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Sufrimiento y gracia:

Eje misionológico narrativo y sus implicaciones
para la misión en América Latina

 

 

George Reyes

Profesor y editor, Seminario Todas las Naciones

Ciudad Juárez, México

 

Artículo publicado en Kairós No. 44, enero-junio 2009, pp. 23-48

 

 

Una lectura misionológica y literaria de las narrativas sobre José, Elías, Jonás, Juan Bautista, Jesús y Juan de Patmos revela que ser agente de misión implica, por un lado, sufrir y, por el otro, experimentar en el dolor la gracia de Dios que consuela y redirige la misión. Esa doble cara de la misión de Dios es también un eje temático misionológico con implicaciones para la misión en América Latina y desde ella, incluyendo: a) que el sufrimiento es un elemento esencial de la misión, y b) que es erróneo considerar el sufrimiento y las limitaciones materiales como evidencia inequívoca de que algo anda mal en la vida cristiana.

Palabras clave: sufrimiento, gracia, misión, misionología, narrativa, prosperidad

 

 

A missiological and literary reading of the narratives concerning Joseph, Elijah, Jonah, John the Baptist, Jesus, and John of Patmos reveals that being a mission agent implies, on the one hand, suffering and, on the other, experiencing in the pain God’s grace that comforts and reorients the mission. This double aspect of God’s mission is also a major missiological theme with implications for the mission in and from Latin America, including a) that suffering is an essential element of the mission and b) that it is erroneous to take suffering and material limitations as unmistakable evidence of spiritual problems.

Key words: suffering, grace, mission, missiology, narrative, prosperity

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

Como elemento que es parte y parcela de la misión y la misionología latinoamericana, [1] el sufrimiento sigue siendo poco enfatizado. No debiera ser así, ya que, al igual que la gracia de Dios, se fundamenta en las Escrituras, las que, además, nos enseñan que fue esencial en la vida y misión de Jesús de Nazaret, nuestro Señor y modelo por excelencia.

En este ensayo, me propongo destacar brevemente el papel central que, en la teología narrativa de la misión, juegan el sufrimiento y la gracia de Dios. Espero que, de algún modo, esto nos permita ver cómo ambos elementos no solo redirigen a la misión, sino que también constituyen su doble cara y un eje misionológico que atraviesa de principio a fin el texto narrativo bíblico. Me propongo destacar también algunas implicaciones para la misión en América Latina y desde ella. A fin de lograr este cometido, procuraré leer brevemente las narrativas seleccionadas en clave hermenéutica tanto misionológica como literaria históricamente informada. Para esta lectura última, las razones son las siguientes.

La narrativa bíblica y la Biblia en general son de excepcional calidad literaria; [2] de ahí que su teología de la misión sea comunicada con gran maestría artístico-literaria. [3] Por eso, aun cuando grandes dificultades median en el proceso interpretativo en general, [4] valdría la pena tener presente el siguiente principio hermenéutico: a la hora de leer el texto narrativo, es necesario poner atención en su modo artístico de comunicación –poética– para ser guiado a aquello que nos quiere comunicar –teología de la misión, en nuestro caso. [5]

La primera parte del ensayo hace una lectura de seis agentes bíblicos de misión, quienes, en sus respectivos contextos culturales y trabajo misionero, experimentaron en carne propia tanto el sufrimiento como la gracia de Dios, aunque cada uno de un modo diferente. [6] La segunda destaca algunas implicaciones para la misión en Latinoamérica y la misión desde ella. [7] Y la última es la conclusión general a modo de resumen.

 

 

TEOLOGÍA NARRATIVA DE LA MISIÓN

 

 

En el transcurso de la historia, incluyendo la registrada en la Biblia, el sufrimiento y la gracia de Dios han transformado el corazón y la visión y han redirigido a la misión. Tal fue la experiencia de los siguientes agentes bíblicos. [8]

 

 

José (Génesis 37-50)

 

 

Este bloque narrativo está insertado en la segunda sección mayor del libro (caps. 12-50), que narra la historia patriarcal y el origen de la historia de la redención. Constituye lo que hoy se denomina “Narrativas de José”, en las cuales el personaje principal es precisamente José. [9]

Jacob prefería a José más que a sus otros hijos (37:3). Según nos cuenta el narrador (37:4, 11), es lo que, en primera instancia, [10] instiga la envidia y el odio de sus hermanos a tal grado que no desean ni siquiera saludarlo (v. 4) y traman un plan para matarlo (vv. 18-20). Rubén, sin embargo, vacilando ante el complot, sugiere lanzarlo mejor a la cisterna (vv. 21-24). [11] Posteriormente, Judá propone que sea vendido a los ismaelitas o madianitas (vv. 26-36). Según nos informa omniscientemente el narrador, los hermanos pretendían que los sueños de José fracasaran (v. 20b).

El sufrimiento de José recrudece en la casa de Potifar, funcionario del Faraón, quien lo habría de comprar (Gn. 39:1; cp. 37:28). Cuando la esposa del funcionario fracasa en todos sus intentos de seducción, acusa a José de acoso sexual (39:7-18), y Potifar, indignado, lo aprisiona (vv. 19-20).

La gracia de Dios se hace nuevamente presente en este injusto suceso, pues valiéndose del mismo, Dios encaminará a José a una exitosa misión político-administrativa transcultural (caps. 40-41). Gracias a esta misión, irónicamente y en justicia poética, José habría de preservar la vida de la nación y de su disfuncional familia, la que se vería obligada a rendirle honores y pedirle ayuda (caps. 42-50; cp. 37:8, 10, 20b). No en vano, omniscientemente, y de principio a fin, el narrador subraya que Yahvé estaba con José (39:2-6, 20b-23). Y José lo interpreta y declara así a sus hermanos, cuando se da a conocer a ellos y los perdona y libera de culpa. Es que, para José no fueron simplemente sus hermanos ni, mucho menos, el destino ciego ni la “mala suerte” los que le habrían de permitir pasar por esa dura experiencia; quien se lo permitió, según entiende él, fue Yahvé, a fin tanto de reencaminarlo a semejante misión como de que pueda salvar a su familia de la hambruna y asegurarle así descendencia sobre la tierra (45:5-11).

Se podría argumentar mucho más sobre el sufrimiento de José y cómo la gracia de Dios fue su amparo durante el mismo, pero el resumen anterior sería suficiente para ayudarnos a ver no solo cómo este siervo habría de sufrir durante su vida y misión [12] y cómo Dios lo habría de proteger en esa dura experiencia, sino también cómo él la habría de enfrentar [13] y cómo Dios la habría de usar para redirigirlo a esa misión transcultural exitosa.

 

 

Elías (1 Reyes 19)

 

 

reyes

El “ciclo de Elías” (1 R. 17:1–22:40) está organizado por episodios sobre la misión de este profeta que el autor/narrador desea subrayar. [14] Lo presenta experimentando situaciones adversas y señala a la vez la gracia de Dios en las mismas. El episodio narrado en el capítulo 19 es ilustrativo.

Las sombras del desierto empiezan a caer sobre Elías, después que profetiza sequía sobre la nación infiel (17:1) –razón por la cual Acab, rey de Israel, lo habría de perseguir (18:1-15). Estas sombras se acrecientan después que enfrenta al rey y extermina a los profetas de Baal (18:16-40; cp. 16:29-33), [15] y alcanzan su clímax cuando Jezabel se entera de esta hazaña. Indignada, ella le habría de enviar una sentencia de muerte sellada con juramento (19:1-2).

Acompañado de su criado, Elías huye hasta Beersheva (19:3), para luego continuar solitariamente su marcha todo un día por el desierto (v. 4a). Es aquí donde lo verbal cede paso a lo visual, y la debilidad a la fortaleza. La cámara del narrador enfoca una escena en la que se ve a un Elías caminando cabizbaja y deprimidamente en soledad total; las brumas del abandono lo envuelven sico-emocionalmente, y el cansancio físico acentúa su temor, su cierre de horizontes y su deseo de morir (v. 4b). [16] Acto seguido, la cámara lo muestra usando una estrategia que pareciera reflejar otra tendencia humana universal: quedarse dormido, como un niño berrinchudo y temeroso, debajo de la sombra de un arbusto (v.5a). ¡Después de una gran victoria (18:20-40), esta es toda una escena de ironía y hasta de humor fino!

