encrucijada histórica. Según estos autores, la
obra es producto de una experiencia sinfónica de adoración y de una “misión
profética”.
Dentro del cuádruplo prólogo de su obra, Juan nos da un resumen
de su dura experiencia que, por orden del Señor de señores, debía poner por
escrito. Cuando “en el día del Señor” recibió la visión del Cristo resucitado
(1:10), él se encontraba prisionero en la isla de Patmos “por causa de la palabra
de Dios [su mensaje profético] y el testimonio (marturi,a) de Jesús [su
compromiso cristiano]” (1:9). En otras palabras, “fue sentenciado por causa de su
misión profética”, incluida su proclama, junto a otros cristianos, del señorío
de Cristo frente a la pretensión señorial del emperador Domiciano. Es fácil imaginar, por lo
tanto, cómo debió haberse sentido en tales circunstancias.
Una voz como de trompeta rompió probablemente su silencio
(1:10). Por medio de un cuadro majestuoso (1:12-16), el Resucitado se hace
presente para hablarle a él y a las congregaciones (caps. 1-3). Ante la postración de
Juan, el Resucitado le da una palabra animadora –“No tengas miedo” (1:17)– y
una nueva misión –“Escribe, pues, lo que has visto” (1:19). En una segunda
visión (caps. 4-5), el Señor le permite ver el cielo y participar en un “megaculto”
que habría de transformar su llanto en canto (5:8-14).
Estos capítulos no solo describen con singular belleza
escenas de adoración al Creador sentado en su trono y al Cordero “que ha
vencido”, sino que también celebran el control soberano del trino Dios sobre la
muerte y la historia humana. Por eso Juan y sus congregaciones no debían temer.
No es casualidad, entonces, que, en contraposición al sistema imperial, al
final de su obra (caps. 21-22) pinte un cuadro de una nueva realidad donde Dios
será todo y en todos y se realizará a perfección el reino de Dios y su
justicia.
Conclusión
Según la teología narrativa de la misión, Dios lleva a
cabo su misión en cada situación histórica y cultural a través de los tiempos y
por medio de agentes humanos, quienes atravesaron por circunstancias adversas que,
aunque distintas en cada contexto y caso, amenazaron su participación en esa misión. Si bien la
manifestación de la gracia de Dios y su efecto en cada uno de estos agentes sería
distinta, fue en esas circunstancias adversas y de dolor que ella los sustentó
y liberó, pero también los redirigió a la misión. Esta es la doble cara de la
misión de Dios y es éste su perfil soberano, bondadoso y compasivo, desprendido
de esa doble cara.
Ya que también hoy la iglesia está convocada a participar
en la misión redentora de Dios, y ya que ella tiene esa misma gracia a su
disposición, ¿cuáles serían algunas implicaciones de la teología anterior para
su misión e incluso para su misionología? Es lo que a continuación se procurará
definir.
IMPLICACIONES
DE LA TEOLOGÍA
NARRATIVA DE LA
MISIÓN
La narración de los hechos de Dios en la vida y misión de
su pueblo antiguo es también revelación de su voluntad para su pueblo de todos
los tiempos. Por eso, aunque las narrativas nos enseñan esa voluntad
indirectamente y son producto de otra época diferente a la nuestra, ellas
siguen formando nuestra conciencia, visión y misión; de ahí que su intención no
pueda ser simplemente describir lo sucedido ni solo deleitar estéticamente. Por
lo tanto, pese a ser una tarea nada fácil, es necesario subrayar ahora algunas implicaciones
para el horizonte misionero de la iglesia, la nueva y actual receptora de esa
voluntad.
La
teología de la cruz en la misión:
El
poder y la victoria en la debilidad
Con el sufrimiento, salen a luz los valores que suelen
reposar silenciosa y ocultamente en los rincones más herméticos del corazón. Pero
es precisamente cuando el agente de misión experimenta también la gracia y
liberación de Dios y un reenvío a la misión.
