Una reflexión sobre la espiritualidad hoy
YuruparyAgosto y Septiembre de 2005

La espiritualidad desde una perspectiva Protestante/Evangélica

Dr. Theo G. Donner
13 de Septiembre de 2005

1. Introducción
2. Ubicación histórica
3. El marco
    A. El pecado y la gracia
    B. La revelación
    C. Una revelación en la historia
4. El conflicto
5. Implicaciones: La fe cristiana como filosofía de vida
    A. "Para adentro"
    B. "Para afuera"
6. Conclusión

1. Introducción

Alguna vez me invitaron a exponer la teología cristiana en cinco conferencias, pero me parece que esta invitación es un reto mayor.

Tengo la ventaja de poder edificar sobre mucho de lo que ya se ha dicho en las exposiciones anteriores. Es importante destacar que hay muchos lazos que unen las dos exposiciones anteriores con la presente. Con el judaísmo compartimos el Antiguo Testamento. Con la Iglesia Católica compartimos el Nuevo Testamento y 15 siglos de historia común.

Aunque la encomienda es exponer la perspectiva protestante/evangélica de la espiritualidad, el fundamento bíblico implica que buena parte de mi exposición encontrará resonancia con quienes se ubican dentro de la tradición católica romana. Es una de las consecuencias curiosas del debate religioso más global. Es el diálogo con el Islam, el hinduismo, el budismo y las otras religiones orientales que nos hace valorar el patrimonio común que tenemos los católicos y evangélicos.

Quisiera felicitar a los organizadores de este ciclo de conferencias por su instinto certero en invitar como conferencistas a personas que efectivamente se ubican dentro de las tradiciones religiosas. Es muy diferente escuchar hablar a un sociólogo de la religión, tratando con distancia profesional y frialdad crítica de describir una tradición religiosa/espiritual "desde afuera", a escuchar a alguien cuya propia experiencia espiritual se encuentra arraigada dentro de esa misma tradición.

2. Ubicación histórica

Les estamos entregando un bosquejo que resume de manera simplificada las corrientes que van desde la Reforma Protestante hasta la multiplicidad de iglesias evangélicas/cristianas/protestantes hoy.

Aquí estoy tomando un riesgo calculado. Es muy fácil desviar el tema principal de esta charla y convertirla en un estudio histórico. La sola presentación de este bosquejo les suscitará un sinfín de preguntas. Lo presento para evitar preguntas y poder seguir adelante.

Bosquejo de las Iglesias Protestantes/Evangélicas

Siglo 16 Luteranismo
Iglesia Reformada
Iglesia Anglicana
Reforma Radical
   

Zuinglio
Calvino
Presbiterianos

Episcopal
[mundo anglo-sajón]
Puritanos

Anabautistas
Menonitas

Siglo 17     Bautistas
Congregacionalistas
 
Siglo 18     Metodistas  
Wesleyanos
 
Siglo 19 Protestantismo Liberal
Pietismo
  Hermanos Libres
Plymouth Brethren
Mormones
Testigos de Jehová
(Adventistas)
Siglo 20

 

  Pentecostalismo Unitarios
Misiones de Fe

El bosquejo empieza con la Reforma Protestante. Allí surgieron la iglesia luterana (en Alemania y los países escandinavos); las iglesias reformadas que se vinculan con los nombres de Zuinglio y Calvino (este último es el padre de los puritanos y presbiterianos); la iglesia anglicana, que se llama así en Inglaterra donde inició, pero que se conoce como iglesia episcopal en otras partes. Al lado de estas tres está la Reforma Radical (antes conocida como los Anabautistas por su práctica de bautizar a adultos y no reconocer el bautismo de párvulos) que abarca un gran número de movimientos independientes, algunos de los cuales, como los menonitas, han continuado hasta el día de hoy.

Aunque luteranos y menonitas no han cambiado mayormente entre el siglo 16 y el siglo 21, dentro del mundo anglo-sajón la tensión entre el calvinismo y el anglicanismo, así como otros factores, dieron lugar a varias iglesias nuevas.

El siglo 17 produce una guerra civil en Inglaterra, en la que los puritanos – de corte calvinista – juegan un papel importante. Es en este ambiente que surgen los congregacionalistas y los bautistas (los bautistas de hoy no son descendientes de la Reforma Radical sino del siglo siguiente y tienden a inclinarse a una doctrina calvinista).

En el siglo 18 se ve un gran avivamiento en Inglaterra bajo los predicadores Wesley y Whitefield. Este avivamiento surge dentro de la iglesia anglicana pero da lugar a las iglesias metodistas y wesleyanas.

El siglo 19 es un tiempo de mucho fermento religioso. Surge la crítica bíblica y el liberalismo protestante. Surge el pietismo alemán (con raíces en el siglo 18 y con paralelos en las iglesias presbiterianas). Surgen grupos independientes como los hermanos libres (Plymouth Brethren), dentro de la iglesia anglicana. Y surgen agrupaciones que los mismos protestantes miran como sectas, por adoptar alguna autoridad doctrinal aparte de la Biblia y por considerarse a sí mismas como única iglesia verdadera. Por tanto, grupos como los Testigos de Jehová y los Mormones (que también se tildan de "evangélicos" en Colombia) no forman parte de las iglesias protestantes/evangélicas.

El mayor aporte del siglo 20 es el avivamiento pentecostal que dio lugar a iglesias nuevas como las Asambleas de Dios y las iglesias Cuadrangulares, y que tuvo impacto también en iglesias históricas por el movimiento carismático, el cual incluso tuvo acogida en la iglesia católica en su momento. El siglo 20 también es el gran siglo de las llamadas "misiones de fe", sociedades misioneras que no provienen de iglesias o denominaciones específicas (se consideran no-denominacionales o inter-denominacionales) pero sí van fundando nuevas iglesias y denominaciones en los países donde hacen su obra misionera.

Es importante notar que son las iglesias evangélicas de corte pentecostal y carismático que han visto mayor crecimiento en América Latina. Den-tro de las iglesias evangélicas de nuestro medio se ve un grado de uniformidad – a pesar de los diferentes nombres que llevan – que es inimaginable para el protestante que proviene de Europa. Así como resulta sorprendente para el europeo el mutuo reconocimiento que existe de facto entre las diferentes iglesias, cuando tal cosa no se logra en Europa sino a duras penas y luego de diálogos teológicos interminables.