La segunda escena (vv. 5b-9a), anticipando la siguiente, permite ver en acción la gracia de Yahvé por medio de su ángel. Este personaje, en discurso directo, anima a Elías a levantarse y a alimentarse (v. 5b), arguyendo posteriormente por qué debía hacerlo: por el largo viaje que le espera (v.7b). [17] Así, se habría de marchar a Horeb, donde pasaría la noche en una cueva (vv. 8-9).

En la tercera escena (vv. 9b-18), la cámara del narrador permite ver de nuevo la gracia de Yahvé en acción:

 

 

A  —¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó (v.9b).

B  —Me consume mi amor por ti, Señor Dios... Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también! (v.10).

C  El Señor le ordenó: —Sal y preséntate ante mí... Pero el Señor... estaba en… un suave murmullo... Se cubrió el rostro... se puso a la entrada de la cueva (vv. 11-13a).

A’ Oyó una voz que le dijo: —¿Qué haces aquí Elías? (v. 13b).

B’ Me consume mi amor por ti, Señor Dios... Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también! (v.14)

C’ El Señor le dijo: —Regresa... Unge a Jazael... a Jehú... a Eliseo... Yo preservaré a siete mil israelitas que... (vv. 15-18).

 

 

Muchas han sido las interpretaciones de esta escena, y mucho se podría decir sobre ella. Pero, con base a la estructura desplegada, me gustaría apenas subrayar que las colas C y C’ están en posición de clímax, y es allí donde subyace el énfasis del narrador: el consuelo y protección que Elías recibe de Yahvé tanto con su presencia en ese “suave murmullo” como con su promesa de preservar un remanente fiel al pacto y, más aún, con la nueva misión que le asigna. Elías, por cierto, ungirá solamente a Eliseo (vv. 19-21; cp. 2 R. 8:7-15; 9:1-13), pero es de suponer que queda consolado y convencido (al igual que el lector) del perfil no solo fiel, sino también bondadoso y misericordioso de Yahvé; ¿no fue su gracia la razón por la cual él no habría de permitir la destrucción total de su pueblo así como de responder al dolor de su siervo y, después de consolarlo y restaurarlo, de redirigirlo a una misión importante, pese a todo su accionar?

 

 

Jonás (Jonás 4)

 

 

En episodios bien estructurados e interrelacionados, el autor del libro cuenta la experiencia dolorosa y la gracia de Yahvé en la misión de este profeta. [18] El episodio del capítulo 4, [19] compuesto por dos escenas, es ilustrativo.

Contrario a lo que esperaba Jonás, los ninivitas se arrepienten y Yahvé suspende su juicio contra ellos (3:10). Desde su punto de vista ideológico, y en discurso directo, el narrador nos informa que fue el gran amor de Dios sobre este pueblo lo que indignó a Jonás (4:1-2). Es que este se había negado a su misión porque conocía de antemano ese amor de Yahvé a favor aun de aquellos que, como los ninivitas, no eran parte de su pueblo. A la luz de su arrogante nacionalismo, se puede ver que la exaltación que Jonás hace de este amor no es más que una fórmula de acusación (4:2), y que su indignación, frustración y deseo de morir (4:3) no podrían ser sino profundos y verdaderos. [20] ¡Quiere morir porque Yahvé no destruye a Nínive!

En la siguiente escena (vv. 4-11), Yahvé sale al encuentro de Jonás. El narrador nos lo relata desde su punto de vista y y en una estructura paralela. Este modo de narración permite apreciar el modo peculiar cómo Yahvé alivia a su siervo y contribuye a resaltar el perfil infantil de Jonás y el pedagógico, amoroso y hasta humorístico de Yahvé:

 

 

A  —¿Tienes razón de enojarte tanto? —le respondió el Señor (v. 4).

B  Jonás salió y acampó al oeste de la ciudad. Allí hizo una enramada y se sentó bajo su sombra para ver qué iba a suceder a la ciudad (v. 5).

C  Para aliviarlo..., Dios… dispuso una planta... Jonás se alegró muchísimo... Pero... Dios dispuso que un gusano la hiriera, y... se marchitó... “¡Prefiero morir que seguir viviendo!” (vv. 6-8)

A’ Pero Dios le dijo a Jonás: —¿Tienes razón de enfurecerte tanto por la planta? (v. 9a)

B’ —¡Claro que la tengo! —le respondió—. ¡Me muero de rabia! (v. 9b)

C’ —Tú te compadeces de una planta... Y de Nínive…, ¿no habría yo de compadecerme? (vv. 10-11)

 

 

De nuevo, el clímax de esta estructura yace en C y C’. Así se subraya el método por medio del cual Yahvé intenta aliviar a su recalcitrante siervo (v. 6), quien aparentemente no responde a la pregunta del v. 5. [21] El mal humor de Jonás habría de desaparecer sólo por un momento. [22]

Con el propósito pedagógico de inducirle compasión por los ninivitas, Yahvé lo interroga por segunda vez (v. 9a). Aunque Jonás vuelve a responderle obstinadamente (v. 9b), el propósito final del narrador es alcanzado; lo es porque concluye su relato poniendo en boca de Yahvé una última pregunta, que espera una respuesta afirmativa y que subraya la universalidad de su proyecto redentor y, de nuevo, la incongruencia entre la teología de Jonás y sus actitudes (vv. 10-11). [23] Pero la respuesta del profeta no pareciera interesarle al narrador, sino lanzarnos un mensaje pastoral y misionológico; este mensaje es que, por un lado, no debemos reaccionar como Jonás en situaciones misioneras semejantes y, por el otro, que ni aun las actitudes nacionalistas, rebeldes o infantiles de los agentes de misión pueden obstaculizar el amor redentor de Yahvé por todos los pueblos.

Por eso, al narrador también pareciera interesarle mostrar al lector a nivel no sólo micro (unidad narrativa) sino también macro narrativo (obra en general) algo decisivo en el sufrimiento, consuelo y misión de Jonás: el perfil soberano y, más aún, bondadoso, compasivo y misionero de Yahvé. Es que el enigma de nuestra micro y macro narrativa pareciera ser no que Jonás haya sido constantemente perdonado, consolado y redirigido a la misión, sino que, pese a su rebeldía y rabietas infantiles, haya sido, a fin de cuentas, un agente de misión grandemente usado por Yahvé. [24]

 

 

Juan Bautista (Lucas 3)

 

 

La experiencia de esta figura misionológica, que se mueve entre la línea de continuidad y discontinuidad entre los Testamentos, es la de un profeta antiguotestamentario. [25] Al preparar el camino al Mesías y al anunciar su cercanía, llama a los judíos a cambiar radicalmente de mentalidad y a practicar justicia y solidaridad, como si fuesen gentiles y estuviesen bajo juicio divino. Pero estando en el punto más alto de su misión habría de experimentar incluso la muerte.

Lucas 3:1-20, en la parte introductoria de la trama general de la obra, está estructurado en dos escenas, cuyos eventos se relatan desde el punto de vista ideológico del narrador y en discurso directo. La primera (vv. 1-6) nos sitúa en el contexto histórico cronológico del Bautista, y la segunda (vv. 7-20) nos informa de su mensaje y de las reacciones al mismo.

Estas reacciones fueron de inquietud (vv. 10, 12, 14) y expectativa o asombro (v. 15), pero también de violencia (vv. 19-20). Después de resumir la misión del Bautista (v.18), en un salto cronológico el narrador nos informa que, al ser reprendido por su pecado de incesto y “por todas las otras maldades que había cometido” (v. 19), Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, “llegó hasta el colmo de encerrar a Juan en la cárcel” (v. 20). Posteriormente, por boca del mismo, el lector se entera que había ordenado cortarle la cabeza (9:9; cp. Mr. 6:17-29).

Aunque su misión termina prematura y abruptamente, el lector percibe que el Bautista la cumple a cabalidad. Además de preparar el camino al Mesías y de participar en sus padecimientos, le pasa a él su manto de profeta (Jn. 3:22-26). Ahora bien, si Juan cumplió a cabalidad su misión contra todo sufrimiento, es de suponer que, conforme a sus propósitos benevolentes-soberanos, Dios y su gracia permanecieron a su lado fortaleciéndolo, avalándole su misión y mensaje y abriéndole paso dentro de una audiencia peculiar que necesitaba de esa misión y mensaje.