Con ciertas variaciones, como ya se explicó, esto fue lo
que, en su respectivo contexto cultural y particular llamado, vivió cada uno de
los anteriores agentes de misión. El sufrimiento reveló su propio yo y sus
propias deficiencias, incluso su falta de fe en el amparo de Dios (Elías) y su
nacionalismo convertido en orgullo y discriminación (Jonás). Al mismo tiempo,
en esta dura experiencia la gracia de Dios los confortó, lo que hace posible
pensar que esta habría sido razón por la cual, pese a sus deficiencias humanas,
habrían de ser sus agentes hasta el martirio (el Bautista) o la cruz (Jesús de
Nazaret). Este es, entonces, un legado también insoslayable para la misión hoy.
Padilla arguye que hoy una de las tendencias en Latinoamérica es resistirse a ver el sufrimiento como parte
y parcela de la misión. Desde unas décadas atrás, continúa él, nos hemos
acostumbrado a vivir en tolerancia religiosa, haciendo que cueste poco o nada confesar
la fe. Además, la iglesia, prosigue Padilla, ha tendido a acomodarse a la sociedad
a fin de evadir el sufrimiento. En mi opinión, esto último se debe a la
proliferación de ciertas novedades teo-ideológicas que, por pretender colocarse
por encima de las Escrituras, del Señor y su cruz, no están haciendo sino
sacralizar el consumismo, promover una relación mercantil con Dios y ofertar en
el mercado religioso contemporáneo una “gracia barata” grotesca.
Me refiero a novedades que, al menos en su versión original,
y al igual que muchas ideas tocante a la teología, la misión, la liturgia y el
gobierno de la iglesia, vienen en muchos casos del norte del continente
(especialmente de su costa occidental) y que definen y aseguran la bendición de
Dios a partir de aquello que se recibe (dinero, poder, imagen, salud y otras
cosas por el estilo), ya sea por diezmar, ejercitar la fe o poseer el estatus
de “hijos del Rey”. A estas novedades, frecuentemente generalizadoras y
reduccionistas en su hermenéutica, el sufrimiento, el sacrificio y la autonegación en la
misión les son valores extraños e incongruentes, ya que están preocupadas más por
la promoción personal (hacerse un nombre) y el bienestar personal que por la
fidelidad al evangelio y la solidaridad con los que sufren. Quizás uno de los
mayores peligros que ellas representan es terminar algún día, por un lado, exigiendo
caprichosamente a Dios “bendiciones” y, por el otro, lo que sería peor, produciendo iglesias
sin cruz ni Cristo.
Ciertamente no desear el sufrimiento y luchar siempre por
el éxito y el bienestar es de humanos. Pero la teología narrativa
de la misión nos plantea una perspectiva diferente que puede resultar absurda o
hasta determinista, fatalista o conformista a las novedades anteriores que
acríticamente rinden culto tanto a la eficiencia, al éxito y al poder como a la
imagen personal, institucional o grupal, especialmente frente a la “alta
sociedad”. Este modelo trastorna todo esta “cultolatría” e “imagenlatría”, pues
lo que es determinismo, fatalismo o conformismo para ellas es, diría la
teología paulina de la cruz, el poder y la sabiduría de Dios (1 Co. 1:23-24). De
ahí que Pablo, quien, a pesar de su fe y entrega total a la misión encomendada,
sufrió lo indecible en ella, pueda estar plenamente autorizado para decir, por
un lado: “Hasta el momento pasamos hambre, tenemos sed, nos falta ropa, se nos
maltrata, no tenemos dónde vivir... nos matamos trabajando... se nos considera
la escoria de la tierra, la basura del mundo...” (1 Co. 4:11-13), y, por el
otro: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos..., y voy completando en mí
mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo…” (Col. 1:24; cp. 2 Co. 1:8-11;
6:3-13; 11:16–12:10). ¿Fue Pablo un determinista, fatalista o conformista
pasivo que intentó ocultar su fracaso con base a convicciones piadosas? ¡No lo creo!