Tal vez la mejor forma de entender estas iglesias evangélicas es como la suma de las diferentes corrientes que las conectan con la Reforma Protestante. Su doctrina de la justificación por la fe todavía recuerda a Lutero. La centralidad de la Biblia refleja el lema de la sola scriptura de la Reforma. Hasta hace 15 o 20 años, las iglesias evangélicas manifestaban el rechazo a la política de los anabautistas. Desde ese entonces han incursionado en la política con resultados muy variados. Su devoción personal y su preocupación por la caridad reflejan el pietismo. Su práctica del bautismo y sus estructuras de gobierno provienen mayormente de los bautistas. Su moralidad es puritana y, por lo general, legalista. Su culto es pentecostal. Su escatología tiende a ser dispensacionalista, siguiendo a los hermanos libres y otras corrientes del siglo 19.

Mi propósito en esta conferencia es resaltar aquellos hitos del pensamiento bíblico que corren por estos 500 años de historia protestante/evangélica.

Ya no se trata aquí de tomar como base los lemas de la "sola escritura", la "sola fe", y la "sola gracia" del tiempo de la Reforma Protestante, porque servían para perfilar la Reforma frente a la iglesia medieval. Ahora se trata de caracterizar esta tradición frente al mundo más amplio de las religiones no-cristianas.

Uds. están aquí en el supermercado posmoderno donde se ofrece una amplia gama de filosofías, de ideologías y de religiones para la venta. La persona haciendo el mercado quiere saber la diferencia entre los diferentes productos, para poder tomar una decisión sana.

Y si Ud. es de aquellos que se guían solamente por el precio, le tengo malas noticias, porque el precio de la fe cristiana es muy alto. Como dijo Bonhoeffer: "Cuando Cristo llama a una persona, la invita a venir y morir." Solo aquel que está dispuesto a perder la vida la hallará.

¿Cuáles son, entonces, las características distintivas de la perspectiva protestante/evangélica que determinan su espiritualidad, que forman el marco de su filosofía de vida?

3. El marco

A. El pecado y la gracia

Hace ocho días el padre Hernando Uribe nos habló del ser humano como un ser-en-relación: un ser que se relaciona consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. Si vuelven a leer los primeros dos capítulos de la Biblia pueden encontrar allí todos los elementos de esta perspectiva: el ser humano no es creado como individuo, sino como varón y hembra; el ser humano es creado para labrar la tierra, para señorear sobre la creación, para ser lugarteniente de Dios en esta creación; también el ser humano es criatura, hecha para la comunión con su Creador. Son estas tres relaciones las que determinan la identidad del ser humano.

Pero el capítulo 3 de Génesis nos muestra que el pecado afecta y daña cada una de estas relaciones.

La relación consigo mismo: el ser humano se avergüenza de sí mismo, de su propia desnudez. El varón y la hembra se esconden el uno del otro y de Dios.

La relación de pareja es cambiada por esta vergüenza y llega a ser una relación de dominio y de deseo posesivo.

La relación con el cosmos se daña: la tierra le produce al ser humano cardos y espinos; con dolor ha de comer su pan. Y Dios pone el miedo del ser humano sobre los animales.

La relación con Dios se daña: la desobediencia se traduce en miedo. El Dios que lo colmó de bendiciones se vuelve juez. El ser humano es expulsado del lugar donde disfrutaba la libre comunión con Dios.

Ahora, el tema del pecado es polémico en el mundo de hoy.

A nivel popular es un término que reservamos para asuntos relacionados con el sexo.

Hace un año Antonio Caballero publicó un artículo sobre los siete pecados cardenales donde mostró que el mundo actual convirtió casi todos estos pecados en virtudes. La soberbia la llamamos asertividad. Nuestra economía no podría funcionar sin la motivación del lucro (que alguna vez se llamó avaricia). Nuestra publicidad no puede funcionar sin apelar a la lujuria. Toda la sociedad de consumo se edifica sobre la envidia (yo quiero tener lo que otros tienen). Y así sucesivamente.

En estos meses tuvimos otra oportunidad para observar la lucha del mundo de hoy con el tema del mal. ¿Cuántos de Uds. vieron la película La Caída, sobre los últimos días de Hitler en el búnker de Berlín?

Aún si todavía no vieron la película, seguramente se dieron cuenta de la polémica que se armó porque supuestamente muestra un Hitler demasiado humano y cortés, amable con su perro y con su secretaria privada. Es una polémica fascinante porque indica que nos incomoda una persona humana que fue a la vez tan mala. Queremos un Hitler que sea un monstruo, un demonio – alguien totalmente diferente a nosotros. Preferimos vivir en un universo maniqueo en el que las fuerzas del bien están claramente opuestas a las fuerzas del mal, y en el que nosotros somos, evidentemente, "gente de bien". Preferimos a guerrilleros pintados como bandoleros y terroristas, porque nos evita la pregunta de fondo en cuanto al mal y al pecado.

El problema no es Hitler (Uds. y yo probablemente no llegaremos a eso), sino la gente que le siguió. No los sicópatas como Goebbels o Himmler. No. La gente sencilla, decente, buena; gente inteligente; cristianos – tanto católicos como protestantes.

Allí está el problema de fondo. Somos personas con una brújula moral dañada [Larry Crabb]. Somos capaces de creer firmemente que estamos caminando hacia el norte cuando nuestros pies se dirigen al sur. Y no estamos exentos por pertenecer a una iglesia cristiana.

Es esta la afirmación bíblica que choca tan profundamente con nuestro mundo actual, con las sicologías populares y con muchas de las opciones religiosas que se nos ofrecen. Queremos creer que somos buenos en el fondo, cuando en la realidad somos seres enajenados. Allí está la razón por nuestra frustración espiritual. Somos seres en relación y las relaciones – con nosotros mismos; con los demás; con el cosmos y con Dios – están dañadas.

Sólo al reconocer este hecho podemos entender la centralidad de Jesucristo y del evangelio de la gracia que se anuncia en su nombre.