 

 

Jesús de Nazaret (Lucas 4)

 

 

En Lucas, la narrativa de 4:14-30 señala el inicio tanto del ministerio de Jesús como del conflicto que siempre él habría de enfrentar con los líderes religiosos. Después de rechazar en el desierto las tentaciones satánicas (4:1-13), Jesús regresa a Galilea, su tierra, en el poder del Espíritu (vv. 14, 18) para iniciar desde allí su misión (v. 15). Es sábado cuando, en la sinagoga de Nazaret, lee dos pasajes de Isaías (61:1-2; 58:6) y declara que él los cumple (vv. 16-21), con lo cual proclama la nueva era de liberación integral (el “ya” del reino) en términos de Jubileo mesiánico. [26]

La reacción de la audiencia a su discurso fue positiva y a la vez escéptica (v. 22). Seguidamente, anticipando omniscientemente el pedido de señales por parte de la misma, Jesús le refiere un proverbio popular que habría de denunciar su escepticismo y celo regional (vv. 23-24). Así, además de hacerle ver que el amor redentor de Dios se extiende a otros pueblos (los gentiles), Jesús desafía a esta audiencia a deponer su nacionalismo egoísta que le impide compartir con otros pueblos periféricos ese amor de Dios y el privilegio de ser también sus agentes (vv. 25-27). Esto explica la transformación de la reacción anterior en indignación e intento de asesinarlo (vv. 28-29).

Jesús escapa y se marcha a Capernaúm (vv. 30-31) para, en Lucas, jamás volver a Nazaret. Allí sigue ministrando integralmente, y quieren retenerlo (vv. 31-42), pero, entendiendo el propósito por el cual ha sido enviado, él arguye que le es preciso anunciar “también a los demás pueblos las buenas nuevas del reino de Dios” (v. 43; cp. 2:32).

Así, pues, en un nivel del texto, el narrador nos hace ver la presión del sistema pecaminoso que pesa sobre Jesús desde el inicio de su misión. No obstante, Jesús la cumple a cabalidad como Siervo Sufriente y como profeta, siempre asido de la gracia y voluntad de su Padre y del poder del Espíritu que lo habría de resucitar. [27] Es así, pues, cómo el sufrimiento y la gracia de Dios se constituyen en elementos esenciales tanto en su vida como en su misión. [28] Por un lado, el sufrimiento lo capacita para seguir siendo solidario con los que sufren y para advertir a sus seguidores que el camino de ellos estaría siempre marcado, no por el éxito, sino por el sufrimiento y aun por el fracaso y, pese a ello, por la fidelidad radical (Mt. 10:24-25; 16:24). Por el otro, la gracia de su Padre lo capacita para enfrentar con poder y autoridad ese sistema pecaminoso y llevar así a cabo obediente, humilde (en pobreza total) y victoriosamente su misión redentora (Lc.4:18; Mt. 26:36-44; cp. Heb. 5:7-10). [29]

 

 

Juan de Patmos (Ap. 1:9).

 

 

Costas y Stam opinan que Apocalipsis comunica su “mundo” literario y su mensaje por medio tanto de una estructura simétrica, imágenes, símbolos y pintura surrealista como de una celebración lírica de la fe e interpretación de la misión de Dios en una difícil encrucijada histórica. [30] Según estos autores, la obra es producto de una experiencia sinfónica de adoración y de una “misión profética”. [31]

Dentro del cuádruplo prólogo de su obra, Juan nos da un resumen de su dura experiencia que, por orden del Señor de señores, debía poner por escrito. Cuando “en el día del Señor” recibió la visión del Cristo resucitado (1:10), él se encontraba prisionero en la isla de Patmos “por causa de la palabra de Dios [su mensaje profético] y el testimonio (marturi,a) de Jesús [su compromiso cristiano]” (1:9). [32] En otras palabras, “fue sentenciado por causa de su misión profética”, incluida su proclama, junto a otros cristianos, del señorío de Cristo frente a la pretensión señorial del emperador Domiciano. [33] Es fácil imaginar, por lo tanto, cómo debió haberse sentido en tales circunstancias.

Una voz como de trompeta rompió probablemente su silencio (1:10). Por medio de un cuadro majestuoso (1:12-16), el Resucitado se hace presente para hablarle a él y a las congregaciones (caps. 1-3). [34] Ante la postración de Juan, el Resucitado le da una palabra animadora –“No tengas miedo” (1:17)– y una nueva misión –“Escribe, pues, lo que has visto” (1:19). En una segunda visión (caps. 4-5), el Señor le permite ver el cielo y participar en un “megaculto” que habría de transformar su llanto en canto (5:8-14).

Estos capítulos no solo describen con singular belleza escenas de adoración al Creador sentado en su trono y al Cordero “que ha vencido”, sino que también celebran el control soberano del trino Dios sobre la muerte y la historia humana. Por eso Juan y sus congregaciones no debían temer. No es casualidad, entonces, que, en contraposición al sistema imperial, al final de su obra (caps. 21-22) pinte un cuadro de una nueva realidad donde Dios será todo y en todos y se realizará a perfección el reino de Dios y su justicia.

 

 

Conclusión

 

 

Según la teología narrativa de la misión, Dios lleva a cabo su misión en cada situación histórica y cultural a través de los tiempos y por medio de agentes humanos, quienes atravesaron por circunstancias adversas que, aunque distintas en cada contexto y caso, [35] amenazaron su participación en esa misión. Si bien la manifestación de la gracia de Dios y su efecto en cada uno de estos agentes sería distinta, fue en esas circunstancias adversas y de dolor que ella los sustentó y liberó, pero también los redirigió a la misión. Esta es la doble cara de la misión de Dios y es éste su perfil soberano, bondadoso y compasivo, desprendido de esa doble cara.

Ya que también hoy la iglesia está convocada a participar en la misión redentora de Dios, y ya que ella tiene esa misma gracia a su disposición, ¿cuáles serían algunas implicaciones de la teología anterior para su misión e incluso para su misionología? Es lo que a continuación se procurará definir.

 

 

IMPLICACIONES DE LA TEOLOGÍA

NARRATIVA DE LA MISIÓN

 

 

La narración de los hechos de Dios en la vida y misión de su pueblo antiguo es también revelación de su voluntad para su pueblo de todos los tiempos. Por eso, aunque las narrativas nos enseñan esa voluntad indirectamente y son producto de otra época diferente a la nuestra, ellas siguen formando nuestra conciencia, visión y misión; [36] de ahí que su intención no pueda ser simplemente describir lo sucedido ni solo deleitar estéticamente. Por lo tanto, pese a ser una tarea nada fácil, es necesario subrayar ahora algunas implicaciones para el horizonte misionero de la iglesia, la nueva y actual receptora de esa voluntad.

 

 

La teología de la cruz en la misión:

El poder y la victoria en la debilidad

 

Con el sufrimiento, salen a luz los valores que suelen reposar silenciosa y ocultamente en los rincones más herméticos del corazón. Pero es precisamente cuando el agente de misión experimenta también la gracia y liberación de Dios y un reenvío a la misión.

Con ciertas variaciones, como ya se explicó, esto fue lo que, en su respectivo contexto cultural y particular llamado, vivió cada uno de los anteriores agentes de misión. El sufrimiento reveló su propio yo y sus propias deficiencias, incluso su falta de fe en el amparo de Dios (Elías) y su nacionalismo convertido en orgullo y discriminación (Jonás). Al mismo tiempo, en esta dura experiencia la gracia de Dios los confortó, lo que hace posible pensar que esta habría sido razón por la cual, pese a sus deficiencias humanas, habrían de ser sus agentes hasta el martirio (el Bautista) o la cruz (Jesús de Nazaret). Este es, entonces, un legado también insoslayable para la misión hoy.