La teología de la cruz y de la misión nos enseña que
tanto el discipulado como la misión estarán marcados por una entrega sacrificada
a los demás y por el mismo sufrimiento que fue parte y parcela del mesiazgo de
Jesús de Nazaret, el Señor de la iglesia. Siendo así, y ya que, como se vio, el
sufrimiento, la escasez y la muerte llegaron incluso a los que lucharon por ser
fieles al Señor y a su misión, el agente contemporáneo no ha de esperar algo diferente.
Por eso, no ha de sorprenderse que en su carrera misionera tenga que caminar
por el desierto y bajo lo claroscuro, frío y solitario de sus sombras.
Si el agente de misión nunca sufriese, podría correr el
riesgo de olvidar que la cruz también representa el costo de la fidelidad al
llamado de Dios a participar en la realización de su propósito redentor. Si viviese dependiente de la seguridad que ofrece una
cuenta bancaria, tarjeta de crédito o un “salario digno”, quizás nunca podría entender
lo que significa aquello que hace diariamente hoy una gran mayoría. Me refiero
a esa lucha por sobrevivir y por obtener aquello que las palabras “solidaridad”
y “gracia” pudieran significar en una sociedad individualista y mercantil como
la globalizada actual; una sociedad donde difícilmente se “tiende la mano”,
donde nada es gratuito, y donde, por ser además una sociedad “del logro”, se
divide a los individuos ―incluyendo a los propios agentes de misión― en exitosos y fracasados. Por ejemplo, de
no haber sufrido, José habría sido quizás incapaz incluso de solidarizarse con
sus hermanos en las circunstancias adversas que ellos atravesaban; Jesús de
Nazaret, por su parte, no habría podido ser ese sumo sacerdote solidario
redentor (Heb 4:14-16).
Quienes han experimentado en carne propia el sufrimiento,
la carencia, la injusticia y la inseguridad están mejor capacitados para muchas
cosas. Lo están, por ejemplo, para “ponerse en el zapato del otro”, es decir, para
entender sus dificultades, angustias o tristezas diarias y para luchar a la vez
por constituirse ellos mismos en abanderados y practicadores de la solidaridad
y la justicia y, así, en un reflejo de la nueva vida y de la gracia de Dios. Quien sufre aprende,
además, algo nada fácil en la carrera ministerial y de la vida: relacionarse
con Dios de un modo menos utilitario y egoísta y, frente a las múltiples necesidades
y más altos sueños, depender realmente de él y dar pasos de fe en confianza,
quietud y solaz. De nuevo, el ejemplo especialmente de José y de Jesús viene al
caso.
No obstante, la misma teología narrativa de la misión nos
hace ver que, en las situaciones más críticas de la misión, rodean siempre al
agente fiel la gracia de Dios, aunque muchas veces ésta opere en silencio o no
como uno quisiera. Es por esta gracia que, como en otrora, Dios es capaz de aliviar
nuestro dolor con el suyo y redirigirnos en su misión, aun siendo apenas sus
colaboradores en lo que él ha hecho y sigue haciendo según sus propósitos
redentores.
De ahí que, entendiendo que está llamado a
seguir a Cristo en su vía crucis, el
agente de misión deba llevar a cabo su tarea aferrado a un recurso sin parangón:
la gracia de Dios y el poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Ante la
muerte de cada día ha de ser perseverante, vivir dignamente y proyectarse sin
temor aun frente a sus más poderosos adversarios (Fil. 1:27-28). Es en realidad
un desafío a “vivir como resucitados”, es decir, un desafío a experimentar la
vida plena dentro de un orden social invertido que lo penetra todo, aun cuando quizás tenga
que oír cual Pablo en sus adentros: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se
perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9).