Al principio de sus conferencias sobre los Salmos, Martín Lutero dice que la persona que empieza a leer la Biblia, se encuentra confrontada con una decisión. Este libro le dice que es criatura de Dios, que vive en rebeldía contra Dios y que necesita ser reconciliado con Dios. Y el lector tiene que escoger entre la alternativa de decir "¡"Qué interesante, una religión que todavía cree tales cosas!" y decir "Allí estoy pintado".

La fe cristiana no trata de nuestra búsqueda por la profundidad, por la espiritualidad. Trata más bien del Dios que nos busca a nosotros, que nos viene al encuentro en Jesucristo para restaurar nuestra relación con él.

B. La revelación

En la primera conferencia el padre Alberto Ramírez nos dijo que la fe cristiana cabe dentro de la familia de las religiones proféticas. Esto guarda relación con lo que acabamos de mencionar.

Una afirmación fundamental de la Reforma Protestante es que la ruptura en la relación con Dios – que llamamos pecado – afecta a la persona humana en forma integral. Afecta su capacidad intelectual y cognitiva. Para decirlo de otra manera, siguiendo a San Agustín, el ser humano es un ser volitivo y moral antes que un ser racional. En forma muy posmoderna significa que "creemos lo que queremos creer".

Por causa del pecado, por causa de la brújula moral dañada, el ser humano no puede conocer a Dios, ni alcanzar a Dios por sus propios esfuerzos. Sólo podemos conocer a Dios en la medida que Dios se da a conocer.

El ser humano es creado de tal forma que busca lo trascendente, aquello que da sentido a su existencia. Como lo dice Eclesiastés: "Dios ha puesto eternidad en el corazón del ser humano" (Ecl. 3:11). O en las palabras de Agustín que citó el padre Alberto en la primera conferencia: "porque nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Vos" (Conf. I.1).

Toda la historia de la humanidad da fe del sensus divinitatis que se expresa en ritos, mitos y religiones, desde las tribus indígenas hasta las civilizaciones más altas. Es la necesidad de adorar. O también el impulso por manipular a los poderes sobrenaturales para nuestro beneficio o para nuestra protección.

La crítica del teólogo Barth a la religión humana y el proyecto de Bonhoeffer de un cristianismo no-religioso, se dirige justamente contra el impulso humano de auto-justificación por su religión, su intento de tender un puente del ser humano a Dios. La iniciativa tiene que salir de Dios. En su revelación, y supremamente en Cristo, es Dios quien le tiende un puente al ser humano, para hacer posible la reconciliación con él.

La fe cristiana no implica un rechazo de toda espiritualidad y religiosidad humanas, sino la afirmación de que Dios, en Cristo, ha dado respuesta al interrogante del ser humano. Sólo podemos conocer a Dios cuando él se da a conocer y en Cristo se ha dado a conocer. En las palabras de Jesús: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" ( Jn. 14:9 , cp. 12:45).

C. Una revelación en la historia

Hay un factor más que toca resaltar. Es un factor que tenemos en común con el judaísmo, pero no con el Islam – la otra religión profética.

En la fe cristiana no se trata de una revelación dada en una soledad mística, a un hombre sobre una montaña o en el desierto – como en el caso de Mahoma o Joseph Smith, el fundador de los mormones. Esta revelación se da en la historia, en el campo público. Es la revelación de un Dios que se da a conocer en eventos concretos: "Yo soy YHWH tu Dios que te saqué de la tierra de Egipto" (Ex. 20:2); es la revelación de un Dios que se hizo carne y habitó en medio de nosotros (Jn. 1:14).

Significa que no es un mensaje que se deja reducir a unos cuantos consejos para mejorar la vida. No se trata de unos mitos de los cuales podemos seguir sacando moralejas y aplicaciones edificantes. La historicidad de los eventos es de importancia clave. "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también vuestra fe" (1ª Cor. 15:14).

Buena parte de los cuestionamientos que se han levantado contra la fe cristiana se han centrado justamente en este aspecto histórico. Desde la predicación de Pablo en Atenas, en el Areópago, hasta el Siglo de las Luces, los milagros, y especialmente la resurrección, han resultado piedra de tropiezo para los intelectuales.

Pero en la actualidad lo que choca es el llamado escándalo de la particularidad. El que un pueblo de esclavos escapados que se asientan en Canaan, el corredor entre las grandes potencias de Mesopotamia y Egipto – que este pueblo se considera a sí mismo el pueblo de Dios, que afirma que de una manera especial Dios los ha escogido a ellos para él darse a conocer y habitar en medio de ellos – eso nos choca. Que la máxima revelación de Dios, la venida de su propio hijo a este mundo, no se realiza en un centro cultural como Atenas o Alejandría, o en un centro de poder como Roma. Que sea un carpintero de Nazaret quien diga: "Yo y el Padre uno somos" (Jn. 10:30), "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14:9) y, peor de todo, "Yo soy el camino, la vida y la verdad: Nadie viene al Padre sino por mí" (Jn. 14:6). Eso nos choca.

Choca con nuestra cultura globalizada, nuestros principios democráticos, nuestro concepto de igualdad, nuestro concepto de tolerancia - especialmente el concepto posmoderno en que todo aquel que dice tener la verdad automáticamente es intolerante.

4. El conflicto

En la primera exposición el padre Alberto Ramírez habló del fenómeno de la secularización, el proceso irreversible por medio del cual lo sagrado es desalojado de este mundo. No es menester repetir el argumento, apenas quisiera recordar que se dijo que este proceso, en sí, no tiene porque ser una amenaza para la espiritualidad.

Se puede argumentar que este mundo secularizado es un ambiente mucho más propicio para la realización de la visión de San Agustín, en su obra La Ciudad de Dios, de la iglesia cristiana como iglesia peregrina. En las palabras del apóstol Pedro, vivimos como "expatriados", como "extranjeros y peregrinos" en el mundo de nuestro Dios (1ª Ped. 1:1 2:11).

Pero es un error pensar que las diferentes religiones armonizan con este mundo secularizado.