Padilla [37] arguye que hoy una de las tendencias en Latinoamérica  es resistirse a ver el sufrimiento como parte y parcela de la misión. Desde unas décadas atrás, continúa él, nos hemos acostumbrado a vivir en tolerancia religiosa, haciendo que cueste poco o nada confesar la fe. Además, la iglesia, prosigue Padilla, ha tendido a acomodarse a la sociedad a fin de evadir el sufrimiento. En mi opinión, esto último se debe a la proliferación de ciertas novedades teo-ideológicas que, por pretender colocarse por encima de las Escrituras, del Señor y su cruz, no están haciendo sino sacralizar el consumismo, promover una relación mercantil con Dios y ofertar en el mercado religioso contemporáneo una “gracia barata” grotesca. [38]

Me refiero a novedades que, al menos en su versión original, y al igual que muchas ideas tocante a la teología, la misión, la liturgia y el gobierno de la iglesia, vienen en muchos casos del norte del continente (especialmente de su costa occidental) y que definen y aseguran la bendición de Dios a partir de aquello que se recibe (dinero, poder, imagen, salud y otras cosas por el estilo), ya sea por diezmar, ejercitar la fe o poseer el estatus de “hijos del Rey”. A estas novedades, frecuentemente generalizadoras y reduccionistas en su hermenéutica, [39] el sufrimiento, el sacrificio y la autonegación en la misión les son valores extraños e incongruentes, ya que están preocupadas más por la promoción personal (hacerse un nombre) y el bienestar personal que por la fidelidad al evangelio y la solidaridad con los que sufren. Quizás uno de los mayores peligros que ellas representan es terminar algún día, por un lado, exigiendo caprichosamente a Dios “bendiciones” [40] y, por el otro, lo que sería peor, produciendo iglesias sin cruz ni Cristo.

Ciertamente no desear el sufrimiento y luchar siempre por el éxito y el bienestar es de humanos. [41] Pero la teología narrativa de la misión nos plantea una perspectiva diferente que puede resultar absurda o hasta determinista, fatalista o conformista a las novedades anteriores que acríticamente rinden culto tanto a la eficiencia, al éxito y al poder como a la imagen personal, institucional o grupal, especialmente frente a la “alta sociedad”. Este modelo trastorna todo esta “cultolatría” e “imagenlatría”, pues lo que es determinismo, fatalismo o conformismo para ellas es, diría la teología paulina de la cruz, el poder y la sabiduría de Dios (1 Co. 1:23-24). De ahí que Pablo, quien, a pesar de su fe y entrega total a la misión encomendada, sufrió lo indecible en ella, pueda estar plenamente autorizado para decir, por un lado: “Hasta el momento pasamos hambre, tenemos sed, nos falta ropa, se nos maltrata, no tenemos dónde vivir... nos matamos trabajando... se nos considera la escoria de la tierra, la basura del mundo...” (1 Co. 4:11-13), y, por el otro: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos..., y voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo…” (Col. 1:24; cp. 2 Co. 1:8-11; 6:3-13; 11:16–12:10). ¿Fue Pablo un determinista, fatalista o conformista pasivo que intentó ocultar su fracaso con base a convicciones piadosas? ¡No lo creo!

La teología de la cruz y de la misión nos enseña que tanto el discipulado como la misión estarán marcados por una entrega sacrificada a los demás y por el mismo sufrimiento que fue parte y parcela del mesiazgo de Jesús de Nazaret, el Señor de la iglesia. Siendo así, y ya que, como se vio, el sufrimiento, la escasez y la muerte llegaron incluso a los que lucharon por ser fieles al Señor y a su misión, [42] el agente contemporáneo no ha de esperar algo diferente. Por eso, no ha de sorprenderse que en su carrera misionera tenga que caminar por el desierto y bajo lo claroscuro, frío y solitario de sus sombras.

Si el agente de misión nunca sufriese, podría correr el riesgo de olvidar que la cruz también representa el costo de la fidelidad al llamado de Dios a participar en la realización de su propósito redentor. [43] Si viviese dependiente de la seguridad que ofrece una cuenta bancaria, tarjeta de crédito o un “salario digno”, quizás nunca podría entender lo que significa aquello que hace diariamente hoy una gran mayoría. Me refiero a esa lucha por sobrevivir y por obtener aquello que las palabras “solidaridad” y “gracia” pudieran significar en una sociedad individualista y mercantil como la globalizada actual; una sociedad donde difícilmente se “tiende la mano”, donde nada es gratuito, [44] y donde, por ser además una sociedad “del logro”, se divide a los individuos ―incluyendo a los propios agentes de misión―  en exitosos y fracasados. Por ejemplo, de no haber sufrido, José habría sido quizás incapaz incluso de solidarizarse con sus hermanos en las circunstancias adversas que ellos atravesaban; Jesús de Nazaret, por su parte, no habría podido ser ese sumo sacerdote solidario redentor (Heb 4:14-16).

Quienes han experimentado en carne propia el sufrimiento, la carencia, la injusticia y la inseguridad están mejor capacitados para muchas cosas. Lo están, por ejemplo, para “ponerse en el zapato del otro”, es decir, para entender sus dificultades, angustias o tristezas diarias y para luchar a la vez por constituirse ellos mismos en abanderados y practicadores de la solidaridad y la justicia y, así, en un reflejo de la nueva vida y de la gracia de Dios. [45] Quien sufre aprende, además, algo nada fácil en la carrera ministerial y de la vida: relacionarse con Dios de un modo menos utilitario y egoísta y, frente a las múltiples necesidades y más altos sueños, depender realmente de él y dar pasos de fe en confianza, quietud y solaz. De nuevo, el ejemplo especialmente de José y de Jesús viene al caso.

No obstante, la misma teología narrativa de la misión nos hace ver que, en las situaciones más críticas de la misión, rodean siempre al agente fiel la gracia de Dios, aunque muchas veces ésta opere en silencio o no como uno quisiera. Es por esta gracia que, como en otrora, Dios es capaz de aliviar nuestro dolor con el suyo y redirigirnos en su misión, aun siendo apenas sus colaboradores en lo que él ha hecho y sigue haciendo según sus propósitos redentores.

De ahí que, entendiendo que está llamado a seguir a Cristo en su vía crucis, el agente de misión deba llevar a cabo su tarea aferrado a un recurso sin parangón: la gracia de Dios y el poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Ante la muerte de cada día ha de ser perseverante, vivir dignamente y proyectarse sin temor aun frente a sus más poderosos adversarios (Fil. 1:27-28). Es en realidad un desafío a “vivir como resucitados”, es decir, un desafío a experimentar la vida plena dentro de un orden social invertido que lo penetra todo, [46] aun cuando quizás tenga que oír cual Pablo en sus adentros: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9).

Es obvio que esta verdad no ha de llevar al agente contemporáneo a ningún conformismo pasivo, olvidándose de que cuenta precisamente con el recurso anterior, y sin discernir entre el sufrimiento que es por causa de su identificación con Cristo y el que es por la desobediencia personal, por el pecado del otro o por el estructural. Por eso, al tiempo que se atreve a dar pasos de fe aferrado a ese recurso, ha de luchar contra el sufrimiento y sus diferentes causas, ya que, al igual que la pobreza, este y sus causas no son virtudes, sino males vencidos de los cuales Dios también se duele y puede liberar. ¿No fue lo que hicieron el Bautista, Jesús de Nazaret y Juan de Patmos frente al sistema pecaminoso que enfrentaron en su misión? ¿No debiéramos hacer igual?

Ni los agentes ni la iglesia, por lo tanto, han de evadir ni negar la legitimidad del sufrimiento en la vida y la misión. No han de seguir sus propios evangelios ni perder su esencia, su misión y sabor. Tampoco han de permitir que el servicio en la misión sea percibido por los nuevos agentes contemporáneos como algo romántico, saturado por la ideología occidental cristiana de clase media o alta. [47] Habría que recordar siempre que el “éxito” en la misión no se mide sino con base a la fidelidad a la cruz y al llamado irrevocable de Dios. Pero esto no es todo.

Si hay algo que resalta en la misión sobre todo de Juan Bautista, Jesús de Nazaret y Juan de Patmos es la fidelidad radical a su vocación. Con base a ella, los respectivos narradores, además de desafiarnos a una entrega de nuestras vidas hasta las últimas consecuencias, nos convencen de algo insoslayable en la misión actual y subyacente en el mensaje tanto de los agentes anteriores como de algunos de los contemporáneos (Bonhoeffer, entre otros). Este algo es la “contra-imaginación”, que no es otra cosa que el sueño y la lucha por una realidad diferente, contraria a la actual que se acomoda de tal modo al estado de cosas que acaba legitimándolo.