Es obvio que esta verdad no ha de llevar al
agente contemporáneo a ningún conformismo pasivo, olvidándose de que cuenta
precisamente con el recurso anterior, y sin discernir entre el sufrimiento que
es por causa de su identificación con Cristo y el que es por la desobediencia
personal, por el pecado del otro o por el estructural. Por eso, al tiempo que
se atreve a dar pasos de fe aferrado a ese recurso, ha de luchar contra el
sufrimiento y sus diferentes causas, ya que, al igual que la pobreza, este y
sus causas no son virtudes, sino males vencidos de los cuales Dios también se
duele y puede liberar. ¿No fue lo que hicieron el Bautista, Jesús de Nazaret y
Juan de Patmos frente al sistema pecaminoso que enfrentaron en su misión? ¿No
debiéramos hacer igual?
Ni los agentes ni la iglesia, por lo tanto,
han de evadir ni negar la legitimidad del sufrimiento en la vida y la misión. No
han de seguir sus propios evangelios ni perder su esencia, su misión y sabor. Tampoco
han de permitir que el servicio en la misión sea percibido por los nuevos
agentes contemporáneos como algo romántico, saturado por la ideología
occidental cristiana de clase media o alta. Habría que recordar
siempre que el “éxito” en la misión no se mide sino con base a la fidelidad a la
cruz y al llamado irrevocable de Dios. Pero esto no es todo.
Si hay algo que resalta en la misión sobre todo de Juan
Bautista, Jesús de Nazaret y Juan de Patmos es la fidelidad radical a su
vocación. Con base a ella, los respectivos narradores, además de desafiarnos a
una entrega de nuestras vidas hasta las últimas consecuencias, nos convencen de
algo insoslayable en la misión actual y subyacente en el mensaje tanto de los
agentes anteriores como de algunos de los contemporáneos (Bonhoeffer, entre
otros). Este algo es la “contra-imaginación”, que no es otra cosa que el sueño y
la lucha por una realidad diferente, contraria a la actual que se acomoda de
tal modo al estado de cosas que acaba legitimándolo.
Frente a la incapacidad del proyecto utópico
liberacionista latinoamericano de proveer y promover una visión alterna, y
frente a la circulación actual de otros evangelios que pretenden hacer del
mensaje del reino una oferta barata, egoísta y cómplice, me gustaría resaltar
nuevamente el legado del Bautista, Jesús de Nazaret y Juan de Patmos. Es que
este legado, al tiempo que nos hace ver que es imposible acomodarse al sistema
pecaminoso y escapar así temerosamente de la misión profética, nos anima a
algunas cosas; entre ellas están denunciar con valentía ese sistema, pese al
sufrimiento y quizás hasta de la muerte que esa denuncia pueda implicar. Pero en
medio de esa tarea hemos de recordar la gracia, bondad y misericordia de
Dios, pues sin ellas sería imposible tanto
esa denuncia como ese sueño por una realidad diferente y por una vida de mayor
esperanza.
Eje misionológico narrativo
El estudio de los seis agentes reveló, en primera
instancia, que la misión de Dios tiene doble cara. Ser agente de misión
implica, por un lado, sufrir y, por el otro, experimentar en medio del dolor la
gracia de Dios. Pero hay algo más.
Si el sufrimiento y la gracia atraviesan de principio a
fin las Escrituras, y si son visibles en todos sus contextos y a través de todos
los tiempos, es posible afirmar, entonces, algo fundamental en la misión y la
misionología. Este algo es que esa doble cara de la misión de Dios es un evidente
eje temático misionológico, parte y parcela del texto bíblico y del proyecto misionero redentor de Dios (cp.
Gn. 45:8-11).
De esa cuenta, sobre la misión en sí y sobre el agente,
la iglesia, la misionología y las agencias misioneras contemporáneas pesan otros
desafíos. Estos son: enseñar que, hasta que llegue el día final, una de las
“marcas” de la iglesia, lejos de ser el centro, la cumbre o el trono, es el margen,
el valle o la cruz; redescubrir la naturaleza
humana en su lectura misionológica de la Biblia; y tener mayor cuidado cómo lee esa Biblia, a
fin de que pueda evitar imponerle ingenuamente las propias perspectivas culturales y de otra
índole.