Si Uds. quieren entender (para dar un ejemplo fuera de la religión cristiana) la militancia musulmana de un grupo como Al Qaeda, no es suficiente mirar el trato del estado de Israel para con los palestinenses, y el apoyo incondicional de Estados Unidos para esta política; toca mirar también la preocupación musulmana frente a la invasión de los valores occidentales en el mundo musulmán. Ellos no se resignan a una religión que se reduce a la vida privada del individuo, y una celebración, una vez a la semana, en un edificio reservado para tal propósito. Su religión forma el marco para toda su vida social, cultural y legal. No quieren contaminarse con la cultura Hollywood y los valores seculares que surgieron del Siglo de las Luces, aquellos valores que caracterizan el mundo occidental moderno y posmoderno. Gracias a Dios que no todos los musulmanes optan por el camino de Al Qaeda, pero su preocupación es legítima.

En el caso de la fe cristiana el conflicto es a la vez más limitado y más profundo.

La fe cristiana no presenta su propio proyecto político, legal, social y cultural. Es más bien un llamado a ser contracultura. Si vamos a ser sal de la tierra y luz del mundo es porque tenemos una conducta y una forma de pensar distintas a las del mundo alrededor. El apóstol Pablo nos dice que no debemos conformarnos a este mundo en que vivimos sino transformarnos por una nueva forma de pensar (Ro. 12:2).

A. El conflicto de fondo en nuestro medio ambiente moderno y posmoderno – un conflicto que ya se dio con el pensamiento helenista al puro principio de la historia de la iglesia – es el concepto de la autonomía y auto-suficiencia del ser humano. En palabras del sofista Protágoras: "El hombre es la medida de todas las cosas". Esta actitud se acentúa en la posmodernidad porque la posmodernidad significa la desaparición del otro: el otro como aquella realidad objetiva que estudia la ciencia y que se vuelve una realidad virtual en la posmodernidad – ahora la ciencia es un juego que me interesa si me trae beneficios; los otros, en el sentido de los demás, sólo existen en función de mis necesidades; el Otro (con mayúscula) es descartado como un estorbo que pondría límites a mi libertad e independencia.

Pero la fe cristiana es justamente la irrupción del Otro en nuestra realidad personal; es el llamado de amor, el llamado a vivir en función del otro; el llamado a asumir nuestra responsabilidad por la creación de Dios, el mundo externo, del cual somos mayordomos.

Autonomía es donde mi propia voluntad determina mi vida. Heteronomía es donde me someto a la voluntad de Otro. (Lamentablemente el solo hecho de llamarnos cristianos no implica que hayamos abandonado la autonomía porque tenemos una capacidad sorprendente para matricular a Dios dentro de nuestros proyectos y agendas.)

B. El conflicto surge cuando Jesús dice que él es la verdad (el camino y la vida) y que nadie viene al Padre sino por él. Federico Nietzsche, el profeta de la posmodernidad, nos ha enseñado a desconfiar de quienes pretenden tener la verdad – porque allí se expresa la voluntad al poder. Y hemos decidido que es intolerante decir que esto o aquello es la única verdad, el único camino. Lo curioso es que esta fue la misma objeción que se expresó cuando surgió la iglesia cristiana en el imperio romano. El imperio era un mundo cosmopolita, pluralista, donde cualquier religión podía practicarse, con tal de no predicar doctrinas políticamente subversivas. Pero una religión exclusiva, que decía que sólo su Dios era verdadero, que decía que sólo por Jesús se podía encontrar la salvación – eso resultó inadmisible.

Claro que el punto clave es que no se trata de la religión verdadera, de la única iglesia verdadera, de la teología correcta – porque, a diferencia del mundo greco-romano, no estamos diciendo que tal o cual sistema filosófico o teológico es verdad. Estamos diciendo que Cristo es la verdad. La verdad no es un sistema conceptual o teológico, no es una religión, la verdad es una persona, la persona de Cristo.

C. Esto nos lleva a otro conflicto que resulta central para el tema de estas conferencias. Al participar en estas conferencias y expresar su interés en el tema de la espiritualidad, Ud. ya está articulando una crítica frente a una modernidad que se limita, en las palabras del padre Alberto Ramírez, a la realidad extrínseca de nuestra vida humana. Está afirmando que la vida es más que la prosperidad, el progreso y la comodidad que nos brindan los electrodomésticos y la tecnología en general. Está reconociendo que Ud. es una persona no sólo con necesidades físicas y emocionales, sino también con necesidades espirituales.

Pero el mundo moderno nos ha enseñado a ser autónomos y auto-suficientes. Y así, de pronto, nuestra búsqueda por lo profundo termina con unos libros de auto-ayuda – ¿Cómo ser una persona espiritual? Siete hábitos de una persona altamente espiritual – o con ejercicios de respiración, la repetición de un mantra o el ikebama, el arte japonés de arreglar flores.

La espiritualidad desde un enfoque cristiano será siempre una espiritualidad relacional. La verdad es una persona. Conocer la verdad significa conocer, entrar en relación con esta persona. Vivir la verdad significa caminar de la mano de esta persona.

Es por eso que la vida cristiana es mucho más que adherirse a una nueva/antigua filosofía, mucho más que hacerse adepto de una nueva/antigua religión. Se ha de comparar más bien con el matrimonio. He encontrado a la persona que me produce una felicidad increíble, una persona cuyo amor me hace verme a mí mismo en una luz diferente. Quiero comprometerme para vivir con esta persona el resto de mi vida, para conocerla más cada día, para aprender cómo agradarla, y para dejarme transformar por el amor de esta persona.

Las personas enamoradas son aquellas que mejor perciben el significado de la gracia de Dios – porque están conscientes de que no se merecen este amor, esta felicidad. ¿Qué hice yo para obtener este regalo tan grande? Esa es la sensación de quien se encuentra con el amor de Dios en la persona de Jesucristo. Yo no me merezco esto.

Espiritualidad cristiana es espiritualidad relacional, interpersonal.

D. Y este amor relacional es un absoluto. Nunca es un medio para obtener otro fin. Dos personas se casan porque se aman, no porque han decidido que es una buena idea producir hijos, o porque se convencieron con esa frase de la Carta Política de que la familia es el fundamento de la sociedad, y por eso decidieron formar una familia. La única razón legítima para casarse es que uno ha encontrado una persona a quien ama, y quiere dedicar el resto de la vida a hacer feliz a esta persona.