Frente a la incapacidad del proyecto utópico liberacionista latinoamericano de proveer y promover una visión alterna, y frente a la circulación actual de otros evangelios que pretenden hacer del mensaje del reino una oferta barata, egoísta y cómplice, me gustaría resaltar nuevamente el legado del Bautista, Jesús de Nazaret y Juan de Patmos. Es que este legado, al tiempo que nos hace ver que es imposible acomodarse al sistema pecaminoso y escapar así temerosamente de la misión profética, nos anima a algunas cosas; entre ellas están denunciar con valentía ese sistema, pese al sufrimiento y quizás hasta de la muerte que esa denuncia pueda implicar. Pero en medio de esa tarea hemos de recordar la gracia, bondad y misericordia de Dios,  pues sin ellas sería imposible tanto esa denuncia como ese sueño por una realidad diferente y por una vida de mayor esperanza.

 

 

Eje misionológico narrativo

 

 

El estudio de los seis agentes reveló, en primera instancia, que la misión de Dios tiene doble cara. Ser agente de misión implica, por un lado, sufrir y, por el otro, experimentar en medio del dolor la gracia de Dios. Pero hay algo más.

Si el sufrimiento y la gracia atraviesan de principio a fin las Escrituras, y si son visibles en todos sus contextos y a través de todos los tiempos, es posible afirmar, entonces, algo fundamental en la misión y la misionología. Este algo es que esa doble cara de la misión de Dios es un evidente eje temático misionológico, parte y parcela del texto bíblico y  del proyecto misionero redentor de Dios (cp. Gn. 45:8-11). [48]

De esa cuenta, sobre la misión en sí y sobre el agente, la iglesia, la misionología y las agencias misioneras contemporáneas pesan otros desafíos. Estos son: enseñar que, hasta que llegue el día final, una de las “marcas” de la iglesia, lejos de ser el centro, la cumbre o el trono, es el margen, el valle o la cruz; [49] redescubrir la naturaleza humana en su lectura misionológica de la Biblia;  y tener mayor cuidado cómo lee esa Biblia, a fin de que pueda evitar imponerle ingenuamente las  propias perspectivas culturales y de otra índole. [50]

Las nuevas generaciones tendrían, entonces, una visión más profunda y, sobre todo, realista de la misión y mayor discernimiento para ensayar una pastoral con mayor empatía, presencia y crítica juiciosa. Así, además, podrían ellas corregir las perspectivas que consideran, por ejemplo, al sufrimiento y las limitaciones materiales como evidencias contundentes de incredulidad tocante a las promesas de Dios, de indolencia o de que algo anda mal en la vida personal.

 

CONCLUSIÓN

 

Por medio de una breve lectura literaria de las narrativas, la primera parte de este ensayo procuró iluminar la doble cara de la misión de Dios. La segunda, desglosó algunas implicaciones de esa teología para la misión y la misionología en América Latina y desde ella. Esta doble cara es: ser agente de misión implica, por un lado, sufrir y, por el otro, experimentar la gracia de Dios que consuela y redirige a la misión.

Una implicación de todo lo anterior es, en suma, que el agente de misión no ha de extrañarse ni acobardarse frente al sufrimiento. La razón es porque entiende que, debido a su identificación con Cristo y su cruz, su poder y genuino “éxito” en la misión yacen en su debilidad y en su fidelidad radical a su vocación y a esa cruz. Y otra, no menos importante, es que el sufrimiento y la gracia constituyen también un eje temático misionológico y, como tal, parte y parcela del texto y del proyecto misionero redentor de Dios.

Este eje coloca sobre la misión en sí, el agente, la iglesia, la misionología y las agencias misioneras contemporáneas otros desafíos: una tarea docente orientadora a favor de las nuevas generaciones tocante a la teología bíblica de la misión, para la cual ha de usar en la lectura del texto una hermenéutica responsable. De este modo podría, en suma, corregir ciertas perspectivas en torno a la misión, al sufrimiento y a las limitaciones materiales o físicas, a fin de evitar lecturas erróneas como la de suponer que éstas son siempre evidencias contundentes de que algo anda mal en la vida personal de los agentes de misión.

 

[1] Por misionología entiendo la reflexión tanto teórica, sistemática, multidisciplinaria –es decir, desde la perspectiva de las Escrituras, la teología, la historia y las ciencias sociales– como crítica de la teología trinitaria de la misión y de la práctica misionera de la iglesia en el contexto contemporáneo, incluyendo el latinoamericano.

[2] George Reyes, “La historicidad del texto y el papel del texto en la interpretación poética”, Kairós 29 (julio-diciembre 2001): 41-75; Hans De Wit, En la dispersión el texto es patria (San José, Costa Rica: Universidad Bíblica Latinoamericana, 2002). Así, la narrativa bíblica y la Biblia en general no quedarían reducidas a literatura “pragmática” (utilitaria, no imaginativa) ni a literatura “pura” (imaginativa, no pragmática), aunque hay que reconocer que esta última no siempre es totalmente imaginativa, sentimental ni ajena, por lo tanto, a su realidad contextual ni sin propósito o sin ningún grado de objetividad como tradicionalmente se ha pensado, especialmente de la poética.

[3] Es decir, a través de un conjunto de estrategias técnicamente denominado “poética narrativa”, que incluye estructuras retóricas, personajes y personificación, punto de vista, ironía y uso artístico del lenguaje, de los juegos de ideas, licencias, tonos, imágenes, sintaxis, perspectivas narrativas y mucho más; véanse Adele Berlin, Poetics and Intrepretation of Biblical Narrative (Sheffield, Inglaterra: The Almond Press, 1983); George Reyes, “Poética del texto narrativo”, Kairós 30 (enero-junio 2002): 33-56; Tremper Longman III, “Biblical Narrative”, en A Complete Literary Guide to the Bible, ed. Leland Ryken y Tremper Longman III (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1993): 69-79. Esto confirma que el texto narrativo es arte representacional histórico-teológico y que sus autores/redactores/editores reportan los eventos como artistas narradores poco objetivos y no como historiadores “puros” o “modernos”, especialmente aquellos cuya visión de la historia encaja con la tradición epistemológico-empírica;  esta es la razón por quéestos historiadores procuran documentar sus obras y narrar los hechos o procesos históricos en lenguaje directo, con propósito exclusivo de informar “lo que realmente aconteció” y con neutralidad absoluta  como si  ésta fuese posible, es decir, como si hubiese modo de separar, mecánica y totalmente, los “hechos” de la “interpretación” de los mismos; véase una perspectiva al respecto, pero que afirma la historicidad y veracidad de los eventos narrados en el texto sagrado, en Reyes, “La historicidad del texto”; Leland Ryken y Tremper Longman III, “Introduction”, en A Complete Literary Guide, ed. Ryken y Longman: 15-39. Ya que el género narrativo bíblico no es “historia” en ese sentido moderno, hemos de estar conscientes de su naturaleza y de la necesidad de echar mano del principio hermenéutico literario que menciono a continuación, a fin de leerlo más adecuadamente.

[4] Por ejemplo, la imposibilidad de recibir del texto un relato neutral y de que el lector sea total y unilateralmente objetivo, ya que toda lectura del texto se ve influida por lo que G. H. Gadamer llama “historia eficaz”, es decir, por esas perspectivas, cosmovisiones e intereses o agendas del lector, el visitante del texto; ver Verdade e método, trad. por F. P. Meurer (Petrópolis, Brasil: Vozes, 1999): 436-58. En este sentido, nos guste o no, la tarea hermenéutica es una tarea política de poder, o una analógicamente  objetiva y subjetiva o, si se quiere, analógico-política; ver George Reyes, “Hermenéutica del poder: Foucault, Calvino, Contexto y texto”, Anámnesis 36 (julio-diciembre 2008): 125-165;  “Verdad y racionalidad hermenéutica analógica: Búsqueda e implicaciones”, por publicarse. Con esta perspectiva analógica de la hermenéutica,  no estaría por demás subrayar, se corrigen y evitan las hermenéuticas, incluso bíblicas, altamente subjetivas de sesgo nihilistas (reacción del lector y otras) y las pretendidamente objetivas de sesgo cientificistas (histórico-gramatical-literal y otras) como las que prevalecen en la actualidad y entre las que se debate la tarea hermenéutica contemporánea. 

[5] George Reyes, “De la interpretación a la contextualización del género narrativo bíblico: Un ensayo en hermenéutica filosófica literaria”, en Teología evangélica para el contexto latinoamericano: Ensayos en honor al Dr. Emilio A. Núñez, ed. Oscar Campos (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2004): 83-104.