Las nuevas generaciones tendrían, entonces, una visión
más profunda y, sobre todo, realista de la misión y mayor discernimiento para
ensayar una pastoral con mayor empatía, presencia y crítica juiciosa. Así,
además, podrían ellas corregir las perspectivas que consideran, por ejemplo, al
sufrimiento y las limitaciones materiales como evidencias contundentes de
incredulidad tocante a las promesas de Dios, de indolencia o de que algo anda mal
en la vida personal.
CONCLUSIÓN
Por medio de una breve lectura literaria de las
narrativas, la primera parte de este ensayo procuró iluminar la doble cara de
la misión de Dios. La segunda, desglosó algunas implicaciones de esa teología
para la misión y la misionología en América Latina y desde ella. Esta doble
cara es: ser agente de misión implica, por un lado, sufrir y, por el otro, experimentar
la gracia de Dios que consuela y redirige a la misión.
Una implicación de todo lo anterior es, en suma, que el
agente de misión no ha de extrañarse ni acobardarse frente al sufrimiento. La
razón es porque entiende que, debido a su identificación con Cristo y su cruz,
su poder y genuino “éxito” en la misión yacen en su debilidad y en su fidelidad
radical a su vocación y a esa cruz. Y otra, no menos importante, es que el
sufrimiento y la gracia constituyen también un eje temático misionológico y,
como tal, parte y parcela del texto y del proyecto misionero redentor de Dios.
Este eje coloca sobre la misión en sí, el agente, la
iglesia, la misionología y las agencias misioneras contemporáneas otros
desafíos: una tarea docente orientadora a favor de las nuevas generaciones
tocante a la teología bíblica de la misión, para la cual ha de usar en la
lectura del texto una hermenéutica responsable. De este modo podría, en suma, corregir
ciertas perspectivas en torno a la misión, al sufrimiento y a las limitaciones
materiales o físicas, a fin de evitar lecturas erróneas como la de suponer que
éstas son siempre evidencias contundentes de que algo anda mal en la vida personal
de los agentes de misión.
George Reyes, “La
historicidad del texto y el papel del texto en la interpretación poética”, Kairós 29 (julio-diciembre 2001): 41-75;
Hans De Wit, En la dispersión el texto es
patria (San José, Costa Rica: Universidad Bíblica Latinoamericana, 2002).
Así, la narrativa bíblica y la Biblia en general no quedarían reducidas a
literatura “pragmática” (utilitaria, no imaginativa) ni a literatura “pura”
(imaginativa, no pragmática), aunque hay que reconocer que esta última no
siempre es totalmente imaginativa, sentimental ni ajena, por lo tanto, a su realidad contextual ni sin propósito o sin ningún grado de objetividad como tradicionalmente
se ha pensado, especialmente de la poética.
Jesús tuvo
conciencia de que su mesiazgo debía cumplirlo primeramente como Siervo
Sufriente, no como lo esperaban sus compatriotas. Por eso, en el desierto habría
de rechazar las tentaciones satánicas, que no eran sino métodos para establecer
el reino sin pasar por el sufrimiento y la tragedia de la cruz. También por eso
estuvo dispuesto a asumir el lado de los humildes en contraposición a los detentores
del poder político, económico y religioso de su tiempo; C. René Padilla, Discipulado y misión: Compromiso con el reino
de Dios (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 1997): 61-62.
C. René Padilla, “Introducción: Una eclesiología para
la misión integral”, en La iglesia local como agente de transformación, ed. C. René Padilla y Tetsunao Yamamori (Buenos Aires: Ediciones Kairós,
2003): 32-33. Pero, como ya dije en la nota 41, en América Latina el
sufrimiento más parece ser hoy consecuencia del
orden social invertido que resultado de la fe y del testimonio. El sufrimiento,
y esto es innegable, en algunos casos puede ser consecuencia también de la
propia fragilidad humana, presa fácil del pecado e indolencia personal.
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