Al final de la primera conferencia escuchamos del parlamento de las religiones y de la propuesta de Hans Küng de unir a las religiones alrededor de un gran ideal ético mundial. Se habló de la búsqueda de un consenso mínimo, de un gran diálogo para lograr la paz en el mundo. Quiero saber más de esta propuesta y estoy participando en estas conferencias porque me parece que no hay nada más sano que dialogar con quienes tienen un marco religioso fundamentalmente distinto y tratar de entender como ven el mundo y la vida desde su punto de vista.

Pero confieso que mi primer impulso frente a la propuesta de Hans Küng es ¡Cuidado! Cuidado con el pragmatismo del mundo moderno que se expresa allí. Cuidado con matricular la religión (matricular a Dios mismo) para alguna agenda humana, por más loable que resulte tal agenda. (¿No es cierto que todas las reinas de belleza nos dicen que debemos procurar la paz mundial?)

Así es como terminamos con la vergonzosa distorsión del evangelio de Cristo en ciertas iglesias y canales de radio y televisión. "Ven a Cristo y él te sana de toda enfermedad, te arregla el matrimonio, te hará prosperar en tu negocio." "Consignen sus veinte dólares en tal cuenta y tendrán el milagro que están buscando." Ponen el evangelio como medio para alcanzar un fin y apelan a los instintos más primitivos y egoístas de la gente en nombre de Cristo.

Me convence mucho más el evangelio de paz de Hans Küng que el evangelio de la prosperidad de Enlace, pero se comete el mismo error.

Los cristianos no predicamos a Cristo porque es bueno para algo, sino porque es la verdad. El es la verdad y nosotros fuimos creados para estar en relación con él. "Nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Vos." Necesitamos esta relación como nuestro cuerpo necesita aire para respirar y pan para comer.

E. Toca mencionar un punto más en el que no estamos en sintonía con nuestro mundo de hoy. La fe cristiana es una fe escatológica. Se proyecta hacia un futuro en el que nuestra relación con Cristo tendrá una realización tal como ni podemos imaginarnos.

Es cierto que Cristo nos invita a una vida nueva que empieza aquí y ahora, pero no compartimos la mentalidad que mira el aquí y ahora como la única realidad que nos queda.

Así como la Biblia afirma que la creación de Dios (no sólo el ser humano, sino toda la realidad creada) sufrió las consecuencias del pecado, también afirma que habrá una restauración: nuevos cielos y nueva tierra; una resurrección ya inaugurada en la resurrección de Cristo.

Estamos conscientes de que en este breve lapso de vida que nos corresponde aquí, no se supera nuestra lucha con nuestras propias fallas, nuestros propios defectos, nuestra dificultad para amar y ser amados, nuestra lucha con el egoísmo y egocentrismo, el deseo de estar en control (no sólo de nuestra vidas, sino a menudo también de la vida de otros), nuestra frustración con los límites que no disminuyen sino que aumentan en la medida que avancemos en la vida. Y ni hablar de los defectos, limitaciones, desfases, injusticias y conflictos que son parte de la sociedad y cultura desde siempre.

Vivimos hacia una meta, vivimos hacia la plenitud de vida donde la esperanza se hace realidad y la relación de amor es consumada de veras.

Lo curioso es que el evangelio del reino de Dios, este evangelio que anuncia una consumación futura, no nos llama a una renuncia frente al mundo en que vivimos, sino que nos llama a una vida comprometida, como pueblo de Dios, dentro de este mundo. Hemos de ser sal de la tierra y luz del mundo.

Esta fe cristiana encierra una filosofía de vida y debemos mirar ahora brevemente de qué manera la espiritualidad cristiana ha de orientar nuestra vida.

5. Implicaciones: La fe cristiana como filosofía de vida

A. "Para adentro"

Ya hemos dicho que la Biblia, como registro de la revelación de Dios, ocupa un lugar central en la espiritualidad cristiana. Si lo central de esta espiritualidad es la relación con Cristo, también es cierto que es una relación personal mediada por la Biblia. La Biblia es nuestra única fuente para conocer a la persona de Jesús.

Aquí hay un punto donde hemos de reconocer un aporte significativo de nuestro mundo moderno y posmoderno. Es nuestra cultura pluralista y nuestro mayor conocimiento de la historia y de las diferencias entre las culturas que nos permiten ver hasta qué punto nuestra lectura de la Biblia ha sido y sigue siendo determinada por nuestras presuposiciones culturales.

Un botón para la muestra (o dos).

Cuando nosotros leemos el relato de la resucitación de Lázaro, no tenemos ninguna dificultad en imaginarnos una cueva con un hueco como entrada y una piedra circular inmensa que funciona como tapa para la entrada. Pero cuando el pintor Rembrandt pinta su cuadro de la resucitación de Lázaro, la tumba es un hueco en el suelo y la piedra una lápida sobre ese hueco – porque así eran las tumbas en ese entonces.

Las famosos palabras de Jesús, cuando contesta la pregunta sobre si debemos pagar impuestos o no: "Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios", se usaron por siglos para justificar una cosmovisión dualista, en que la realidad se dividía en un ámbito secular y otro religioso. Pero si miramos lo que Jesús dice a la luz del Antiguo Testamento, es obvio que la demanda que hace es mucho más radical: Si la moneda le pertenece a César porque lleva su imagen, entonces lo que le corresponde a Dios es aquello que lleva su imagen, la persona integral, el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. "Esta moneda lleva la imagen de César, dáselo a César; pero tú perteneces a Dios."

Los reformadores protestantes rechazaron el magisterio de la iglesia porque, según ellos, significaba una autoridad humana sobre la autoridad de la Palabra de Dios. Sin embargo, los siglos posteriores mostraron que no era tan fácil deshacerse de la autoridad humana. Durante el siglo 19, el protestantismo liberal puso en lugar del magisterio eclesiástico el magisterio de la erudición bíblica, con un método histórico-crítico que arrojaba supuestamente resultados científicos. Se desmenuzó la Biblia en un mosaico de fragmentos y tradiciones incompatibles e incoherentes entre sí. Hoy se está reconociendo que la supuesta "libertad de presuposiciones dogmáticas", y la supuesta objetividad científica, escondían un compromiso profundo con los valores y la agenda de la Ilustración. (Lamentablemente los eruditos católicos apenas "descubrieron" la crítica bíblica a partir del Concilio Vaticano II, y todavía están con todo el fervor y la efervescencia que el método inspiró a los protestantes hace 200 años.)