[6] Esto es porque, como veremos, el papel que juegan el sufrimiento y la gracia de Dios en la vida y misión en estos agentes no necesariamente es el mismo en todos y cada uno de ellos.

[7] Así, procuraré incluir los cuatro horizontes fundamentales de una misionología cristocéntrica: a) el fundamento bíblico, b) la reflexión de la iglesia que provee los lentes para la lectura del texto, c) la experiencia y el trasfondo personal del agente de misión y d) el contexto socio-cultural, económico y político donde y desde el cual la iglesia lleva a cabo su misión. 

[8] Sin olvidar que, como se podría argumentar, fue la experiencia también de muchos cristianos como los denominados “Padres del desierto”, entre los siglos 3 y 15 d. C; cp. R. Barbosa de Sousa, Por sobre todo cuida tu corazón: Ensayos sobre espiritualidad cristiana (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2005): 113-70. Una diferencia fundamental, sin embargo, entre estos agentes y algunos de los bíblicos es que, además de que su sufrimiento y misión no fueron la que el texto sagrado prescribe, ellos voluntariamente provocaron su desierto, alejándose precisamente a las regiones desérticas y remotas de Egipto, Palestina y Siria, como una actitud o postura delante de Dios, o para un encuentro renovado con él.

[9] Y en las cuales el narrador, al igual que en las restantes narrativas, va a relatar los eventos desde un punto de vista tanto espacial y temporal (situándose, cual ser omnipresente, en el espacio y tiempo de cada episodio) como ideológico (evaluando los eventos, aprobando y desaprobándolos). Ya que de esta narrativa (y de las restantes) subrayaré solamente aquello que se ajusta a nuestros propósitos, no discutiré, por ejemplo, esos puntos de vista así como tampoco el problema aparente planteado por la crítica de las fuentes en relación con los términos “ismaelitas” y “madianitas” ni su propuesta de solución, discutidos en mi ensayo “La interpretación poética y los acercamientos histórico críticos”, Kairós 25 (julio-diciembre 1999): 53-78.

[10] En el v. 8, se nos cuenta que José es aborrecido aún más por sus hermanos cuando se enteran de sus sueños (vv. 5-7) y, según el original hebreo, comienzan a llamarlo con un epíteto que denota ironía y burla: “el soñador de sueños éste” (v. 19). Por su parte, Jacob lo habría de reprochar (v.10). Si bien el narrador nos cuenta que el odio de los hermanos comienza cuando ellos se dan cuenta de la preferencia de la que era objeto José por parte de su padre (“porque lo había tenido en su vejez”, v. 3a), valdría la pena observar que es posible que el mismo se deba también a que José solía informar a su padre de la mala fama de ellos (v. 2c). La versión que usaré en este artículo será

la Nueva Versión

Internacional, salvo cuando indico de otra manera.

[11] De cualquier modo, es evidente que Rubén pretende incorporar parte del plan original señalado en el v. 20; sin embargo, también es posible pensar que él quería librarlo en realidad de ese malévolo plan, ya que probablemente sabía o, por menos,  sospechaba que la cisterna estaba vacía. De ser así, no son únicamente el narrador y el lector quienes saben de algo que, por primera vez en el relato, hace palpable la gracia y el favor de Yahvé sobre José: que la cisterna estaba realmente vacía. La vaciedad de la cisterna es enfatizada por el paralelismo sinónimo y el quiasmo gramatical en el v. 24b:

reyes11b

[12] Misión implícita ya en los sueños de José, los cuales sus hermanos pretenden hacer fracasar al darse cuenta de lo que les esperaba (v. 8; cp. v.10b) y sin saber que a la postre serían ellos los más beneficiados. En este sentido, se podría argumentar, el sufrimiento de José empieza desde temprano en su vida.

[13] Sobre cómo la enfrentaba, véase la nota 35.

[14] Elías habría de ministrar durante el reinado de Acab, rey de Israel. En el bloque narrativo de este profeta del siglo IX (1 R. 17:1–19:18), contrariamente a las “narrativas reales” (cp. 1 R. 14:19–16:34), el tiempo y el estricto orden cronológico no cuentan, pues el propósito del narrador es presentar a Elías como la figura clave en las fuerzas político-religiosas de las que se ha valido Dios en determinados momentos de la historia de su pueblo; G. Michael Hagan, “First and Second Kings”, en A Complete Literary Guide, ed. Ryken y Longman: 183.

[15] La deslealtad a Yahvé se empeora con Omri, Acab y el matrimonio de éste con Jezabel, hija del rey de los sidonios (16:31). Esta princesa no solo induce al rey y al pueblo al culto fenicio, sino que también asesina a los profetas de Yahvé (18:13). Así, se puede ver que el narrador enfoca a Elías con el fin mencionado en la nota anterior.

[16] El lector del texto no puede percibir ni experimentar a cabalidad la profundidad de la aflicción y sensación de fracaso de este siervo, ni tampoco de su temor y, más aún, de su cólera (“¡Estoy harto!”, v. 4b) contra Jezabel y sus circunstancias adversas; pero es de suponer que habrá sido tal que él llega hasta el punto de pedirle a Yahvé la muerte. Por eso, ese pedido –al igual que el de Moisés y Job (Nm. 11:15; Job 6:8-9–  no habría respondido simplemente a una rabieta infantil (como parece que fue en realidad el de Jonás, que veremos más adelante) ni únicamente al hecho de que su mensaje no haya producido  arrepentimiento.

[17] En cada acto de la escena (vv. 5b-6 y 7-9a), los verbos (“comió y bebió, y volvió a acostarse”; “se levantó, y comió y bebió… viajó”) suceden en tal secuencia que subrayarían tanto la obediente rapidez con la cual Elías debió haber hecho tales cosas como, de algún modo, esa otra tendencia humana universal cuando uno está bajo presión, esto es, la ansiedad por la cual él habría hecho tales cosas con esa rapidez. Todo esto puede ser percibido en su conjunto en la siguiente estructura artística:

A  Un ángel lo tocó y le dijo: “Levántate, y come” (v. 5b).

B  Elías miró...y vio... (v.6a)

C  y volvió a acostarse (v.6b)

A’ El ángel… regresó y, tocándolo, le dijo: “Levántate y come...” (v.7).

B’ Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido... (v.8a)

C’ viajó... a Horeb. Allí pasó la noche en una cueva (vs.8b-9).

[18] La historicidad y veracidad de los eventos de este relato han sido cuestionadas; véase, por ejemplo, Luis Heriberto Rivas, Los libros y la historia de la Biblia: Introducción a las Sagradas Escrituras (Buenos Aires: San Benito, 2001): 97. Sin embargo, un aspecto de la naturaleza intrínseca del género narrativo bíblico en general es el impulso referencial histórico que, junto al teológico y al literario-artístico, anima a este género. Si bien la presencia de este impulso podría ser más pronunciada en algunos pasajes que en otros, es innegable que está presente en la mayoría de las narrativas, incluso en aquellas como Jonás que parecen y suele considerárselas legendarias.

[19] Nótese que al final del capítulo 3, la historia pareciera haber llegado a su conclusión, pues las dos tensiones introducidas en 1:1-3 estarían resueltas: 1) el profeta rebelde que huye es detenido, restaurado y cumple posterior y exitosamente su misión, y 2) Nínive es salvada del castigo divino, puesto que reacciona favorablemente al mensaje de Jonás. Sin embargo, en 2:8 se ve a un Jonás altamente prejuiciado contra los gentiles, pese a que fue ya disciplinado y socorrido por Yahvé (caps. 1-2); de ahí que, como propone Gary Williams en “Apuntes sobre Jonás” (Apuntes de Antiguo Testamento III, Seminario Teológico Centroamericano, Guatemala, 2005): 9, es posible que sea este prejuicio el que haya impulsado la narración del episodio del capítulo 4, donde también la sátira pareciera llegar a su más alto nivel.