No es ninguna sorpresa que Baruc (o Benedicto) Espinoza, que es llamado a veces el Padre de la Crítica Bíblica, pudo sacar un mensaje central de la Biblia, que resultaba exactamente igual a lo que toda persona podía encontrar por la sola razón. Así el filósofo Kant planteó su Religión dentro de los límites de la Razón Pura, una religión que dejó al ser humano responsable de su propia salvación, y eliminó toda la historia de la redención, la obra de Cristo en la cruz, así como la cuasi totalidad de la revelación bíblica.

No es otra cosa que la antigua tendencia humana de hacernos dioses a nuestra imagen y semejanza, una tendencia que no sólo advierte el Antiguo Testamento, sino también el antiguo poeta griego Jenófanes.

Allí está el desafío de la Biblia.

¿Nos esforzamos por imponernos al texto bíblico, para que diga lo mismo que nuestras presuposiciones y prejuicios personales, para que concuerde con los valores de la modernidad y posmodernidad?

¿O nos esforzamos por dejar que la Biblia se imponga a nosotros? ¿Nos esforzamos por escuchar en ella, no el eco de nuestra propia voz, sino la voz del Otro, quien en estas palabras escritas nos comunica su amor, nos permite vislumbrar quién es él, y nos invita a que lo dejemos entrar en nuestra realidad para tomar el control de nuestra vida y encaminarla por sendas nuevas?

Quienes conocen algo de las iglesias evangélicas/cristianas en nuestro medio sabrán que la Biblia ocupa un lugar central dentro de la celebración colectiva de la fe y en la vida personal del creyente. El culto dominical siempre incluye la exposición bíblica. Y se anima al creyente a separar un tiempo todos los días para leer la Biblia y orar.

La espiritualidad cristiana es una espiritualidad bibliocéntrica, justo porque es cristocéntrica. Es en este libro que nos encontramos con Jesucristo; es en este libro que Dios nos habla. Desde el día de Pentecostés la iglesia cristiana es iglesia en la medida que persevera en la doctrina de los apóstoles (Hch. 2:42).

Pero en todo esto la Biblia sigue siendo un reto. Nos invita a escuchar en ella la voz de Dios y nos invita a ser transformados en nuestra forma de vivir y nuestra forma de pensar. Lutero dijo en la primera de sus 95 Tesis que el arrepentimiento es un proceso de toda la vida. En forma concreta este proceso permanente de arrepentimiento y conversión se lleva a cabo en la interacción dinámica con la Biblia.

Cuando los reformadores protestantes rechazaron el magisterio de la iglesia, afirmaron la perspicuidad de la Escritura. Todos los intentos, a partir de la Reforma, por traducir la Biblia a los idiomas corrientes eran para facilitar el acceso a las Escrituras. La Reforma Protestante afirma que uno no necesita de teólogos ni de eruditos para sacar provecho, para nutrirse de la Biblia. Cada creyente tiene el Espíritu Santo viviendo en él, en ella, para ayudarlo en la comprensión del texto.

No significa que todo problema se resuelva, ni que todo creyente ahora esté habilitado para ser comentarista de la Biblia. Sí significa que cada uno puede alimentarse espiritualmente, puede encontrar orientación para su vida y respuestas a sus preguntas. Al fin y al cabo, Pablo escribió sus cartas no para teólogos, sino para comunidades de cristianos comunes y corrientes.

Menos mal que el creyente puede escuchar a Dios al leer esta palabra, porque los teólogos de los últimos siglos (principalmente los protestantes, pero los católicos se afanan por hacerles competencia) se han empeñado más bien en volver cada vez más opaco este libro. (Uds. me perdonan si no digo más sobre este punto; cuando los teólogos empiezan a criticar a los teólogos, el tema se vuelve aburrido muy rápidamente.)

Biblia y oración: los dos elementos que forman el fundamento de la vida espiritual del creyente: el diálogo en que Dios me habla en su palabra y en que yo le respondo en mi oración. De hecho el culto cristiano también gira alrededor de este diálogo. El canto no es otra cosa que la celebración que expresa nuestra gratitud a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros.

Dentro de la iglesia se unen a este diálogo las ordenanzas que Jesús nos ha dado de bautismo y santa cena (la eucaristía), que nos hablan de nuestra unión con Cristo y del sacrificio de Cristo por nosotros.

B. "Para afuera"

En todo esto estamos hablando de la vida cristiana "para adentro". Queremos decir algo de la vida cristiana "para afuera".

En la primera conferencia de esta serie, el padre Alberto Ramírez dijo que la fe cristiana tiene una espiritualidad de ojos abiertos.

En el Sermón del Monte (o Sermón de la Montaña) Jesús dijo a sus discípulos que ellos eran "sal de la tierra" y "luz del mundo" (Mt. 5:13,14). Ahora debemos preguntar qué significa eso.

Notemos un detalle importante: Jesús no dice que sus discípulos deben ser sal y luz. Dice que lo son. Y lo dice dentro del contexto del Sermón del Monte. Ser sal y luz, y vivir el Sermón del Monte van juntos.

El Sermón del Monte es un desafío a vivir una vida radicalmente diferente. Así como las Bienaventuranzas declaran bienaventurados aquellos que nuestro mundo tilda de perdedores, de "fuera de onda" – así la vida a la que Jesús nos llama es una vida distinta. No ya una vida que cabe dentro del legalismo de los fariseos, sino una vida que pone en tela de juicio los valores del mundo alrededor. Hemos de ser gente distinta. Gente que no reclama sus derechos, sino dispuesta a renunciar a sus derechos para beneficio del otro. Que no hace lo justo sino lo bueno. Gente que refleja en su vida el amor incondicional de Dios.

Si el cristiano es sal y luz es porque vive de acuerdo a unos criterios y valores distintos al mundo circundante.

El Sermón del Monte también sirve para poner de relieve lo que ha sido una dificultad de esta charla desde un principio: la diferencia entre lo que somos llamados a ser y lo que somos.

Una razón para este discurso de Jesús es poner al descubierto la superficialidad de la justicia de los fariseos. Ellos pensaban ser justos por su observancia de la Ley de Moisés – y Jesús les dice que la demanda de la ley es mucho más exigente. Es cierto que los Diez Mandamientos dicen: "No cometerás adulterio" – pero estos mismos mandamientos también dicen: "No codiciarás". ¿Cómo piensas haber cumplido la ley al abstenerte del adulterio, si en tu corazón codicias esa muchacha bonita que pasa por la calle?

El Sermón del Monte acaba con toda auto-justificación. Ninguno de nosotros va a poder ganarse la salvación por su propio esfuerzo si se trata de cumplir con unas demandas tan exigentes. El evangelio de la gracia que proclama el Nuevo Testamento es que Jesús cumplió la ley perfectamente y, a la vez, sufrió el castigo (la muerte) de quienes no cumplen la ley. Por esta razón nosotros, quienes creemos en Jesús y creemos que murió por nuestros pecados, podemos ser aceptos delante de Dios. La diferencia entre el cristiano y el no-cristiano no es que el cristiano es bueno y el otro es pecador, sino al revés. El cristiano es pecador y lo sabe. El no-cristiano ni sabe qué es pecado ni se considera pecador.

El cristiano es el que sabe que Dios lo ama y lo salva "a pesar de". Sabe que tiene la salvación aun cuando no es justo ni santo, ni alcanzará nunca la santidad de la que habla el Sermón del Monte. Pero la tiene como su meta. El cristiano es realista e idealista al mismo tiempo.

Y esta paradoja marca toda la vida cristiana.

Comenzamos por decir que la rebeldía del ser humano contra Dios dañó las relaciones fundamentales. Cuando el ser humano le hace caso al tentador y cree la promesa "y vosotros seréis como Dios" – es decir cuando el ser humano procura ser dios en vez de confiar en Dios – se daña la relación de la persona consigo mismo, la relación con los demás, la relación con Dios y la relación con el cosmos, con el mundo creado.

A partir de la muerte y resurrección de Cristo se inicia el proyecto de la restauración en cada una de estas relaciones. Aquí aparece la paradoja: a partir de Cristo se inicia la restauración, pero a la vez esperamos una restauración escatológica en la resurrección futura, en la segunda venida de Cristo.

Porque Cristo murió por nosotros en la cruz, es restaurada nuestra relación con Dios. Tenemos paz con Dios. Por ahora es una relación que resulta muchas veces opaca y frustrante, pero entonces estaremos viviendo en su presencia por toda la eternidad.

La vida nueva que recibimos en Cristo cambia nuestra relación con nosotros mismos. Es posible encontrar libertad de los traumas de la vida, de la amargura y de los odios que nos han marcado. El ser perdonado hace posible perdonar. El ser amado hace posible amar. No estaremos en completa libertad de nuestras tendencias egoístas, nuestro deseo de estar en control, nuestra dificultad con entregar nuestra vida en manos de Otro y confiar en su amor. Ni tampoco de los quebrantamientos y decepciones propios de esta vida humana. Por eso anhelamos aquella consumación que nos libera de todas las limitaciones. Pero ya no vivimos bajo la sombra de la muerte, sino en la anticipación de la vida verdadera.

Es la transformación de nuestra relación con nosotros mismos que hace posible entrar en la relación más íntima con otra persona en el matrimonio. Es uno de los desafíos más grandes, porque está tan profundamente marcado por la caída de Génesis 3. Ahora impera la ley del más fuerte, impera el espíritu posesivo que procura controlar a la otra persona. Y, en un nivel más profundo, impera la vergüenza por nuestra desnudez. Esas hojas de higuera en el huerto de Edén nos hablan de la realidad más difícil que enfrenta la relación de pareja. Porque no nos avergonzamos apenas de nuestra desnudez física. Esto se percibe en aquella relación donde sí nos quitamos la ropa el uno frente a la otra. Justamente allí no nos atrevemos a darnos a conocer como somos de veras. Queda la hoja de higuera, quedan las máscaras, quedan las proyecciones de cómo queremos que nos vean. Porque tememos que si la otra persona nos conoce tal como somos, ya no nos podrá amar.

Sólo porque Dios nos ama, nos atrevemos a ser amados. Y así resulta el matrimonio cristiano. Ya no una relación de dominio y de control, sino de entrega y amor. Cambia la palabra: "y tu marido se enseñoreará de ti" (Gn. 3:16) en la palabra: "maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella" (Ef. 5:25). El amor de Cristo es el modelo para el matrimonio restaurado. Los reformadores protestantes llamaron el matrimonio y la familia una "escuela de santidad", porque es allí donde aprendemos a vivir efectivamente para el bien de otros.

También hay un cambio en nuestras relaciones con los demás. Ya los otros no son una limitación de mi libertad personal, sino una oportunidad para vivir el amor de Cristo. Máxime en la comunidad de los seguidores de Jesús: la iglesia. Jesús es el nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad. La iglesia es el lugar donde procuramos vivir la relación restaurada. Es el lugar donde aprendemos a amar a los demás como Dios nos ama a nosotros: a pesar de. La iglesia es como la familia: no escogemos a nuestros padres, ni a nuestros hermanos – en la comunidad de Jesús no escogemos a nuestros hermanos. Lo que nos une es el haber conocido el amor de Dios, el perdón de los pecados y la invitación a una vida nueva. ¡Cuidado con las iglesias que se vuelven un club social, donde nos encontramos sólo con aquellos que comparten nuestro estatus social, nuestro barrio, nuestro nivel profesional y nuestro nivel de ingresos!

Esta renovación de las relaciones implica un compromiso con la sociedad alrededor.

Algunas de las bienaventuranzas – "Bienaventurados los pacificadores" y "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia" – nos recuerdan que el cristiano es aquel que no puede conformarse con este mundo de injusticia, de sufrimiento. Sabe que sólo Dios puede cambiar de fondo esta realidad e introducir su reino, pero es llamado a "amar al prójimo" y por eso no puede estar tranquilo.