[20] Como señala Williams (en “Apuntes”: 10), es posible que ese deseo de morir no sea más que una simple petulancia o, mejor, berrinche o rabieta infantil, si se recuerda lo que Jonás había dicho antes cuando Yahvé estuvo a punto de quitarle la vida (ver 2:2, 7) y que él construye una enramada para evitar morir con los rayos del sol (4:5). Con todo, al igual que en el caso de Elías, no se podría afirmar tajantemente que sea una simple rabieta;  si se recuerda, como ya he argumentado, que el lector es incapaz de entender a cabalidad no solo el sufrimiento de los personajes bíblicos (y el de aquellos fuera del mundo del texto), sino también, agrego, el mundo y mensaje del texto. Lo que sí es posible afirmar categóricamente, y con Williams (en “Apuntes”: 10, 11), es que Jonás revela en 4:2 (y en 1:9) un conflicto profundo entre su teología y sus actitudes, con su exacerbado nacionalismo, el mismo que puede ser la razón más factible por la cual despreciaba a los ninivitas y no quería que Yahvé los perdonara; véanse otras posibles razones en Williams, “Apuntes”: 9.

[21] Lo que explicaría este aparente silencio de Jonás es la técnica de narración paralela (cp. 1:5, 16-17); cp. Justo González C., Jonás: Introducción y comentario (Comentario Iberoamericano; Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2000): 113-14.

[22] Pues, aunque bajo la sombra de la planta (creada milagrosa y benevolentemente por Yahvé, v. 6a, cp. 1:17) podrá esperar los cuarenta días hasta que Yahvé destruya a Nínive, vuelve a encolerizarse cuando experimenta, además de un viento oriental abrasador, el sol que le hiere la cabeza porque, como sabe únicamente el lector, Yahvé había hecho secar la planta. ¿Por qué lo hizo Yahvé? ¿Intuía Jonás que fue él quien hizo tal cosa y también por eso se encolerizó ridículamente? Con un buen sentido de humor, Yahvé pareciera querer afligir a su siervo e intentar así que recapacitara; pero Jonás persiste en su rabieta y desea nuevamente la muerte porque las cosas no le salieron cómo él quería.

[23] Es que la interrogante de Yahvé permite al lector percibir que, pese a su confesión de que Yahvé es el creador del “mar y la tierra” (1:9), Jonás sigue hasta el final obstinado en su nacionalismo exacerbado a tal punto que es capaz de compadecerse de una planta pero no de los ninivitas. Contrariamente al narrador —quien a lo largo de la obra muestra hacia los gentiles paganos una actitud positiva y favorable—, los sigue despreciando y sigue negándose a que también, como parte de la creación divina y como seres “que no distinguen su derecha de su izquierda” —seres en la ignorancia al no haber recibido como Israel una revelación especial—, sean objetos de la gracia y la salvación de Yahvé; Williams, “Apuntes”: 11-12.

[24] Habría que recordar que, gracias a este agente, los marineros conocieron a Yahvé (1:9-10, 16) y los ninivitas (incluyendo su rey y sus animales, 3:6-10; 4:11) finalmente fueron objeto de su gracia y salvación. Así, pues, pese a todo, se ve que Yahvé no lo descalificó ni lo apartó de la misión. ¡Sublime e insondable gracia de Yahvé!

[25] El Bautista es como una cámara que enfoca, por un lado, hacia el Antiguo y, por el otro, hacia el Nuevo Testamento. Al enfocar hacia el Nuevo Testamento, lo hace especialmente sobre la persona y misión de Jesús de Nazaret, el punto crucial de la historia humana. Por eso, aunque viene con un estilo, apariencia y mensaje semejante al de un profeta antiguotestamentario, va a diferir de ellos en muchas cosas.

[26] Véase mi ensayo “Un ejercicio de hermenéutica y contextualización basado en una lectura de Lucas 14:16-30: Paradigma de misión”, Vox Scripturae 5/2 (septiembre 1995): 163-77.

[27] Jesús tuvo conciencia de que su mesiazgo debía cumplirlo primeramente como Siervo Sufriente, no como lo esperaban sus compatriotas. Por eso, en el desierto habría de rechazar las tentaciones satánicas, que no eran sino métodos para establecer el reino sin pasar por el sufrimiento y la tragedia de la cruz. También por eso estuvo dispuesto a asumir el lado de los humildes en contraposición a los detentores del poder político, económico y religioso de su tiempo; C. René Padilla, Discipulado y misión: Compromiso con el reino de Dios (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 1997): 61-62.

[28] Aunque he hecho uso aquí de apenas una sola narrativa y un solo evento para subrayar el sufrimiento de Jesús, es claro que el mismo está más ampliamente subrayado en los Evangelios y en el Nuevo Testamento en general. Por ejemplo, Hebreos habla no solo de su sufrimiento y su perfección mediante el mismo, sino también, por ese mismo hecho y después de resucitar y atravesar los cielos, de su capacidad  ―como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec―  de “ponerse en el zapato” de quien ahora sufre (2:10-18; 4:15-16; 12:3).

[29] Por esa victoria peculiar suya tendríamos que recordar siempre que la única que a sus seguidores se nos promete es aquella que se alcanza por el camino de la cruz, por la gracia de Dios (Jn. 12:24-26); Padilla, Discipulado: 63.

[30] Orlando Costas, The Integrity of Mission: The Inner Life and Outreach of the Church (San Francisco: Harper & Row Publishers, 1979): 84-85; Juan Stam, Apocalipsis (Comentario Bíblico Hispanoamericano; Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2003) 2:32-34. La encrucijada histórica es el Imperio romano de los días de Domiciano (95-96 d. C.), cuyo culto era para el apóstol Juan (contra Stam, quien niega esta identidad) una blasfemia. Por esta y otras razones, habría de animar a los cristianos a una resistencia total. De ahí que Apocalipsis —que, según estos autores, no puede ser considerado únicamente como una ventana del futuro ni un bosquejo de las etapas históricas de la humanidad— ha de ser leído en clave misionológica y de adoración y culto, puesto que, aunque el término “misión” no aparece en él y no hay un mandato directo a evangelizar, subyace en el mismo una misión peculiar, que es la profética de denuncia y la de animar a los lectores en medio de esa encrucijada histórica.

[31] Es que, si el contexto en que Juan recibió sus revelaciones y la crisis a la que respondía fueron políticos, él habría no solo de estar consciente de la cruda realidad de su contexto y preocupado por ella, sino también, como bien arguye Stam (Apocalipsis 2:63), de denunciarla proféticamente, lo que explica su exilio. Por eso, como ya dije, su obra no debiera ser considerada unilateral y excesivamente como una ventana del futuro ni leída únicamente en clave hermenéutica escatológica, mucho menos sensacionalista.

[32] Siguiendo el testimonio de Tácito y de la tradición, Stam (en ibid., 65) arguye que los romanos solían deportar a sus enemigos políticos a las islas del mar Egeo, condenándolos a trabajos forzados. Stam, además, opina en la misma página que la frase “testimonio de Jesús” probablemente sugiere también la idea de martirio tanto de Jesús como de Juan (cp. Ap. 6:9), aunque marturi,a “testimonio” no poseía aún ese sentido técnico.

[33] Ibid.

[34] Estas iglesias se hallaban ahora a muchos kilómetros de distancia. Con ellas Juan compartía, además del sufrimiento, el ser perseverante tenaz “en unión con Jesús” (sufrir, reinar y perseverar con él). Por eso, el sufrimiento que experimentaban sus iglesias no era sino apenas una cara de su situación, pero aún así necesitaban de la gracia de Dios. Es con el propósito de llenar esa necesidad que Juan escribe su obra.

[35] Por cierto, también fueron distintos los modos cómo los agentes reaccionaron ante el sufrimiento. Si bien el narrador lo podría estar silenciando, José, por ejemplo, no reacciona como Elías o Jonás ni, mucho menos, pide como ellos a Yahvé la muerte. Lo que el lector percibe de este siervo es un perfil de plena confianza y dependencia en Yahvé. Lo mismo quizás podría decirse del Bautista, Jesús de Nazaret y Juan de Patmos.

[36] Esto no solo porque son Palabra de Dios, sino también porque presentan un “mundo”, cuya visión de la realidad trasciende las limitaciones históricas de su propio contexto original para iluminar el del presente. Este aspecto literario permite al lector verse reflejado en los textos y ser a la vez interpelado por ellos.

[37] En Discipulado y misión: 61.

[38] Todo ello porque el “éxito” personal e institucional, el crecimiento numérico y la “magnolatría”, o sea “culto a lo grande” ―grandes y lujosos templos, grandes congregaciones, grandes presupuestos, grandes proyectos, grandes predicadores, grandes cantantes, grandes conciertos, grandes ministerios, etc.― parecieran ser las metas supremas de su misión; cp. George Reyes, “El desafío de la tendencia posdenominacional”, Signos de Vida 36 (junio 2005): 4-8; Stam, Apocalipsis, 2a. ed. (Comentario Bíblico Iberoamericano; Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2006) 1:148-49.