Era más fácil cuando se trataba de ayudar a la familia del vecino, de atender las necesidades del pueblito, pero vivimos en la aldea global. La tentación es paralizarnos ante la magnitud de los problemas. La tentación es decir que la responsabilidad es del gobierno, de las autoridades, de otros. Pero la responsabilidad de amar al prójimo es intransferible. Es mi responsabilidad.

La Biblia descarta la posibilidad de tomar armas contra el gobierno – las autoridades están puestas por Dios, dice Pablo; y lo dice al tiempo de emperadores romanos como Calígula y Nerón – pero no dice que hemos de quedarnos con los brazos cruzados frente a los abusos que se están cometiendo. El mundo posmoderno es el mundo donde las ideologías han perdido fuerza y eso significa que la ideología del neo-liberalismo, la ley del mercado – o, mejor, la ley de la selva – el imperio de las grandes corporaciones, ya no tiene rivales. La fe cristiana es una cosmovisión que cuestiona los principios por los cuales se rige el mundo. Dice Pablo: "No os conforméis a este mundo (lit. este siglo), sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento." (Ro. 12:2) Somos llamados a estar inconformes. Estamos llamados a cuestionar, a mirar la realidad con otros ojos, a mantener una distancia crítica.

Un botón para la muestra:

Uds. escucharon todo el alboroto que se armó por los 40 billones de deuda que los G8 van a condonar a los 18 países más pobres, y toda la ayuda que le están encimando a esto. ¡La guerra contra la pobreza, con conciertos y todo! Pues, los economistas han calculado que con sólo aumentar las importaciones desde estos países en 5%, la ayuda que recibirían – ahora como pago merecido – sería el doble del paquete contemplado por la "generosidad" de los G8. Pero estos grandes defensores del libre comercio no quieren correr el riesgo de afectar sus propias economías al aumentar las importaciones.

Quisiera ampliar esta temática, pero necesitaría otra conferencia y ya puse mis pensamientos sobre el punto en un librito: Fe y Posmodernidad: Una Cosmovisión Cristiana para un Mundo Fragmentado. La excusa perfecta para no decir más sobre el punto aquí.

6. Conclusión

Uno de los lemas olvidados de la Reforma Protestante es el concepto de la iglesia reformada en reforma permanente: ecclesia reformata semper reformanda.

El propósito de hombres como Lutero, Zuinglio y Calvino no era empezar una nueva iglesia, con el nombre de "iglesia reformada". Su propósito era reformar la iglesia. Y no tenían el concepto de que esto fuera una obra acabada durante su propia vida y ministerio. Para alguien como Calvino, la reforma de la iglesia es una necesidad permanente. De ahí el lema: ecclesia reformata semper reformanda.

En un teólogo del siglo 20, Kart Barth, encontramos una idea similar cuando dice que la tarea de la teología es evaluar críticamente la proclamación y la práctica de la iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, para ver si lo que predicamos y practicamos efectivamente corresponde a la Palabra.

Y se hace más necesaria esta tarea de evaluar críticamente, de seguir reformando, cuando nos damos cuenta de las veces que la fe cristiana ha sido y sigue siendo secuestrada para servir otras agendas, cuántas veces se decidió imponer un marco y una cosmovisión ajenos sobre la fe cristiana.

Nos resulta más fácil verlo en el pasado, como cuando se decidió leer la Biblia y expresar sus enseñanzas dentro de un marco helenista y dualista, con preferencia especial por el platonismo y neoplatonismo. Lo vemos en la adopción, durante la Edad Media, de las categorías aristotélicas como el marco necesario para hacer teología. Y esta decisión no sólo marcó el escolasticismo medieval, sino también el escolasticismo protestante. Después del rechazo de Aristóteles y su dominio en la teología por parte de Lutero, los nuevos teólogos protestantes volvieron a fundir su teología en el mismo molde.

Podemos ver este fenómeno en el liberalismo teológico del siglo 19 – que se expresó en el movimiento modernista en la teología católica – en que la teología se adaptó forzosamente a los valores y presuposiciones de la Ilustración.

El siglo 20 ha visto este fenómeno en formas muy diversas. Nos da escalofrío leer de los pastores protestantes en Alemania que vieron el movimiento nacional-socialista de Hitler como algo que Dios había enviado a Alemania para bien. Y los soldados alemanes llevaban en la hebilla de su cinturón militar las palabras "Gott mit uns" – Dios con nosotros. Así como la moneda norteamericana lleva las palabras "In God we trust" – en Dios confiamos, sin especificar si el Dios del cual estamos hablando es Mamón u otro.

Hay muchas cosas en el evangelio que nos hacen simpatizar con el lema "El Dios de los Pobres" de la década de los sesenta y setenta, pero hay razón de sobra para cuestionar el propósito explícito de leer el evangelio a partir de un marco marxista, tal como se hizo en la Teología de la Liberación. (Si toca escoger entre esta alternativa y el cristianismo vinculado a la prosperidad y el capitalismo, el cristianismo de los programas Enlace, prefiero irme con los marxistas.)

El intento en la actualidad es acomodar la fe cristiana a la posmodernidad. El evangelio de la prosperidad es una expresión de eso – sólo me interesa un mensaje que promueve mis propios intereses. Le fe se vuelve otro mensaje egocéntrico.
El impacto de la posmodernidad se percibe también en el esfuerzo por ubicar la fe cristiana en un ambiente religioso que acepta como válido cualquier camino a la profundización espiritual o la vivencia religiosa, un ambiente que le tiene pavor a cualquier sugerencia de que en lo religioso también existe verdad y falsedad.

El peligro con todos los intentos de ajustar la fe cristiana a la cosmovisión de moda es que hemos excluido la voz del Otro. Quedamos condenados a escuchar el eco de nuestra propia voz.

La convicción cristiana fundamental, base de toda su espiritualidad, es la convicción de que Dios ha hablado, particularmente en la persona de Jesús de Nazaret, y que tenemos en la Biblia un registro de esta palabra. Nuestra vida ahora se orienta por el esfuerzo de escuchar su voz y seguirla; de dejarnos confrontar por esta palabra y dejarnos transformar hasta ser hechos semejantes a la imagen de aquel que nos creó.