[39] Como generalizadoras, tienden a perder el equilibrio bíblico y a pasar por alto los diversos factores que inciden en la situación socioeconómica y política de los creyentes. Como reduccionistas tienden a algunas cosas; una de ellas es pensar que la naturaleza del texto narrativo es única, directa y totalmente prescriptiva; otra es pasar por alto los textos bíblicos que hablan de la pobreza que, en sus propósitos soberanos e insondables, Dios permitió (en el caso de Jesús de Nazaret y Pablo, por ejemplo) y permite hoy en la vida y misión  de sus agentes contemporáneos; y otra es verla pobreza de los creyentes de todos los tiempos, incluyendo el actual, como consecuencia tanto de incredulidad a las promesas de Dios como de la indolencia, el pecado no confesado, la vagancia o de todo ello en combinación; véase Emilio A. Núñez, “El evangelio de la prosperidad”, Apuntes Pastorales 4/11 (1994): 33-35. Estas novedades pierden de vista, entonces, que hay otras causas poderosas que sumergen en la pobreza y en el fracaso incluso al agente de misión, entre las que se encuentran la injusticia, la explotación (mano de obra barata) y la corrupción descaradas. Véase una crítica desde el punto de vista hermenéutico en mi ensayo “El paradigma neoapostólico en América Latina: Un diálogo hermenéutico” <http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=292>.

[40] En realidad, este peligro es ya un hecho cuando uno oye a sus líderes instar a “reclamar” (léase “exigir”) a Dios esas bendiciones o promesas mayormente materiales. Confieso que es a lo que podríamos estar tentados quienes luchamos por depender del Dios trino y vivir digna y esperanzadoramente en el día a día de la misión en este subcontinente; confieso también creer que Dios puede hacer con nosotros lo mismo benevolente que hizo a favor de sus agentes del pasado, o incluso enriquecernos. Pero el error está, al menos, en dos puntos: a) empeñarse en exigir a Dios como si él estuviese en la obligación de estar a la orden hasta de nuestros caprichos, conciencia de clase o actitudes del éxito, y b) creer que la valía y el éxito de un agente de misión está en la fama que pueda alcanzar,  el número de miembros o en el presupuesto que reciba él o el que maneje su congregación. Es posible que sea ésto lo que interese de estas novedades y mueva a congregar (“reclutar”) a grandes multitudes, especialmente ricas y famosas (de la farándula, por ejemplo); sin embargo, estas multitudes pocas veces se tornan  discípulas y fieles al grupo y, sobre todo, a Dios y a su misión, mucho más cuando no ven hechas realidad sus exigencias, su éxito o su estatus?

[41] Mucho más en este subcontinente, donde el sufrimiento y la desesperanza más parecieran ser consecuencias de la espiral de pobreza, violencia, discriminación —casi en todo y por todo, incluyendo el estado civil—, corrupción, enriquecimiento ilícito, explotación, desempleo, engaño, crítica destructiva y descalificadora, injusticia e individualismo, incluso en los contextos cristianos protestantes. De ahí que sea posible ver que la lucha por las oportunidades mejores de vida es aquí como una competencia entre diversas fuerzas salvajes, al final de la cual resulta vencedora la que es mayor y más influyente, audaz o astuta. Nadie que conozca el contexto, por ejemplo, ecuatoriano podría negar que todo lo anterior ha sido la razón principal del éxodo masivo en búsqueda, contra toda esperanza y a como dé lugar, de un mejor futuro fuera del país y de los círculos que se lo niegan; nadie que conozca este contexto puede negar que también esta es la razón del por qué el pueblo está exigiendo que el nuevo régimen, que en 2007 asumió el “mando”, cumpla sus promesas de reestructurar todas las instancias estatales y de promover dentro de las mismas la justicia, la solidaridad y la moral, a fin de traer de vuelta, especialmente a los más necesitados, esa patria y vida secuestradas por los grupos de poder que han venido decidiendo los destinos de la nación >según la propia conveniencia.

[42] Uno podría ir más allá de los agentes bíblicos de misión referidos aquí y argüir que también Pablo, como se vio, y más aún todos aquellos mencionados en Hebreos 11:35-38, fueron fieles al Señor y a su misión;sin embargo,     sufrieron lo indecible y murieron de la manera más inaudita y cruel.

[43] C. René Padilla, Introducción: Una eclesiología para la misión integral”, en La iglesia local como agente de transformación, ed. C. René Padilla y Tetsunao Yamamori (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2003): 32-33. Pero, como ya dije en la nota 41, en América Latina el sufrimiento más parece ser hoy consecuencia del orden social invertido que resultado de la fe y del testimonio. El sufrimiento, y esto es innegable, en algunos casos puede ser consecuencia también de la propia fragilidad humana, presa fácil del pecado e indolencia personal.

[44] Véase Elsa Tamez, “Pensamientos sobre la gracia desde un continente empobrecido”, Signos de Vida 37 (septiembre 2005): 2-7. Una de las paradojas y ambivalencias del proceso actual de globalización mediado, controlado y legitimado por el discurso capitalista neoliberal y sus “verdades” es que al tiempo que unifica al mundo lo distancia cada vez más sin misericordia. Esta paradoja y ambivalencia amenazan el equilibrio entre actores nacionales e internacionales y, con ello, algunos valores bíblicos fundamentales como la solidaridad, el respeto a la vida y la dignidad humana y su promoción. Es que quienes más se benefician de este proceso son los individuos y países ricos que, al ser detentores del poder económico, pueden generar grandes monopolios empresariales y dictaminar las políticas financieras para beneficio propio. En este sentido, el proceso actual de globalización proyecta más sombras que luces y hace todo lo contrario a lo que pareciera con sus discursos y “verdades”; estas sombras son: promoción, mantención y legitimación de la indiferencia social, de la exclusión, de la pobreza, de la diferenciación económica y social y de la muerte de la mayoría de los individuos y países débiles.

[45] Para el agente de transformación y autenticidad, el sufrimiento rompe las imágenes falsas que se pudiera tener de sí mismo y de Dios, su reino y misión; el sufrimiento leproporciona lo contrario: una conciencia más real de sí mismo y de la misión, liberándolo así de criticar, culpar, descalificar, discriminar o, en su defecto, bajar la autoestima fácilmente de aquelque sufre, ya sea por el propósito de Dios o por el pecado del otro, incluso  del estructural.

[46] Elsa Tamez, “El desafío de vivir como resucitados”, Signos de Vida 31 (marzo 2004): 3-7

[47] Entre las nuevas generaciones, esta pareciera ser la tendencia, reforzada frecuentemente ya sea por el estilo de vida nada sencillo de unos cuantos agentes extranjeros “misionando” en suelo nacional, o por el testimonio de ciertos “telepastores” que afirman tener “éxito” en su ministerio porque, según ellos, Dios está aumentando su membresía, posesiones, salarios, viajes, lujos, estatus o imagen. De no orientarse bíblicamente estas nuevas generaciones, podrían tener dolorosas frustraciones a lo largo de su vida y misión. Habría que preguntarse hasta qué punto el frecuente abandono prematuro de la tierra de misión por parte de agentes contemporáneos no se debe también a este modo romántico y mercantil de concebir la participación en la misión de Dios.

[48] Carlos Van Engen, en “Perspectivas bíblicas de la missio Dei y el papel del pueblo de Dios” (Apuntes de Perspectivas Bíblicas de la Missio Dei, Programa Doctoral Latinoamericano, Universidad Evangélica de las Américas, San José, Costa Rica, 2006): 55, propone ver

la Biblia

como una tela, cuyos hilos son los diversos contextos donde Dios lleva a cabo su misión y los diversos ejes que corren a lo largo de ella y a través de los tiempos. Todos juntos constituyen los hilos de la misión de Dios.

[49] Justo González, La historia tiene también su historia (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2001): 112-17.

[50] Para evitar en alguna medida tal cosa, véase una propuesta a propósito de la tendencia neoapostólica y desde un punto de vista filosófico-analógico en mi ensayo “El paradigma neoapostólico”.

 

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